A la luz de la fe

La vocación o llamada sacerdotal hay que mirarla a partir de la fe. Las hipótesis que, a través de los siglos, puedan surgir sobre el sacerdocio (como sobre cualquier otro punto de la fe cristiana), tienen valor sólo si respetan los datos del mensaje evangélico. Precisamente por ello, hay que prestar atención a la realidad histórica y sociológica para iluminarla con la revelación.

Correr la suerte de Cristo no es simplemente hacerse apto para una profesión técnica. Cristo vivió su realidad de Buen Pastor que da la vida, y llama a los que quiere para esta misma misión (MC 3, 13-14). Aceptar su llamada a la fe y al seguimiento apostólico será siempre un riesgo, mezclado de gracia de Dios y de colaboración nuestra (JN 6, 60-71).

La llamada inicial de Cristo a los Apóstoles fue para un seguimiento permanente, como de quienes eran llamados para dedicar toda la vida al anuncio del evangelio (Mt 10, 1-4; 3, 13-19; Lc 6, 12-16). Esta llamada se convierte en participación de la realidad sacerdotal de Jesús, es decir, de su unción y misión, por la recepción del Espíritu Santo (Hech 1,5; 2,4; Jn 14,16-17; 15,26-17; 20,23). Es una gracia o “carisma” que consagra a la persona para una misión universal y totalizante como la de Cristo (Lc 24, 49; Jn 20, 21-22; Mt 28, 18-20; Mc 16, 15-20). Como Jesús, los Apóstoles (y sus sucesores e inmediatos colaboradores) son ungidos o “sellados” (2 Cor 1, 22), “llenos del Espíritu Santo” (Hech 2, 4; Lc 4, 1). Es una gracia permanente del Espíritu (2 Tim 1, 6).

Los sacerdotes ministros, como continuadores del ministerio apostólico de los Doce (según el grado de obispo o de presbítero), participan en el ser, en la función y en la vivencia sacerdotal de Cristo. Como él, lo dejan todo para dedicarse a la evangelización (Lc 5, 11; Mt 19, 27), puesto que han de correr su misma suerte (Mt 10, 22; Jn 6, 66-67).

La espiritualidad o estilo de vida apostólica sacerdotal estará siempre en relación estrecha con el hecho de participar en el ser sacerdotal de Cristo, para prolongar su palabra, su acción sacrificial, salvífica y pastoral. Es, pues, una espiritualidad que se basa en el hecho de ser enviados, de modo permanente, por Cristo resucitado.

Seguir a Cristo para participar en su sacerdocio como los apóstoles, supone asumir una opción o decisión fundamental para toda la vida. El sacerdocio de Cristo es así, y él lo comunica tal como es, según las diversas participaciones: bautismo, confirmación, orden sagrado. El sacerdote ministro ha sido escogido definitivamente para “estar con él” y para “ser enviado a predicar” (Mc 3, 14). Definitivamente forma parte de “los suyos” (Jn 13, 1) o, como dice repetidas veces Jesús en su oración al Padre, “los que tú me has dado” (Jn 17, 6ss). La vocación es siempre iniciativa suya: “Yo os he elegido” (Jn 15, 16).

La respuesta a la vocación sacerdotal no es, pues, simplemente intelectual, sino que es un compromiso que se asume para toda la vida. Sigue las reglas de un amor totalizante. La persona llamada ya no sirve más que para esta misión que es declaración de amor. Por esto, como Pablo, se presenta como “apóstol”, “ministro”, “prisionero” o atrapado por Cristo. Su divisa es la del Apóstol de las gentes: “sé de quién me he fiado” (2 Tim 2, 12), “no me avergüenzo del evangelio” (Rom 1, 16), “todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4, 13), soy “prisionero del Espíritu” (Hech 20, 22)…

Por una paz duradera

Favorecer «el diálogo y la solidaridad» para asegurar «una paz duradera» para toda la humanidad, sobre todo ante los sufrimientos provocados por conflictos, migraciones y crisis económica: es el deseo expresado por el Papa Francisco al dirigirse a los nuevos embajadores de Seychelles, Tailandia, Estonia, Malawi, Zambia y Namibia, que el jueves 19 de mayo, por la mañana, presentaron las cartas con las que son acreditados ante la Santa Sede.

