Peregrinos de la misericordia

«Hacerse misericordiosos significa aprender a ser valientes en el amor concreto y desinteresado». Acompañados por el tuit del Papa Francisco, miles de peregrinos están en la plaza de San Pedro para celebrar la fiesta de la Divina misericordia. Iniciada con la vigilia del sábado 2, la celebración culmina con la misa del domingo 3 de abril, segundo de Pascua y fiesta de la Divina misericordia, tal como lo quiso san Juan Pablo II de quien se recuerda el décimo primer aniversario de la muerte, acaecida el 2 de abril de 2005.

Fuente: L’Osservatore Romano

Felicidades a Benedicto XVI por el octogésimo noveno cumpleaños

«Vamos a encontrarnos con la catástrofe humanitaria más grande después de aquella de la Segunda Guerra Mundial». Lo dijo el Papa Francisco durante el encuentro con los periodistas durante el vuelo hacia Lesbos. «Es un viaje —explicó— un poco diferente de los demás. En los viajes apostólicos vamos a hacer muchas cosas: a ver a la gente, a hablarle… y también la alegría de encontrarla. Este, en cambio, es un viaje marcado por la tristeza. Esto es importante. Se trata de un viaje triste». «Vamos —y nos daremos cuenta— a encontrar a mucha gente que sufre, que no sabe a dónde ir, que ha tenido que huir», continuó el Pontífice, añadiendo: «Y vamos también a un cementerio: el mar. Allí, mucha gente se ha ahogado».6f566698b0cc892ca245027a628a3a8d_5.jpg

«No lo digo —afirmó también Francisco— para amargarlos… sino para que su trabajo del día de hoy pueda trasmitir a sus medios de comunicación el estado de ánimo con el que hago este viaje».

Antes de concluir el encuentro, el Papa tomó nuevamente el micrófono para recordar «que hoy el Papa Benedicto cumple 89 años» y pidió «una oración por él». En un mensaje de felicitación que se le envió durante el vuelo se lee: «El Santo Padre Francisco, junto con todos los que lo acompañan en su visita a Lesbos —séquito y periodistas— envía al Papa emérito Benedicto XVI las felicitaciones más afectuosas y cordiales con ocasión de su 89° cumpleaños, pidiendo al Señor que siga bendiciendo su precioso servicio de cercanía y oración por toda la Iglesia».

Fuente: L’Osservatore Romano

Una casa segura

El Papa Francisco regresó de Lesbos —lugar que visitó el sábado 16 de abril, por la mañana, junto con el patriarca ecuménico Bartolomé y el arzobispo de Atenas y de toda Grecia Jerónimo— trayendo consigo a un grupo de refugiados. Son tres familias que han escapado de la guerra que está ensangrentando Siria: en total doce refugiados, entre los cuales dos adolescentes y cuatro niños, que habían llegado a la isla griega antes del reciente acuerdo entre Turquía y la Unión europea y se alojaban en el campo de refugiados de Kara Tepe.

Un gesto sin precedentes, expresión del espíritu de una visita breve pero intensísima, realizada en el signo de la cercanía y la fraternidad. «He venido aquí sencillamente para estar con vosotros y escuchar vuestras historias» explicó el Pontífice a los cientos de hombres, mujeres, niños y ancianos alojados en el campo de refugiados de Moria, donde pasó toda la mañana inmerso en el abrazo lleno de dolor y de esperanza de los refugiados. «Hemos venido para atraer la atención del mundo ante esta grave crisis humanitaria y para implorar la solución de la misma» añadió destacando las dimensiones de la que ya durante el vuelo hacia la isla había definido «la catástrofe humanitaria más grande después de la segunda guerra mundial». Con los periodistas a bordo del avión Francisco había recordado también el 89° cumpleaños de Benedicto XVI, a quien había enviado las felicitaciones y asegurado la oración.

En el campo de refugiados de Moria el Papa se detuvo largo tiempo entre los refugiados: escuchó sus historias de horror y de violencia, consoló a quien lloraba y tuvo para todos una palabra de consuelo. «No estáis solos» aseguró, alabando la generosa respuesta de acogida del pueblo griego y expresando el deseo de que «el mundo preste atención a estas situaciones de necesidad trágica y verdaderamente desesperadas, y responda de un modo digno de nuestra humanidad común».

Un deseo que se convirtió en «llamamiento a la responsabilidad y a la solidaridad» durante el encuentro con las autoridades y la comunidad católica que tuvieron lugar por la tarde en el puerto de Mitilene, después de dos citas de Francisco: la firma de una declaración conjunta con Bartolomé y Jerónimo y la comida con ocho refugiados acogidos en el lugar. «Europa es la patria de los derechos humanos, y cualquiera que ponga pie en suelo europeo debería poder experimentarlo» recordó el Papa, reconociendo que «la preocupación de las instituciones y de la gente es comprensible y legítima» pero invitó a «no olvidar que los emigrantes, antes que números son personas». De aquí la nueva invitación a rechazar «la ilusión de levantar muros con el fin de sentirse más seguros». Porque «las barreras —advirtió— crean división, en lugar de ayudar al verdadero progreso de los pueblos». Antes de dejar la isla, el Papa, el patriarca y el arzobispo ortodoxo recitaron una oración por todas las víctimas de las migraciones y lanzaron al mar tres coronas de laurel.

