No a la inequidad que genera violencia (59 – 60)

59. Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad —local, nacional o mundial— abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca. Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del llamado « fin de la historia », ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas.

60. Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es doblemente dañino del tejido social. Así la inequidad genera tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás. Sólo sirven para pretender engañar a los que reclaman mayor seguridad, como si hoy no supiéramos que las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos. Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una « educación » que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países —en sus gobiernos, empresarios e instituciones— cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes.

La debilidad de las reacciones (53 – 59)

53. Estas situaciones provocan el gemido de la hermana tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo. Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos. Pero estamos llamados a ser los instrumentos del Padre Dios para que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud. El problema es que no disponemos todavía de la cultura necesaria para enfrentar esta crisis y hace falta construir liderazgos que marquen caminos, buscando atender las necesidades de las generaciones actuales incluyendo a todos, sin perjudicar a las generaciones futuras. Se vuelve indispensable crear un sistema normativo que incluya límites infranqueables y asegure la protección de los ecosistemas, antes que las nuevas formas de poder derivadas del paradigma tecnoeconómico terminen arrasando no sólo con la política sino también con la libertad y la justicia.

54. Llama la atención la debilidad de la reacción política internacional. El sometimiento de la política ante la tecnología y las finanzas se muestra en el fracaso de las Cumbres mundiales sobre medio ambiente. Hay demasiados intereses particulares y muy fácilmente el interés económico llega a prevalecer sobre el bien común y a manipular la información para no ver afectados sus proyectos. En esta línea, el Documento de Aparecida reclama que « en las intervenciones sobre los recursos naturales no predominen los intereses de grupos económicos que arrasan irracionalmente las fuentes de vida ».[1] La alianza entre la economía y la tecnología termina dejando afuera lo que no forme parte de sus intereses inmediatos. Así sólo podrían esperarse algunas declamaciones superficiales, acciones filantrópicas aisladas, y aun esfuerzos por mostrar sensibilidad hacia el medio ambiente, cuando en la realidad cualquier intento de las organizaciones sociales por modificar las cosas será visto como una molestia provocada por ilusos románticos o como un obstáculo a sortear.

55. Poco a poco algunos países pueden mostrar avances importantes, el desarrollo de controles más eficientes y una lucha más sincera contra la corrupción. Hay más sensibilidad ecológica en las poblaciones, aunque no alcanza para modificar los hábitos dañinos de consumo, que no parecen ceder sino que se amplían y desarrollan. Es lo que sucede, para dar sólo un sencillo ejemplo, con el creciente aumento del uso y de la intensidad de los acondicionadores de aire. Los mercados, procurando un beneficio inmediato, estimulan todavía más la demanda. Si alguien observara desde afuera la sociedad planetaria, se asombraría ante semejante comportamiento que a veces parece suicida.

56. Mientras tanto, los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente. Así se manifiesta que la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas. Muchos dirán que no tienen conciencia de realizar acciones inmorales, porque la distracción constante nos quita la valentía de advertir la realidad de un mundo limitado y finito. Por eso, hoy « cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta ».[2]

57. Es previsible que, ante el agotamiento de algunos recursos, se vaya creando un escenario favorable para nuevas guerras, disfrazadas detrás de nobles reivindicaciones. La guerra siempre produce daños graves al medio ambiente y a la riqueza cultural de las poblaciones, y los riesgos se agigantan cuando se piensa en las armas nucleares y en las armas biológicas. Porque, « a pesar de que determinados acuerdos internacionales prohíban la guerra química, bacteriológica y biológica, de hecho en los laboratorios se sigue investigando para el desarrollo de nuevas armas ofensivas, capaces de alterar los equilibrios naturales ».[3] Se requiere de la política una mayor atención para prevenir y resolver las causas que puedan originar nuevos conflictos. Pero el poder conectado con las finanzas es el que más se resiste a este esfuerzo, y los diseños políticos no suelen tener amplitud de miras. ¿Para qué se quiere preservar hoy un poder que será recordado por su incapacidad de intervenir cuando era urgente y necesario hacerlo?

58. En algunos países hay ejemplos positivos de logros en la mejora del ambiente, como la purificación de algunos ríos que han estado contaminados durante muchas décadas, o la recuperación de bosques autóctonos, o el embellecimiento de paisajes con obras de saneamiento ambiental, o proyectos edilicios de gran valor estético, o avances en la producción de energía no contaminante, en la mejora del transporte público. Estas acciones no resuelven los problemas globales, pero confirman que el ser humano todavía es capaz de intervenir positivamente. Como ha sido creado para amar, en medio de sus límites brotan inevitablemente gestos de generosidad, solidaridad y cuidado.

