Fidelidad y renovación permanente

La vocación sacerdotal, juntamente con los carismas recibidos en el sacramento del Orden, es un don dinámico y una gracia permanente que va penetrando en el ser de la persona llamada, para transformarla paulatinamente en signo, prolongación e instrumento de Cristo Sacerdote. Este proceso de configuración con el Señor dura toda la vida.

La vocación apostólica nace, se desarrolla y madura en un encuentro personal y en una amistad permanente con Cristo (Jn 1,39-41; 15,14). Es una amistad y relación personal que tuvo y sigue teniendo su iniciativa en el mismo Cristo (Jn 15, 16); por esto será él mismo quien la sostenga, a pesar de las debilidades del apóstol (1 Cor 15, 8-10).

Las gracias del Espíritu Santo, recibidas en la ordenación, reclaman una fidelidad generosa, continua y renovada: “reaviva la gracia que hay en ti” (2 Tim 1,6). Es una renovación que equivale a participar en el misterio pascual de Cristo, es decir, en su muerte y resurrección. El “gozo pascual”, o alegría de ser llamado a trabajar por Cristo, es decir, se produce, como don del Espíritu, cuando el sacerdote ha sabido correr su suerte o beber su cáliz, que transforma el dolor en donación (Mc 10, 38). Es el gozo de colaborar “completando” la redención de Cristo (Col 1, 24) y de pertenecer esponsalmente a él.

El “sígueme” de la llamada, como declaración de amor, lo pronuncia el Señor todos los días, para hacer posible un “sí” cada vez más auténtico por parte nuestra, que salga de lo más hondo del corazón. Esta actitud de entrega necesita una formación auténticamente pastoral desde el seminario (OT 4).

Los “fines pastorales de renovación interna de la Iglesia, de difusión del evangelio por el mundo entero, así como de diálogo con el mundo actual”, dependen de la renovación sacerdotal, es decir, del “esfuerzo por alcanzar una santidad cada vez mayor, para convertirse, día a día, en más aptos instrumentos en servicio de todo el Pueblo de Dios” (PO 12).

Cuando falta este amor esponsal, que busca la renovación constante y que se inicia todos los días, la vocación y toda la realidad sacerdotal se convierten en un peso insoportable o en una obligación estricta y sin sentido. Es entonces cuando surgen todas las dudas de identidad y los interrogantes sobre las exigencias sacerdotales.

Por este esfuerzo renovado de fidelidad a la vocación, el sacerdote se convierte en “el máximo testimonio del amor” (PO 11), puesto que lo ha aventurado todo para seguir a Cristo y ser su transparencia ante el mundo.

Esta renovación se apoya en la gracia del Señor, que la hace posible en la vida de todos los días, aun en condiciones de debilidad y limitación. Sostenido por esta gracia, el sacerdote puede mantener continuamente la decisión de darse del todo, mientras, al mismo tiempo, pone en práctica esta decisión en los detalles de la vida ordinaria. Renovación equivale, pues, a mantener y reiterar todos los días esta decisión a pesar de los propios defectos.

La línea de renovación sacerdotal está siempre orientada hacia la caridad pastoral, que es consagración y misión (Lc 4, 18; Jn 10,16.36), inmolación de la propia vida (Jn 10, 15-18; 15,13), diálogo comprometido con el Padre (Mt 26, 39; Jn 17, 4), servicio pastoral de cercanía y de sintonía con toda la humanidad (Jn 10, 14-16; Mt 8, 17).

La fidelidad a la vocación requiere unos medios concretos: oración como encuentro con Cristo (especialmente en la eucaristía), meditación de la palabra de Dios, celebración del sacramento de la penitencia, profundización de la doctrina sobre el sacerdocio, vida de sacrificio y donación, comunidad o grupo sacerdotal, devoción mariana, otros medios comunes de espiritualidad cristiana. El estudio es “el alimento de su propia vida espiritual” (can. 232-252). Todos estos medios son indispensables para la formación cultural, pastoral y espiritual ya desde el Seminario (can. 232-264).

Se necesita una formación permanente que abarque los niveles de espiritualidad, cultura teológica y humana, metodología pastoral, convivencia en la comunidad, etc. EL nacimiento, crecimiento, maduración y perseverancia de una vocación sacerdotal dependen continuamente de la vivencia del misterio de Cristo al estilo de María en Caná, la cruz y el cenáculo (OT 8-12).

