De Cristo Sacerdote, a la Iglesia Pueblo sacerdotal

La realidad sacerdotal de Jesús se prolonga en la Iglesia. Cada vocación y cada ministerio o servicio es una prolongación del sacerdocio de Cristo, en su ser, en su obrar y, por ello, en sus vivencias. La Iglesia, en personas e instituciones, es un conjunto de signos pobres de la presencia activa de Cristo resucitado. La Iglesia es, pues, transparencia e instrumento vivo del Señor. De ahí que, en el Nuevo Testamento, se la llame con diversos nombres: reino, cuerpo, esposa, madre, templo, sacramento, misterio, pueblo de Dios, Pueblo sacerdotal… La Iglesia es pueblo sacerdotal o propiedad esponsal de Cristo porque participa, como “consorte” y “complemento”, de su realidad de Mediador y Sacerdote.

La Iglesia es el “pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (San Cipriano, citado en LG 4). Es, pues, comunión o comunidad vital que prolonga la palabra, el sacrificio, la acción salvífica y pastoral de Cristo, bajo la fuerza y guía del Espíritu Santo. De este modo, la Iglesia participa en la misión de Cristo de cumplir los designios salvíficos del Padre en bien de todos los hombres.

Así como la realidad sacerdotal de Jesús abarca toda su existencia, en su ser, en su obrar y en su estilo de vida, del mismo modo, la realidad eclesial, por entero es una realidad sacerdotal, como prolongación y signo de la realidad de Cristo resucitado presente. Es la realidad de anunciar, hacer presente y comunicar el misterio de Cristo Sacerdote y Víctima, muerto y resucitado. Por esto son tres los aspectos de la misión eclesial, todos ellos como prolongación del sacerdocio y mediación de Cristo: servicio profético (predicación de la palabra), servicio cultual (celebrar la eucaristía, los sacramentos y demás signos litúrgicos), servicio pastoral o de construcción de la comunidad en el amor).

La terminología “sacerdotal”, aplicada a la Iglesia, como toda terminología aplicada al misterio de Cristo, es siempre imperfecta. Basta con atenerse a la realidad de que la Iglesia es toda ella sacerdotal, en cuanto que transparenta y prolonga el misterio de Cristo Sacerdote. Redentor y Mediador. Así la Iglesia puede acercarse a todos los hombres como pueblo de la Nueva Alianza, sellada con la sangre de Cristo Redentor. Esta realidad la hace partícipe de los gozos y esperanzas de todos los hombres y de todos los pueblos, puesto que “no hay nada verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1). Por participar en el sacerdocio y mediación de Cristo, “la Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (ibídem). María, asociada a Cristo Sacerdote y Redentor, es el Tipo y la personificación de la Iglesia como Madre y Pueblo sacerdotal.

Todo cristiano participa en esta realidad profética, cultural y “real” de Cristo, gracias al bautismo y a la confirmación. Cada vocación concreta más esta participación que se llama “sacerdocio común de los fieles”. Y en toda vocación o estado de vida (laicado, vida consagrada, sacerdocio ministerial) se concreta más todavía su participación sacerdotal por medio de los carismas particulares de personas y de grupos eclesiales. Siempre es una participación en el sacerdocio de Cristo, en su servicio profético, sacerdotal (cultural) y real o pastoral.

El “carácter” del bautismo, de la confirmación y del Orden son una participación, diferente en grado y en modo, del sacerdocio de Cristo. Todos los cristianos quedan “injertados” en la consagración y la misión de Cristo. Por esto todos reciben gracias especiales para poder desenvolver su propia participación en el sacerdocio del Señor: gracia sacramental, gracia de estado (según la propia vocación), gracia o carismas particulares, etc.

Si todo el Pueblo de Dios es sacerdotal y cada miembro de este pueblo participa del sacerdocio de Cristo, en diversos modo y grado, la dignidad cristiana es básicamente la misma: la de ser hijos de Dios por participación. Cada uno vive esta dignidad sirviendo a la comunidad según los carismas recibidos. Todo, vocaciones y servicios o ministerios, lleva a cumplir el mandamiento del amor y a edificar la comunidad según la caridad. La “coinonía” o comunión de la Iglesia se construye por una pluralidad de vocaciones y ministerios que son siempre carismas para servir como Cristo Sacerdote y Buen Pastor.

Por la vocación laical, el cristiano es llamado a “impregnar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico” (can. 225). La vocación de vida consagrada es un signo fuerte del sermón de la montaña y de las exigencias del bautismo. La vocación sacerdotal es un signo personal de Cristo Cabeza, Sacerdote y Buen Pastor (cf. LG 31).

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