59. Al mismo tiempo, crece una ecología superficial o aparente que consolida un cierto adormecimiento y una alegre irresponsabilidad. Como suele suceder en épocas de profundas crisis, que requieren decisiones valientes, tenemos la tentación de pensar que lo que está ocurriendo no es cierto. Si miramos la superficie, más allá de algunos signos visibles de contaminación y de degradación, parece que las cosas no fueran tan graves y que el planeta podría persistir por mucho tiempo en las actuales condiciones. Este comportamiento evasivo nos sirve para seguir con nuestros estilos de vida, de producción y de consumo. Es el modo como el ser humano se las arregla para alimentar todos los vicios autodestructivos: intentando no verlos, luchando para no reconocerlos, postergando las decisiones importantes, actuando como si nada ocurriera.

[1] v ConferenCia generaL deL ePisCoPado LatinoameriCano y deL Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 471.

[2] Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 56:

AAS 105 (2013), 1043.

[3] Juan PabLo ii, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 12: AAS 82 (1990), 154.

Seguir al Buen Pastor hoy

El estilo sacerdotal del Buen pastor, que es la pauta original válida para todas las épocas históricas, se concreta en lo que se ha venido llamando “vida apostólica”, es decir, el conjunto de enseñanzas y de ejemplos del Señor y de los Apóstoles acerca de la vida del apóstol o enviado.

Las líneas de caridad pastoral trazadas por el Señor se pueden encontrar en los momentos iniciales de la vocación apostólica (Mt 4, 19-22), en el envío para predicar (Mt 10; Lc 10) y especialmente en la descripción del Buen Pastor (Jn 10) y en la oración sacerdotal de Jesús durante la última cena (Jn 17). Pedro y Pablo, así como los demás Apóstoles, aplicaron estas pautas al quehacer apostólico en las primeras comunidades cristianas (Hech 20, 17-38; 1 Pe 5, 1-4; cf cartas a Timoteo y Tito).

La “vida apostólica” se concreta en tres puntos: generosidad evangélica o virtudes del Buen Pastor, disponibilidad misionera sin fronteras y fraternidad o comunión entre los apóstoles. Las diversas épocas históricas, según las nuevas gracias del Espíritu Santo, han ido recalcando más algunos de estos puntos, concretándolos a veces en aplicaciones circunstanciales o en medios para su puesta en práctica.

Es un estilo que equivale a fidelidad generosa a las nuevas gracias del Espíritu. Para discernir estas gracias y carismas, hay que seguir las notas características de su acción: desierto, cercanía a los pobres, esperanza o gozo pascual (Lc 4, 1; 4, 14-18; 10, 21ss). El apóstol acierta en el discernimiento si adopta una postura habitual de fidelidad generosa como la del Buen Pastor; es la postura que describe San Pablo a los presbíteros de Efeso reunidos en Mileto (Hech 20, 22ss).

Los tiempos cambian

«Los tiempos cambian y nosotros cristianos debemos cambiar continuamente». El Papa Francisco repitió en más de una ocasión esta invitación al cambio durante la misa que celebró el viernes 23 de octubre, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta. Una invitación a obrar «sin miedo» y «con libertad», manteniendo distancia de los conformismos tranquilizadores y permaneciendo «firmes en la fe en Jesús» y «en la verdad del Evangelio», pero moviéndose «continuamente según los signos de los tiempos».

Para la reflexión el Pontífice partió de las lecturas de esta última parte del año litúrgico, que proponen en especial la carta a los Romanos. «Hemos destacado —recordó al respecto— cómo Pablo predica con tanta fuerza la libertad que tenemos en Cristo». Se trata, explicó el Papa, de «un don, el don de la libertad, de la libertad que nos ha salvado del pecado, que nos ha hecho libres, hijos de Dios como Jesús; esa libertad que nos conduce a llamar a Dios Padre». Así, pues, el Papa Francisco añadió que «para tener esta libertad debemos abrirnos a la fuerza del Espíritu y comprender bien qué sucede dentro de nosotros y fuera de nosotros». Y si los «días pasados, la semana pasada», nos habíamos detenido en «cómo distinguir lo que sucede dentro de nosotros: lo que viene del buen Espíritu y lo que no viene de él», o sea sobre el discernimiento de lo que «sucede dentro de nosotros», en la liturgia del día el pasaje del Evangelio de san Lucas (12, 54-59) exhorta a «mirar hacia fuera», haciendo «reflexionar sobre cómo valoramos las cosas que suceden fuera de nosotros».

