Costumbre fija

Costumbre fija, en hebreo chazaqá, llega a ser cada acto repetido tres veces. Así, después de haber acogido con una bienvenida cordial al Papa Francisco en el templo mayor de Roma, el gran rabino de Roma Riccardo Di Segni supo captar el sentido del tercer encuentro de un Pontífice con la más antigua comunidad de la diáspora judía, la de la ciudad de la que es Obispo. Tres encuentros en treinta años, que podrían parecer pocos, pero que en realidad marcan la progresión global de un acercamiento en verdad histórico, irreversible y, sin embargo, no exento de obstáculos.

En este proceso, una etapa fundamental tuvo lugar hace medio siglo, en las últimas semanas del Vaticano II, cuando se aprobó con amplísima mayoría, sobre todo gracias a la acción paciente y tenaz de Pablo VI y de sus colaboradores más estrechos, la declaración Nostra aetate. El texto, tan breve como importante, ha alimentado efectivamente las nuevas relaciones de la Iglesia católica con las religiones no cristianas y, en particular, con la raíz santa del judaísmo, ya descrita por Pablo en la Carta a los romanos.

Desde entonces, el conocimiento y la amistad se han profundizado cada vez más. Gracias a figuras como el gran rabino Elio Toaff y Juan Pablo II, protagonistas de la primera visita de un Papa a la sinagoga más grande de la ciudad recordados juntos por la presidenta de la comunidad romana Ruth Dureghello, que después quiso enviar un saludo a Benedicto XVI, quien contribuyó muchísimo a este acercamiento. Con ellos, numerosísimas han sido y son las personas sin las cuales estas nuevas relaciones no serían posibles.

Pero no hay que detenerse. Lo requieren muchas situaciones donde el nombre de Dios es profanado por quien asesina tomando como pretexto su nombre y blasfemando contra él. Pero lo exige, sobre todo, la historia casi bimilenaria de judíos y cristianos porque, como destacó el presidente de la Unión de las comunidades judías italianas, Renzo Gattegna, es necesario que el conocimiento de los múltiples progresos en esta nueva relación no permanezca circunscrito «a los vértices religiosos y culturales», sino que se difunda más ampliamente.

Y precisamente el testimonio de una amistad auténtica y la voluntad de cuidar estas relaciones fueron reafirmados por el Papa: «Ya en Buenos Aires solía ir a las sinagogas y encontrarme con las comunidades reunidas allí, seguir de cerca las fiestas y las conmemoraciones judías y dar gracias al Señor, que nos dona la vida y nos acompaña en el camino de la historia», dijo Bergoglio. Ampliando inmediatamente después la célebre definición usada por Juan Pablo II: «Vosotros sois nuestros hermanos y nuestras hermanas mayores en la fe. Todos pertenecemos a una única familia, la familia de Dios, que nos acompaña y nos protege como su pueblo».

Por eso el documento por los cincuenta años de la Nostra aetate reafirmó «el vínculo indisoluble que une a cristianos y judíos», mientras «la Iglesia, aun profesando la salvación a través de la fe en Cristo, reconoce la irrevocabilidad de la Antigua Alianza y el amor constante y fiel de Dios por Israel», dijo el Papa. Que concluyó pidiendo una oración común para que el Señor «guíe nuestro camino hacia un futuro bueno».

Fuente: L’Osservatore Romano

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