Llamada y seguimiento

Todo cristiano es llamado a un encuentro con Cristo para configurarse con él (santidad y perfección) y para asumir un compromiso de misión (apostolado). El bautismo y la configuración son los sacramentos que expresan esta vocación cristiana y misionera de todo miembro del Pueblo de Dios, en relación a la vivencia y al anuncio del misterio pascual.

Pero el Señor quiso llamar a algunos de sus discípulos para ser signo y mordiente especial de caridad y de misión. Son los doce Apóstoles y, después de ellos, sus sucesores e inmediatos colaboradores, como signo personal de Cristo, para obrar en su nombre y para ejercer entre los hermanos este servicio especial de Buen Pastor (PO 2, 6, 12). En cuanto al “seguimiento radical” de Cristo, muchos cristianos son también llamados a esta “vida apostólica” para la puesta en práctica permanente de los consejos evangélicos.

En la Iglesia todos participan de la unción y de la misión sacerdotal de Cristo. Por eso todo cristiano es profeta, sacerdote y rey, puesto que anuncia, celebra, y comunica el misterio pascual de Cristo. Los doce Apóstoles recibieron una participación especial en esta realidad sacerdotal de Cristo. A su vez, ellos comunicaron, por imposición de manos (por el sacramento del Orden), esta misma participación sacerdotal a sus sucesores o colaboradores inmediatos, los cuales “por la unción del Espíritu Santo, quedan sellados, con un carácter particular, y así se configuran con Cristo Sacerdote, de suerte que puedan obrar como en persona de Cristo Cabeza” (PO 2). Ellos son “los principales dispensadores  de los misterios de Dios” (can. 835).

Vocación cristiana y, por tanto, vocación sacerdotal, es declaración de amor: “Como mi Padre me amó, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15: 9). El amor es exigente y condiciona toda la vida del llamado, especialmente el “amor que nace de la gracia de la vocación sacerdotal, amor que es el don más grande del Espíritu Santo” (Juan Pablo II, Carta del Jueves Santo de 1979, 2).

La persona llamada a este seguimiento especial de Cristo (“séquela Christi”) sabe que queda relacionada íntimamente con Cristo en cuanto consagrado y enviado. No es un simple seguimiento externo, sino especialmente configuración, imitación, unión, participación. El propio ser, la función que hay que ejercer en la Iglesia y el estilo de vida consecuente, son o deben ser una prolongación de Cristo Sacerdote Buen Pastor. La vocación se recibe, pues, tal como es, como un don, a la luz de la fe, para hacer de ella una relación personal con Cristo y un servicio eclesial que renueva a la persona del llamado y a la comunidad a la que se sirve.

Del Número y calidad de estas vocaciones sacerdotales es la misma comunidad eclesial la que se hace responsable, en cuanto que, para ser verdaderamente una Iglesia evangelizadora, ha de ser una Iglesia que pida insistentemente las vocaciones necesarias.

Aferrados a la letra

Para Jesús, lo que cuenta es la vida de las personas y no un esquema de leyes y palabras: la muerte de Esteban y Juana de Arco, la muerte de muchos otros inocentes en la historia e incluso el suicidio de Judas recuerdan el mal que puede hacer «un corazón cerrado a la palabra de Dios» hasta el punto de utilizarla contra la verdad. Lo dijo el Papa durante la misa celebrada el lunes 11 de abril por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los apóstoles (6, 8-15), explicó Francisco, «la Iglesia nos hace escuchar el pasaje del discurso de Esteban, y del juicio» contra él. «Algunos de los doctores de la ley, doctores de la letra, se levantaron para discutir con Esteban —recordó el Papa—, pero no pudieron resistir a la sabiduría y al espíritu con que hablaba». De hecho, «Esteban había sido ungido por el Espíritu Santo y tenía la sabiduría del Espíritu Santo, y hablaba con esa fuerza, con esa sabiduría, la misma que tenía Jesús; pero Él era Dios, que hablaba con la autoridad, la autoridad que viene de Dios, la autoridad que viene del Espíritu Santo».

No pudiendo hacer nada contra él, prosiguió Francisco, esas personas que estaban en la sinagoga «instigaron a algunos para que» lo acusasen injustamente de haber pronunciado «palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios». No siendo capaces de «dialogar con él y abrir el corazón a la verdad», «rápidamente tomaron el camino de la calumnia». Los Hechos relatan que Esteban fue capturado y llevado ante el Sanedrín y que también se presentaron testigos falsos para acusarlo.

La historia de Esteban, señaló el Papa, es significativa: «El corazón cerrado a la verdad de Dios se aferra solamente a la verdad de la ley, de la letra —más que a la ley, a la letra— y no encuentra otra salida que la mentira, el falso testimonio y la muerte». Precisamente «Jesús había reprendido esta actitud, ya que con los profetas, en el Antiguo Testamento, había sucedido lo mismo». Tanto es así que «Jesús había dicho» a esas personas «que sus padres habían matado a los profetas “y vosotros hacéis los monumentos, los sepulcros”» Sin embargo, su «respuesta es más que hipócrita, es cínica: “Si hubiéramos vivido en los tiempos de nuestros padres, no hubiéramos hecho lo mismo”». Y «así se lavan las manos y ante sí mismos se juzgan puros». Pero, «el corazón está cerrado a la palabra de Dios, está cerrado a la verdad, está cerrado al mensajero de Dios que trae la profecía para hacer que el pueblo de Dios siga hacia adelante».