Fuente: L’Osservatore Romano

La misión sacerdotal de Cristo Buen Pastor

En Cristo quien llama para compartir su existencia de “ungido y enviado” (Lc 4:18; Jn 10:36). El encuentro y la relación personal es también participación y seguimiento definitivo. La vida del llamado ya no tendrá otro sentido que el de prolongar el ser, el actuar y el estilo de vida de Cristo. La vocación es un don de Dios que se recibe tal como es. La gratuidad es un elemento esencial de los dones cristianos.

La realidad “sacerdotal” de Cristo va más allá de las palabras humanas. El Señor se presenta como hermano, protagonista de nuestra historia, responsable, sensible, comprometido, esposo, enviado… Los apóstoles y evangelistas le llaman Corero inmolado, Dios con nosotros (Emmanuel), Mediador, nuestro “amén”, nuestra paz… Es una realidad que penetra todo su ser (“ungido”) para lanzarlo totalmente a una misión (“envío”). A esta realidad la carta a los hebreos y la Iglesia primitiva le dio claramente el título de “sacerdocio de Cristo”. Es decir, Cristo es “nuestro Sacerdote”, siendo al mismo tiempo, víctima y altar.

La misión del Señor es una misión totalizante, que no deja paréntesis en el ser, en el obrar y en la vivencia. Es la vida de Cristo en Nazaret (Lc 2:51; 4: 16), la vida pública de Buen Pastor (Jn 10: 1ss), la cercanía a los más pobres (Lc 4: 18), la intimidad dialogal con el Padre (Jn 17: 1ss), la inmolación (Jn 10:7; 15:13; 17: 19; Mt 26: 28).

La misión de Jesús atrapa todo su ser de hijo de Dios, hermano nuestro, don de Dios a los hombres (Jn 3: 16). Es misión “totalizante” porque es unción y orientación definitiva de todo su ser hacia los planes salvíficos del Padre (Heb 10: 9). Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, y, por tanto, pertenece totalmente al Padre y a los hombres.

De esta realidad profunda e íntima deriva toda la actuación de Jesús, es decir, su donación a la obra salvífica del Padre respecto a toda la humanidad y a cada persona en particular. Su vida consiste en testimoniar, anunciar, hacer presente y comunicar la salvación o liberación de Dios Amor. Su doctrina y sus derechos no tienen más orientación que la de unir a los hombres con Dios y entre sí, para reflejar al Padre en una vida según el Espíritu. Para conseguir este objetivo se ofrece en sacrificio ya desde el momento de la encarnación (Heb 10: 5-7); su vida está orientada hacia “la hora” del Padre: el sacrificio de la cruz y la resurrección (Jn 13: 1). La encarnación del Verbo (Jn 1: 14) hace posible la Pascua (Lc 22: 15) y, por tanto, la misión y el envío del Espíritu Santo (Jn 20, 21-22).

La vida de Jesús es, pues, consagración y misión, sin dicotomías. La dedicación total de su existencia a esta realidad de su propio ser y de su obrar, fundamenta su estilo de vida, que es el de dar la vida como Buen Pastor (Jn 10: 1-18; Lc 15: 1-7).

El estilo de vida de Jesús, es decir, su caridad pastoral o sacerdotal, se concreta en su orientación definitiva “para dar la vida” (Jn 10: 10). La caridad pastoral significa, para Jesús, aventurarlo todo para cumplir los designios salvíficos del Padre. Por esto emplea todo su tiempo para dialogar con el Padre y para acercarse a los hermanos. Su capacidad de adentrarse en la oración se expresa en su capacidad de cercanía a toda circunstancia humana. Su desprendimiento, expresado en humildad, obediencia, castidad (o virginidad) y pobreza, le hacen totalmente libre para amar.

Esta caridad pastoral la vive tanto en Nazaret como en los caminos de Palestina, en el Tabor como en el Calvario. Así se hace expresión personal de Dios amor (Jn 14: 9), aunque, de momento, produzca el escándalo de Nazaret (Lc 4: 28-30), de la eucaristía (Jn 6: 66) y de la cruz (Jn 12: 32-37). Las reglas de eficacia evangélica son las de Dios Amor y, por tanto, no siguen el señuelo de la eficacia inmediata y aparatosa. El Señor salva al mundo muriendo, es decir, amando hasta dar la vida. Y “los suyos” son llamados a compartir esta misma suerte.