Una casa segura

El Papa Francisco regresó de Lesbos —lugar que visitó el sábado 16 de abril, por la mañana, junto con el patriarca ecuménico Bartolomé y el arzobispo de Atenas y de toda Grecia Jerónimo— trayendo consigo a un grupo de refugiados. Son tres familias que han escapado de la guerra que está ensangrentando Siria: en total doce refugiados, entre los cuales dos adolescentes y cuatro niños, que habían llegado a la isla griega antes del reciente acuerdo entre Turquía y la Unión europea y se alojaban en el campo de refugiados de Kara Tepe.

Un gesto sin precedentes, expresión del espíritu de una visita breve pero intensísima, realizada en el signo de la cercanía y la fraternidad. «He venido aquí sencillamente para estar con vosotros y escuchar vuestras historias» explicó el Pontífice a los cientos de hombres, mujeres, niños y ancianos alojados en el campo de refugiados de Moria, donde pasó toda la mañana inmerso en el abrazo lleno de dolor y de esperanza de los refugiados. «Hemos venido para atraer la atención del mundo ante esta grave crisis humanitaria y para implorar la solución de la misma» añadió destacando las dimensiones de la que ya durante el vuelo hacia la isla había definido «la catástrofe humanitaria más grande después de la segunda guerra mundial». Con los periodistas a bordo del avión Francisco había recordado también el 89° cumpleaños de Benedicto XVI, a quien había enviado las felicitaciones y asegurado la oración.

En el campo de refugiados de Moria el Papa se detuvo largo tiempo entre los refugiados: escuchó sus historias de horror y de violencia, consoló a quien lloraba y tuvo para todos una palabra de consuelo. «No estáis solos» aseguró, alabando la generosa respuesta de acogida del pueblo griego y expresando el deseo de que «el mundo preste atención a estas situaciones de necesidad trágica y verdaderamente desesperadas, y responda de un modo digno de nuestra humanidad común».

Un deseo que se convirtió en «llamamiento a la responsabilidad y a la solidaridad» durante el encuentro con las autoridades y la comunidad católica que tuvieron lugar por la tarde en el puerto de Mitilene, después de dos citas de Francisco: la firma de una declaración conjunta con Bartolomé y Jerónimo y la comida con ocho refugiados acogidos en el lugar. «Europa es la patria de los derechos humanos, y cualquiera que ponga pie en suelo europeo debería poder experimentarlo» recordó el Papa, reconociendo que «la preocupación de las instituciones y de la gente es comprensible y legítima» pero invitó a «no olvidar que los emigrantes, antes que números son personas». De aquí la nueva invitación a rechazar «la ilusión de levantar muros con el fin de sentirse más seguros». Porque «las barreras —advirtió— crean división, en lugar de ayudar al verdadero progreso de los pueblos». Antes de dejar la isla, el Papa, el patriarca y el arzobispo ortodoxo recitaron una oración por todas las víctimas de las migraciones y lanzaron al mar tres coronas de laurel.

Fuente: L’Osservatore Romano

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s