He aquí entonces la necesidad de preguntarnos acerca de «cómo juzgamos: ¿somo capaces de juzgar?». Para el Papa «las capacidades la tenemos» y Pablo mismo «nos dice que nosotros juzgaremos al mundo: nosotros cristianos juzgaremos al mundo». También el apóstol Pedro dice algo análogo cuando «nos llama estirpe electa, sacerdocio santo, nación elegida precisamente para la santidad».

En definitiva, aclaró el Pontífice, nosotros cristianos «tenemos esta libertad de juzgar lo que sucede fuera de nosotros». Pero —advirtió— «para juzgar debemos conocer bien lo que sucede fuera de nosotros». Y entonces, se preguntó el Papa Francisco, «¿cómo se puede hacer esto que la Iglesia llama “conocer los signos de los tiempos”?».

Al respecto el Papa dijo que «los tiempos cambian. Es característico de la sabiduría cristiana conocer estos cambios, conocer los diversos tiempos y conocer los signos de los tiempos. Qué significa uno y qué significa lo otro». Cierto, el Papa es consciente de que esto «no es fácil. Porque nosotros escuchamos muchos comentarios: “He escuchado que lo sucedió allá es esto y lo que sucede allá es otra cosa; he leído esto, me han dicho esto…». Pero, añadió inmediatamente, «yo soy libre, debo emitir mi propio juicio y comprender qué significa todo esto». Y «se trata de un trabajo que a menudo nosotros no hacemos: nos conformamos, nos tranquilizamos con “me han dicho, he escuchado, la gente dice, he leído…”. Y así nos quedamos tranquilos». En cambio deberíamos preguntarnos: «¿Cuál es la verdad? ¿Cuál es el mensaje que el Señor quiere darme con ese signo de los tiempos?».

Come es habitual el Papa propuso también sugerencias prácticas «para comprender los signos de los tiempos». Ante todo, dijo, «es necesario el silencio: hacer silencio y mirar, observar. Y después reflexionar dentro de nosotros. Un ejemplo: ¿por qué ahora hay tantas guerras? ¿Por qué ha sucedido todo esto? Y rezar». Por lo tanto, «silencio, reflexión y oración. Sólo así podremos comprender los signos de los tiempos, aquello que Jesús quiere decirnos».

Y en este sentido no hay pretextos. Aunque, en efecto, cada uno de nosotros se pueda ver tentado de decir: «Pero yo no estudié mucho… No fui a la universidad y tampoco a la escuela secundaria…», las palabras de Jesús no dejan espacio a dudas. Él no dice: «Mirad cómo hacen los universitarios, mirad cómo proceden los doctores, mirad cómo lo hacen los intelectuales…». Al contrario, dice: «Mirad a los campesinos, a los sencillos: ellos, en su sencillez, saben comprender cuando llega la lluvia, cómo crece la hierba; saben distinguir el trigo de la cizaña». Como consecuencia «esa sencillez —si va acompañada por el silencio, la reflexión y la oración— nos hará comprender los signos de los tiempos». Porque, recordó, «los tiempos cambian y nosotros cristianos debemos cambiar continuamente. Tenemos que cambiar firmes en la fe en Jesucristo, firmes en la verdad del Evangelio, pero nuestro obrar se debe mover continuamente según los signos de los tiempos».

Al término de su reflexión el Pontífice volvió a la reflexión inicial. «Somos libres —afirmó— por el don de la libertad que nos dio Jesucristo. Pero nuestro trabajo es examinar lo que sucede dentro de nosotros, discernir nuestros sentimientos, nuestros pensamientos; y analizar lo que sucede fuera de nosotros, discernir los signos de los tiempos». ¿Cómo? «Con el silencio, con la reflexión y con la oración», repitió como conclusión de la homilía.

Nuevo dicasterio para laicos, familia y vida

Fuente: L’Osservatore Romano

La institución de un nuevo dicasterio «con competencia sobre laicos, la familia y la vida», lo anunció el Papa Francisco al inicio de la congregación general del Sínodo, que se llevó a cabo el jueves 22 de octubre, por la tarde. Estas son las palabras del Pontífice:

He decidido instituir un nuevo dicasterio con competencia sobre laicos, la familia y la vida, que sustituirá al Consejo pontificio para los laicos y el Consejo pontificio para la familia, y a quien se le anexará la Academia pontificia para la vida.

A este respecto, he constituído una comisión apta que intentará escribir un texto que delinee canónicamente las competencias del nuevo dicasterio, que será preparado para la discusión del Consejo de cardenales, que se tendrá el próximo mes de diciembre.