Un mundo de hermanos

Un gesto de guerra, un gesto de fraternidad. En la misa «in Coena Domini» celebrada el 24 de marzo por la tarde, Jueves santo, entre los refugiados hospedados en el Centro de acogida de solicitantes de asilo (Cara) de Castelnuovo di Porto, el Papa volvió a hablar de los recientes atentados de Bruselas.

«Un gesto de guerra, de destrucción en una ciudad de Europa, de gente que no quiere vivir en paz», dijo con voz seria recordando la traición de Judas por treinta denarios y afirmando que detrás de la masacre de Bélgica «están los fabricantes, los traficantes de armas que quieren la sangre, no la paz; que quieren la guerra, no la fraternidad».

Un gesto contrario al gesto realizado durante la Última cena —gesto repetido por Francisco durante el rito del lavatorio de los pies a 11 refugiados y a una trabajadora de la estructura de acogida— y que se contrapone a la actitud de servicio y de fraternidad testimoniada por Jesús. «Él, que era el jefe, lava los pies a los demás, a los suyos, a los más pequeños» dijo el Pontífice. «Hoy, en este momento, cuando yo haré el mismo gesto de Jesús de lavar los pies a vosotros doce —explicó— todos nosotros estaremos haciendo el gesto de la fraternidad, y todos nosotros decimos: “Somos diversos, somos diferentes, tenemos diferentes culturas y religiones, pero somos hermanos y queremos vivir en paz”». De aquí el llamamiento a los presentes, invitados a rezar al Señor, «cada uno en su lengua religiosa», para que la «fraternidad contagie el mundo, para que no existan las treinta monedas para matar al hermano, para que siempre exista la fraternidad y la bondad».

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Bendición de los óleos y del crisma

Una multitud de sacerdotes, casi dos mil, han participado en la misa crismal celebrada por el Papa Francisco en el altar de la confesión de la basílica de San Pedro, el Jueves santo por la mañana. Todos han renovado las promesas sacerdotales ante el Pontífice.

Luego tuvo lugar el momento de la bendición de los óleos y de la consagración del crisma, introducidos en procesión con tres carritos —cada uno de un color distinto según el óleo contenido en las ánforas— desde la capilla de la Piedad, a través del transepto de los santos Processo y Martiniano, acompañada por el canto del O Redemptor.

Los carritos —de color blanco para el óleo de los enfermos, morado para el de los catecúmenos y rojo para el crisma— los llevaban cuatro diáconos. Otro diácono llevaba una pequeña ánfora con las sustancias perfumadas, que luego se vertieron en el crisma. El Papa se inclinó y sopló sobre el ánfora que contenía el sagrado crisma y recitó la oración.

El óleo para la celebración de la misa fue donación de la Sacristía pontificia y las esencias perfumadas de «Alchimia natura» de Módena y de la empresa citrícola «Misilmeri» de Palermo. Los óleos se trasladaron a San Juan de Letrán, donde se distribuirán a los sacerdotes de la diócesis de Roma para la administración de los sacramentos durante el año.

Fuente: L’Osservatore Romano

La misericordia salvará el mundo

«Dios hace justicia, siendo misericordioso»: es este el concepto central de la meditación del predicador de la Casa pontificia, padre Raniero Cantalamessa, durante la celebración de la Pasión del Señor presidida por el Papa Francisco el 25 de marzo por la tarde, Viernes santo.

«Es la hora de darnos cuenta –dijo el capuchino- que lo opuesto de la misericordia no es la justicia, sino la venganza. Jesús no ha opuesto la misericordia a la justicia, sino a la ley del talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. Perdonando los pecados, Dios no renuncia a la justicia, renuncia a la venganza; no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ez 18, 23). Jesús en la cruz no le ha pedido al Padre vengar su causa».

El predicador hizo referencia a los trágicos hechos de los días pasados y explicó: «El odio y la brutalidad de los ataques terroristas de esta semana en Bruselas nos ayudan a entender la fuerza divina contenida en las últimas palabras de Cristo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Por grande que sea el odio de los hombres, el amor de Dios ha sido, y será, siempre más fuerte». Así, pues, añadió: «¡Tenemos que desmitificar la venganza! Esa se ha vuelto un mito que se expande y contagia todo y a todos, comenzando por los niños. Gran parte de las historias en las pantallas y en los juegos electrónicos son historias de venganza, a veces presentadas como la victoria del héroe bueno. La mitad, si no más, del sufrimiento que existe en el mundo (cuando no son males naturales), viene del deseo de venganza, sea en la relación entre las personas como entre los Estados y los pueblos. Se ha dicho que “el mundo será salvado por la belleza”; pero la belleza puede también llevar a la ruina. Hay una sola cosa que puede salvar realmente el mundo, ¡la misericordia! ».

Fuente: L’Osservatore Romano