«Me duele —confesó Francisco— leer ese breve pasaje del Evangelio de Mateo, cuando Judas arrepentido va a los sacerdotes y les dice: “he pecado”, y quiere dar … y da las monedas». Pero ellos le contestan: «¡Qué nos importa! ¡Tú verás!». Tienen «un corazón cerrado ante este pobre hombre arrepentido que no sabía qué hacer». Ellos le dicen: «Tú veras». Y así Judas «fue y se ahorcó».

Y «¿qué es lo que hacen cuando Judas va a colgarse? Hablan y dicen: “pero, pobre hombre …”». Y, a continuación, refiriéndose a los treinta denarios añaden, «son precio de sangre, no pueden entrar en el templo». En esencia son «son los doctores de la letra», y así siguen «tal y tal y tal regla …».

A ellos, destacó el Papa, «no les importa la vida de una persona, no les importa el arrepentimiento de Judas: el Evangelio dice que regresó arrepentido». A ellos «les importa sólo su esquema de leyes y las muchas palabras y muchas cosas que han construido». «Esta es la dureza de sus corazones, la insensatez del corazón de esta gente, que dado que no podía resistir la verdad de Esteban va a buscar evidencias y testigos falsos para juzgarlo: la suerte de Esteban está marcada como la de los profetas como la de Jesús».

Y esta forma de hacer «se repetirá» en el tiempo, dijo Francisco recordando que «no sólo sucedió en los primeros tiempos de la Iglesia». Por otra parte, señaló, «la historia nos habla de mucha gente que fue asesinada, juzgada, a pesar de que era inocente: juzgada con la palabra de Dios contra la palabra de Dios». El Papa se refirió «a la caza de brujas o a santa Juana de Arco», y también «a muchos otros que fueron quemados, condenados porque no se «ajustaron», según los jueces, a la palabra de Dios».

Es «el modelo de Jesús —concluyó el Pontífice— que, por ser fiel y haber obedecido la palabra del Padre, termina en la cruz». Francisco volvió a proponer la imagen de la gran ternura de Jesús que les dijo a los discípulos de Emaús : «Insensatos y tardos de corazón». Al Señor, concluyó, «pidámosle que, con la misma ternura, mire las pequeños o grandes insensateces de nuestro corazón y nos acaricie» diciéndonos «“insensato y tardo de corazón” y comience a explicarnos las cosas».

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Dos persecuciones

Son dos las persecuciones contra los cristianos: una es la «explícita», y el recuerdo de la Papa se dirigió a los mártires asesinados en Pascua en Pakistán, y la otra la «educada, disfrazada de cultura, modernidad y progreso» que termina por quitarle al hombre la libertad y también el derecho a la objeción de conciencia. Pero precisamente en el sufrimiento de las persecuciones el cristiano sabe que tiene siempre al lado al Señor, aludió Francisco durante la misa celebrada el martes 12 de abril por la mañana en la capilla de la Casa Santa Marta.

Para su meditación, el Pontífice se basó en la primera lectura (Hechos de los apóstoles 7, 51 – 8, 1). «Hemos escuchado —explicó— el martirio de Esteban: la tradición de la Iglesia lo llama el protomártir, el primer mártir de la comunidad cristiana». Sin embargo, «antes que él había habido pequeños mártires que, sin hablar pero con la vida, habían sido perseguidos por Herodes». Y «desde ese momento hasta la actualidad existen mártires en la Iglesia, ¡ha habido y hay!». Y «son hombres y mujeres perseguidos sólo por confesar y decir que Jesucristo es el Señor, pero ¡esto está prohibido!». Es más, esta confesión «provoca —en algunos momentos de la historia, en algunos lugares— la persecución».

«Es lo que aparece claramente —afirmó Papa— en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que leeremos mañana: después del martirio de Esteban se desencadenó una gran persecución en Jerusalén». Entonces «todos los cristianos huyeron, sólo los apóstoles se quedaron». Y, añadió, «la persecución —yo diría— es el pan de cada día de la Iglesia: por otra parte ya lo dijo Jesús».

«Nosotros cuando hacemos un poco de turismo por Roma, y vamos al Coliseo, pensamos que los mártires fueron los asesinados por los leones», prosiguió el Pontífice. Pero «los mártires no fueron sólo esos». En realidad los mártires «son hombres y mujeres de todos los días: hoy, el día de Pascua, hace sólo tres semanas». Francisco se refirió a «los cristianos que celebraban la Pascua en Pakistán: fueron martirizados sólo por celebrar el Cristo resucitado». Y «de esta forma la historia de la Iglesia sigue adelante con sus mártires». Puesto que «la Iglesia es la comunidad de creyentes, la comunidad de los confesores, de los que confiesan que Jesús es Cristo: es la comunidad de mártires».