Como lo hace habitualmente, cuando habla a los representantes diplomáticos, el Pontífice afrontó temas «de particular urgencia», pidiendo «señales concretas» de cercanía a «nuestros hermanos y hermanas en grave necesidad». Al respecto hizo un llamamiento a la «misión compartida» de hacerse «cargo de la sociedad y de la creación», al margen de «nacionalidades, culturas y confesiones religiosas». Cierto, Francisco es consciente de que «esto se hace cada vez más difícil» dado que «nuestro mundo se presenta cada vez más fragmentado y polarizado», con muchas personas que «tienden a aislarse» porque «tienen miedo del terrorismo y que la creciente afluencia de inmigrantes cambie radicalmente su cultura, su estabilidad económica y su estilo de vida». Es más, añadió que se trata de «temores que comprendemos y que no podemos descuidar con demasiada facilidad»; sin embargo —recordó con fuerza— «se deben afrontar con sabiduría y compasión, de tal modo que los derechos y las necesidades de todos se respeten y se sostengan».

Continuando la reflexión sobre las migraciones forzadas, el Pontífice invitó luego a «ayudar a las poblaciones a permanecer en su patria» y cuando esto no es posible, como en el «momento presente», a «dar asistencia a los inmigrantes» y a quienes se hacen cargo de ello, sin «permitir que malos entendidos y miedos debiliten nuestra determinación» a promover «una integración que respete» su identidad y, al mismo tiempo, «preserve la cultura de la comunidad que los acoge».

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Dios no es una ecuación

«Hoy en esta misa hay ocho parejas que celebran cincuenta años de matrimonio —es un auténtico testimonio en este tiempo de la cultura de lo provisional— y una pareja que celebra sus veinticinco años». Precisamente por ellos el Papa ofreció la misa del viernes 20 de mayo, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta, proponiendo en la homilía una reflexión sobre el matrimonio para recordar que testimoniar la verdad significa también comprender a las personas.

Lo que atrajo inmediatamente la atención, afirmó Francisco refiriéndose a las lecturas de la liturgia del día, es la escena relatada en el Evangelio de san Marcos (10, 1-12): «Jesús, marchándose de Cafarnaúm, fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán», y «de nuevo vino la gente donde él y, como acostumbraba, les enseñaba».

Protagonista, explicó el Papa, es «la multitud que va a su encuentro: Él les enseñaba y ellos escuchaban». Todas aquellas personas seguían a Jesús precisamente porque les gustaba escucharle. El Evangelio dice que «Él enseñaba con autoridad, no como enseñaban los escribas y los fariseos». Por esto «la multitud, el pueblo de Dios, estaba con Jesús».

Pero, precisa el evangelista Marcos, estaba también, «por otra parte, ese pequeño grupo de fariseos, saduceos, doctores de la ley que siempre se acercaban a Jesús con malas intenciones». El Evangelio nos dice claramente que su intención era «ponerlo a prueba»: estaban siempre preparados para usar la clásica cáscara de banana «para hacer caer a Jesús», quitándole, de esa forma, «la autoridad».

Estas personas, afirmó el Pontífice, «estaban separadas del pueblo Dios: eran un pequeño grupo de teólogos iluminados que creían tener toda la ciencia y la sabiduría». Pero «a fuerza de cocinar su teología, habían caído en la casuística y no podían salir de esa trampa». Y, así, repetían continuamente: «¡No se puede, no se puede!». De estas personas, añadió el Papa, Jesús «habla mucho en el capítulo 23 de Mateo y las describe bien».

«La cuestión es el matrimonio», dijo claramente Francisco. Un tema, destacó, que «parece providencial, con ocho parejas que celebran cincuenta años de matrimonio y una sus veinticinco años» presentes en la celebración de la misa en la capilla de la Casa Santa Marta.

«Dos veces, en el Evangelio, este pequeño grupo» hace una «pregunta a Jesús sobre el matrimonio». En particular «una vez los saduceos, que no creían en la vida eterna, presentaron una pregunta sobre el levirato», o sea respecto a «la mujer que se había casado con siete hermanos y luego al final murió: ¿cuál será el marido de esta mujer en el más allá?». Una pregunta pensada precisamente para buscar «poner en ridículo a Jesús».