Sentir la necesidad de colaborar a que otros sean fieles a esta misma llamada es un punto de partida imprescindible para la pastoral de vocaciones. En esta pastoral de vocaciones hay que presentar el ideal sacerdotal en toda su grandeza y realismo, con sus carismas por parte de Dios y con las limitaciones posibles por parte nuestra. No se puede hacer descuento en la entrega para una misión sin fronteras. El testimonio y el gozo de la entrega son una nota dominante de la pastoral vocacional por parte del sacerdote, que será ayudado con la colaboración concreta, oraciones y sacrificios de toda la comunidad eclesial. Todos, sacerdotes y fieles, colaboran a que todos los llamados, ya desde el primer momento del despertar vocacional, “se sientan ayudados a consolidar su decisión de abrazar la vocación con entrega personal y alegría de espíritu” (OT 14; cf. OT 2).

 

Como pan partido

«Jesús se ha dejado “partir”, se parte por nosotros. Y pide que nos demos, que nos dejemos partir por los demás». Lo dijo el Papa Francisco durante la misa presidida el jueves 26 de mayo, por la tarde, solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, en el atrio de la basílica de San Juan de Letrán.

La tradicional celebración precedió, como es habitual, la procesión que se realiza a lo largo de vía Merulana para llegar a la basílica de Santa María la Mayor, donde el Pontífice impartió la bendición eucarística a los numerosos presentes.

En la homilía Francisco puso el acento en el gesto realizado por Jesús durante la Última cena, haciendo referencia al gesto análogo realizado con los cinco panes y los dos peces para dar de comer a la multitud que lo seguía. «Los trozos de pan, partidos por las manos sagradas y venerables del Señor —dijo al respecto—, pasan a las pobres manos de los discípulos para que los distribuyan a la gente. También esto es “hacer” con Jesús, es “dar de comer” con Él». Para el Papa «es evidente que este milagro no va destinado sólo a saciar el hambre de un día, sino que es un signo de lo que Cristo está dispuesto a hacer para la salvación de toda la humanidad». Y, sin embargo, «hay que pasar siempre a través de esos dos pequeños gestos: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos; recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos».

En este sentido el gesto de «partir el pan» representa «el icono, en el signo de identidad de Cristo y de los cristianos». Y la Eucaristía se convierte así en «el centro y la forma de la vida de la Iglesia». De aquí se deriva la misión de cada creyente, llamado a seguir los pasos de los numerosos santos «famosos o anónimos» que «se han dejado “partir” a sí mismos, sus propias vidas, para “alimentar a los hermanos”». Francisco recordó de forma especial a las mamás y a los papás que «junto con el pan de cada día, cortado en la mesa de casa, se parten el pecho para criar a sus hijos», sin olvidar a los que «en cuanto ciudadanos responsables, se han desvivido para defender la dignidad de todos, especialmente de los más pobres, marginados y discriminados». ¿Dónde han encontrado la fuerza para hacer esto? Precisamente en la Eucaristía, que encierra en sí «el poder del amor del Señor resucitado».

Fuente: L’Osservatore Romano

Drama en la frontera entre Siria y Turquía

Es una situación cada vez más dramática la que se lleva a cabo en la frontera entre Turquía y Siria, al norte de la ciudad de Aleppo. Cien mil civiles han quedado atrapados en la frontera: están a merced de los combates entre el ejército leal al presidente Assad y los rebeldes, además de las violencias perpetradas por los milicianos del así llamado Estado islámico (Is). Quien lanzó el llamamiento para intentar desbloquear la situación y enviar las primeras ayudas a los refugiados fueron diversas ONG. Éstas últimas han denunciado, además, el avance del IS en el área después de la ofensiva de las fuerzas curdo-sirias en Raqqa, iniciada hace casi 48 horas.

Con base en lo que han declarado las fuentes de la prensa, grupos de yihadistas habrían tomado el control del camino que une Aleppo, que dista casi 13 kilómetros de la frontera turca, y la ciudad de Marea, donde están atrapadas actualmente al menos 15.000 civiles. La organización Medicos sin fronteras ha confirmado que la emergencia en la frontera afecta a 100.000 personas, incluidos los civiles del campo de refugiados dentro de las frontera siria.