«La persecución —observó el Papa— es una de las características, de los rasgos en la Iglesia, e impregna toda su historia» Y «la persecución es cruel, como la de Esteban, como la de nuestros hermanos pakistaníes hace tres semanas». Sí, cruel «como la que hacía Saulo que estaba presente en la muerte de Esteban, del mártir Esteban: iba, entraba en las casas, tomaba a los cristianos y los llevaba para ser juzgados».

Hay, sin embargo, advirtió Francisco, «otra persecución de la que no se habla tanto». La primera forma de persecución «se debe a confesar el nombre de Cristo» y por lo tanto es «una persecución explícita, clara». Pero la otra persecución «se presenta disfrazada como cultura, disfrazada de cultura, disfrazada de modernidad, disfrazada de progreso: es una persecución —yo diría un poco irónicamente— educada». Se reconoce «cuando el hombre es perseguido no por confesar el nombre de Cristo, sino por querer tener y manifestar los valores del hijo de Dios». Por lo tanto, es «una persecución contra Dios Creador en la persona de sus hijos».

Y así «vemos todos los días que los potencias hacen leyes que obligan a ir por este camino y una nación que no sigue estas leyes modernas, cultas o al menos que no quiera tenerlas en su legislación, es acusada, es perseguida educadamente». Es «la persecución que le quita al hombre la libertad, ¡también la de la objeción de conciencia! Dios nos ha hecho libres, pero ¡esta persecución te quita la libertad! Y si tú no lo haces, serás castigado: perderás el trabajo y muchas cosas o serás dejado de lado».

«Esta es la persecución del mundo», insistió el Pontífice. Y «esta persecución también tiene un jefe». En la persecución de Esteban «los jefes eran los doctores de la letra, los doctores de la ley y los sumos sacerdotes». En cambio, «el jefe de la persecución educada, Jesús lo llamó: el príncipe de este mundo». Se puede ver «cuando las potencias quieren imponer actitudes, leyes contra la dignidad del Hijo de Dios, persiguen a estos y van contra el Creador Dios: es la gran apostasía». Así «la vida de los cristianos sigue adelante con estas dos persecuciones». Pero también con la certeza de que «el Señor nos ha prometido que no se aleja de nosotros: “¡Tened cuidado, tenes cuidado! No caed en el espíritu del mundo. ¡Tened cuidado! Pero id adelante, Yo estaré con vosotros”».

En conclusión, Francisco pidió al Señor en la oración, «la gracia de entender que el camino del cristiano siempre va adelante en medio de dos persecuciones: el cristiano es un mártir, es decir, un testigo, uno que debe dar testimonio del Cristo que nos ha salvado». Se trata de «dar testimonio de Dios Padre, que nos ha creado, en el camino de la vida». En este camino el cristiano «muchas veces tiene que sufrir: esto trae mucho sufrimiento». Sin embargo, «así es nuestra vida: Jesús siempre a nuestro lado, con el consuelo del Espíritu Santo». Y «¡esa es nuestra fuerza!».

Fuente: L’Osservatore Romano

La no violencia arma de paz

El Papa Francisco interpeló a dar «testimonio activo de la no violencia como “arma” para conseguir la paz» en el mensaje enviado el lunes 11 de abril por la tarde a los participantes en una conferencia organizada por el Consejo pontificio para la justicia y la paz y por el movimiento Pax Christi.

En el texto —leído por el cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson, presidente del Consejo pontificio organizador, durante la sesión inaugural del encuentro, que concluye el miércoles 13— el Pontífice recuerda la necesidad de favorecer «el encuentro entre personas concretas y la reconciliación entre pueblos y grupos» para «buscar vías de solución a la singular y terrible “guerra mundial en pedazos” que, en nuestros días, gran parte de la humanidad está viviendo de un modo directo o indirecto». Con este fin, Francisco insiste en que «el camino de la no violencia, y especialmente de la no violencia activa, constituye una necesaria y positiva contribución».

El mensaje insiste en algunos puntos que «le preocupan especialmente» al Papa. En primer lugar reafirma la «premisa fundamental» de que «el objetivo último y más digno de la persona humana y de la comunidad es la abolición de la guerra». Después, señala que «el conflicto no puede ser ignorado o disimulado», porque es a través de su aceptación que «se puede resolver y transformar». Además advierte que «sólo considerando a nuestros semejantes como hermanos y hermanas, podemos superar las guerras y la conflictividad».

«Como cristianos, sabemos que el mayor obstáculo que se tiene que eliminar para que esto suceda es el erigido por el muro de la indiferencia», constata Francisco, precisando a este respecto que no se trata de «un lenguaje figurado» sino «de la triste realidad». Una tarea «grande» y «ardua» compete «a los que trabajan por la paz, viviendo la experiencia de la no violencia»: la tarea consiste en «conseguir el desarme integral “llegando hasta las mismas conciencias”, creando puentes, luchando contra el miedo y entablando el diálogo abierto y sincero». En conclusión, el nuevo llamamiento del Papa que pide el apoyo para las dos peticiones formuladas con ocasión del jubileo: la abolición de la pena de muerte y cancelar la deuda de los países pobres.

Fuente: L’Osservatore Romano