Como pan partido

«Jesús se ha dejado “partir”, se parte por nosotros. Y pide que nos demos, que nos dejemos partir por los demás». Lo dijo el Papa Francisco durante la misa presidida el jueves 26 de mayo, por la tarde, solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, en el atrio de la basílica de San Juan de Letrán.

La tradicional celebración precedió, como es habitual, la procesión que se realiza a lo largo de vía Merulana para llegar a la basílica de Santa María la Mayor, donde el Pontífice impartió la bendición eucarística a los numerosos presentes.

En la homilía Francisco puso el acento en el gesto realizado por Jesús durante la Última cena, haciendo referencia al gesto análogo realizado con los cinco panes y los dos peces para dar de comer a la multitud que lo seguía. «Los trozos de pan, partidos por las manos sagradas y venerables del Señor —dijo al respecto—, pasan a las pobres manos de los discípulos para que los distribuyan a la gente. También esto es “hacer” con Jesús, es “dar de comer” con Él». Para el Papa «es evidente que este milagro no va destinado sólo a saciar el hambre de un día, sino que es un signo de lo que Cristo está dispuesto a hacer para la salvación de toda la humanidad». Y, sin embargo, «hay que pasar siempre a través de esos dos pequeños gestos: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos; recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos».

En este sentido el gesto de «partir el pan» representa «el icono, en el signo de identidad de Cristo y de los cristianos». Y la Eucaristía se convierte así en «el centro y la forma de la vida de la Iglesia». De aquí se deriva la misión de cada creyente, llamado a seguir los pasos de los numerosos santos «famosos o anónimos» que «se han dejado “partir” a sí mismos, sus propias vidas, para “alimentar a los hermanos”». Francisco recordó de forma especial a las mamás y a los papás que «junto con el pan de cada día, cortado en la mesa de casa, se parten el pecho para criar a sus hijos», sin olvidar a los que «en cuanto ciudadanos responsables, se han desvivido para defender la dignidad de todos, especialmente de los más pobres, marginados y discriminados». ¿Dónde han encontrado la fuerza para hacer esto? Precisamente en la Eucaristía, que encierra en sí «el poder del amor del Señor resucitado».

Fuente: L’Osservatore Romano

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