Una situación muy semejante es la que se registra en Irak, donde otras 4.000 personas huyen de la ciudad de Mosul marcada por las violencias entre el ejército y el IS. Durante un briefing en Ginebra, la portavoz de la ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), Melisssa Fleming, denunció ayer «el aumento del número de refugiados iraquíes que intentan la arriesgada fuga de Mosul hacia Siria».

Además de Mosul está también Bagdad en el ojo del huracán. Ayer cientos de manifestantes se reunieron delante de la «zona verde» (el área fortificada que reúne a los edificios gobernativos y las embajadas extranjeras) para expresar el propio disenso en contra del gobierno del primer ministro Haider Al Abadi, acusado de no hacer suficiente en la lucha contra la corrupción. Al Abadi lanzó ayer un llamamiento a la unidad del país, invitando a posponer la organización de protestas hasta la completa liberación de la ciudad de Fallujah del IS. Hablando del cuartel general de la campaña militar Breaking Terrorismo (lanzada al inicio de esta semana para reconquistar la ciudad), el primer ministro, que es también comandante en jefe de las fuerzas armadas, ha declarado que «esta batalla requiere un gran esfuerzo».

Fuente: L’Osservatore Romano

Civiles en fuga

Decenas de personas halladas en una fosa común en las cercanías de Palmira

Casi 300.000 personas huyen de Raqqa, bastión en Siria del así llamado Estado islámico (ISIS), en previsión de la ofensiva de las fuerzas curdo-sirias, apoyadas por la coalición que cuenta con la guía estadounidense, para la reconquista de la ciudad. Lo informó ayer por la tarde la agencia estatal turca Anadolu, citando fuentes locales. Los civiles estarían huyendo hacia las zonas de Bab, Manbij, Jarabulus y Cobanbey al norte de Alepo y Deir El Zor al sur.

Acerca de las difíciles condiciones de vida de la población informó ayer por la tarde en Ginebra el enviado especial de la ONU para Siria, Staffan de Mistura. Si no llegan rápidamente ayudas humanitarias a Siria «muchos civiles corren el riesgo de morir de hambre», dijo. Para el mes de mayo la ONU esperaba poder socorrer a un millón de personas en las zonas asediadas, pero sólo a 160.000 llegaron las ayudas. Tanto De Mistura, como el presidente de la task force humanitaria de la ONU en Siria, Jan Egeland, destacaron también la necesidad de hacer aún más para la entrega de las ayudas y para dar esperanza a la población que está sufriendo un conflicto iniciado en marzo de 2011 y que ha costado la vida a cerca de 400.000 personas.

En las próximas horas De Mistura debería anunciar la fecha para una nueva rueda de coloquios para poner fin al conflicto.

Sobre el campo se registran mientras tanto nuevos horrores. En una fosa común descubierta por las fuerzas del Gobierno de Damasco en la zona del aeropuerto militar de la ciudad siria de Palmira se encontraron los cuerpos de 65 personas. Según el Observatorio sirio para los derechos humanos, se trataría de personas asesinadas por los yihadistas del ISIS y las víctimas serían todas miembros de las fuerzas del Gobierno y de las milicias aliadas.

El ISIS tuvo el control de Palmira desde mayo del año pasado hasta hace dos meses. La agencia de prensa siria Sana había informado los días pasado el hallazgo de 31 cuerpos con evidentes signos de tortura, precisando que entre las personas asesinadas algunas habían sido decapitadas. En el mes de abril otra fosa común había sido descubierta al nordeste de Palmira con los cuerpos de más de 40 personas, mujeres y niños incluidos.

Mientras tanto, son al menos 800 las personas que lograron huir de Faluya, en Irak occidental, desde que la fuerzas de seguridad iraquíes lanzaron una ofensiva para liberar la ciudad del ISIS, que la controla desde enero de 2014. Lo hizo público Lise Grande, coordinadora humanitaria de la ONU para Irak, preocupada por las condiciones de los cerca de 50.000 civiles que permanecieron atrapados en la ciudad asediada. «Hemos recibido informaciones angustiosas acerca de civiles atrapados en Faluya que están buscando desesperadamente huir, pero no pueden hacerlo».

Por último, al menos 13 personas fallecieron y 29 fueron heridas en una serie de ataques en Bagdad y en localidades vecinas a la capital iraquí.

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