Los cuatro niveles de la espiritualidad sacerdotal

La espiritualidad sacerdotal puede estudiarse o reflexionarse en cuatro niveles íntimamente relacionados: Biblia, actualidad, teología y compromiso. La luz del Nuevo Testamento llega hoy en un contexto eclesiológico, sociológico e histórico nuevo, con una carga de gracia que equivale a la misma palabra de Dios revelada, predicada, reflexionada teológicamente y vivida durante veinte siglos de Iglesia bajo acción del Espíritu Santo.

Es una espiritualidad que ha producido siempre santos sacerdotes, comprometidos evangélicamente con su contexto histórico. Acertar en la puesta en práctica de la fisonomía actual del Buen Pastor es una aventura arriesgada, que se hace posible gracias a la presencia, a la llamada, al amor y a la palabra viva del mismo Cristo. La espiritualidad sacerdotal nace de una declaración de amor, siempre actual por parte del Señor resucitado.

El nivel bíblico nos sitúa ante la realidad sacerdotal del Buen Pastor, que da la vida, según los designios salvíficos del Padre, en bien en todos los hombres- La espiritualidad sacerdotal nade la mirada amorosa de Cristo, que llama y que invita a seguirle incondicionalmente (Mc 10: 21). Es un “sígueme” que se hace declaración de amor; por esto puede ser exigente, como el de un encuentro y un seguimiento que no admite rebajas, precisamente porque el amor a Cristo y la misión de evangelizar no tienen fronteras. Se trata de la misma misión de Cristo (Jn 20: 21). Es pues, una espiritualidad o estilo de vida que se hace siempre relación personal con Cristo, tanto en los momentos de estar con él como en los de prolongar su acción evangelizadora (Lc 10: 1; Mt 28: 20).

El encuentro ha podido ser como el de Juan (Jn1: 33ss), como el de Pedro (Jn 1: 42; Mt 4: 18 ss; Jn 21: 15ss), como el de Pablo (Hch 9:1ss) o como el de otros muchos apóstoles y santos sacerdotes. Puede ser a partir de una amistad que se entrena por primera vez (Juan), de un examen de amor (Pedro), de una conversión (Pablo), etc. Por esto, la espiritualidad es siempre vivencial y comprometida, como de quien se ha decidido para siempre a compartir su vida con Cristo. Las exigencias y las renuncias se afrontan ya sólo a la luz de un enamoramiento, al que no le interesan las discusiones inútiles y las dudas estériles, sino solamente el amar a Cristo sin reservas, para hacerle amar de todos.

El nivel de actualidad eclesial, sociológica e histórica nos sitúa en el “hoy” de la gracia de Dios. Cada época es un momento irrepetible de gracia, como “un nuevo paso del Espíritu Santo por su iglesia” (SC 43). Nuestra época es “un momento privilegiado del Espíritu” (EN 75). Las líneas de fuerza trazadas por el Vaticano II sobre la fisonomía actual del sacerdote son un desafío. El estilo del sacerdote de hoy, que hemos de llegar a la posteridad, es un don de Dios que reclama una actitud responsable y generosa. A cada época le toca en suerte construir su propio estilo de vida, como aplicación concreta del estilo de vida de Cristo Buen Pastor.

Los santos de cada época supieron afrontar esta aplicación, renovada y renovadora, a los problemas históricos gracias a su fidelidad evangélica. En una sociedad que reclama signos, autenticidad y experiencias, el sacerdote debe transparentar la caridad pastoral de Cristo obediente, casto y pobre. Dentro de la “sacramentalidad” de la Iglesia, como signo levantado ante los pueblos (SC 2), el sacerdote ministro es un signo o instrumento y transparencia personal de Cristo Cabeza, Sacerdote y Buen Pastor. El acento evangelizador de la vocación sacerdotal reclama esta vivencia o espiritualidad, que es sintonía con Cristo cercano a los hombres para comunicarles la vida nueva en el Espíritu.

 El nivel de reflexión teológica tiene como punto de partida la palabra de Dios predicada y vivida hoy, para presentar una síntesis clara que ayude a personas y comunidades. De esta síntesis, actualizada continuamente, se deduce que el sacerdote ministro participa en el ser, en la misión y en el estilo de vida de Cristo, a quien prolonga en su función profética, cultural y pastoral. De la consagración, como participación en el ser sacerdotal de Cristo, se desprende la misión de anunciarlo, hacerlo presente y comunicarlo a todos los hombres.

La espiritualidad es la vivencia de esta realidad como “unidad de vida” y sin dicotomías. Es disponibilidad, vida según el Espíritu, generosidad. Por esto se concreta en imitación de Cristo, seguimiento, unión y configuración con él. La espiritualidad sacerdotal se modela siempre a la luz de las actitudes, vivencias y virtudes del Buen Pastor, que asocia a María a su obra redentora, como figura de toda la Iglesia y como madre sacerdotal. Es, pues, espiritualidad que se hace servicio a la Iglesia local y universal, es decir, a toda la sociedad humana que espera verse transformada en Cuerpo Místico de Cristo y en Pueblo de Dios. Esta espiritualidad es marcadamente eucarística, eclesial y mariana. Es la vida en el Espíritu Santo, que guía al Buen Pastor hacia la Pascua de una nueva creación.

El nivel de compromiso concreto se desprende de los anteriores niveles. La espiritualidad sacerdotal no tiene que ver nada con el subjetivismo, la alienación y el pietismo. Se trata de la generosidad evangélica o seguimiento radical de Cristo, para una disponibilidad misionera sin fronteras. Esta generosidad y disponibilidad no serán posibles sin el compromiso de construir la fraternidad sacerdotal en la propia comunidad o grupo y en el Presbiterio de la Iglesia local. La espiritualidad de “vida espiritual”, sin los cuales sería una utopía pensar que se pueden “ejercer los ministerios en el Espíritu de Cristo” (PO 13 y 18). La espiritualidad sacerdotal de cada época equivale a la “vida apostólica”, es decir, el estilo de vida de los doce apóstoles, a imitación del Buen Pastor.

Te hemos seguido, espiritualidad sacerdotal.

Juan Esquerda Bifet

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