En cambio la otra pregunta es esta: «¿Es lícito repudiar a una mujer?». Pero «Jesús, en ambas situaciones, no se detiene en el caso particular, sino que va más allá: se centra en la plenitud del matrimonio».

«En el caso del levirato —explicó el Papa— Jesús se centra en la plenitud escatológica: “En el cielo no habrá ni marido ni esposa, vivirán como ángeles de Dios”». Él se centra «en la plenitud de la luz que viene de esa plenitud escatológica». Así, pues, «Jesús recuerda la plenitud de la armonía de la creación: “Desde el comienzo de la creación, Dios los hizo varón y hembra”».

Está claro, afirmó el Pontífice, que «Él no se equivoca, Él no busca hacer un buen papel delante de ellos: “Dios los hizo varón y hembra”». E inmediatamente añade: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa; y la mujer dejará a su padre y a su madre y se unirá a su marido —se sobreentiende— y los los dos ser harán una carne sola». Esto «es fuerte», comentó el Papa, añadiendo: «Una simbiosis, una carne sola, así siguen adelante: ya no son dos, sino una sola carne». Por lo tanto, «que el hombre no separe lo que Dios ha unido».

«Tanto en el caso del levirato como en esto Jesús responde desde la verdad aplastante, desde la verdad contundente —¡esta es la verdad!—, desde la plenitud, siempre», destacó el Papa. Por lo demás, «Jesús nunca negocia la verdad». En cambio, «este pequeño grupo de teólogos iluminados negociaba siempre la verdad, reduciéndola a la casuística». A diferencia de Jesús, que «no negocia la verdad: esta es la verdad sobre el matrimonio, no existe otra».

Sin embargo, «Jesús es muy misericordioso —insistió Francisco—, es tan grande que nunca, nunca, nunca cierra la puerta a los pecadores». Se comprende cuando les pregunta: «¿Qué os prescribió Moisés? ¿Qué os ordenó Moisés?». La respuesta es que «Moisés permitió escribir un acta de divorcio». Y «es verdad, es verdad». Pero Jesús responde así: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto».

Aquí, afirmó el Pontífice, «está la plenitud de la verdad, esa verdad fuerte, contundente, pero también la debilidad humana, la dureza del corazón». Y «Moisés, el legislador, hizo esto, pero que las cosas queden claras: la verdad es una cosa y otra cosa es la dureza del corazón que es la condición pecadora de todos nosotros». Por ello «Jesús deja aquí la puerta abierta al perdón de Dios, pero en casa, a los discípulos, les repite la verdad: “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio”». Jesús «lo dice claramente, sin giros de palabras: “Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”».

El pasaje evangélico nos revela «las verdades que nos da Jesús, que son verdades plenas, recibidas de Dios, del Padre, que son siempre así». Y nos muestra también «el modo», es decir «cómo Jesús se comporta ante los pecadores: con el perdón, dejando la puerta abierta». Y «en esta referencia a Moisés, deja en cierto sentido algo para el perdón de la gente que no logra vivir este compromiso». Por lo demás, también «hoy, en este mundo en el que vivimos, con esta cultura de lo provisional, esta realidad de pecado es muy fuerte».

Jesús, «al recordar a Moisés, nos dice que está la dureza del corazón, está el pecado». Pero «algo se puede hacer: el perdón, la comprensión, el acompañamiento, la integración, el discernimiento de estos casos». Con la consciencia de que «la verdad nunca se vende, nunca». Jesús «es capaz de decir esta verdad tan grande y, al mismo tiempo, ser tan comprensivo con los pecadores, con los débiles». En cambio, «este pequeño grupo de teólogos iluminados, que caen en la casuística, son incapaces tanto de horizontes grandes como de amor y comprensión respecto a la debilidad humana».

«Nosotros debemos caminar con estas dos cosas que Jesús nos enseña: la verdad y la comprensión», sugirió Francisco. Y «esto no se resuelve como una ecuación matemática», sino «con la propia carne: es decir, yo cristiano ayudo a esa persona, a aquellos matrimonios que atraviesan una dificultad, que están heridos, en el camino de acercamiento a Dios». Permanece el hecho que «la verdad es aquella, pero esta es otra verdad: todos somos pecadores, en camino». Y «siempre está este trabajo por hacer: cómo ayudar, cómo acompañar, pero también cómo enseñar a aquellos que se quieren casar cuál es la verdad sobre el matrimonio».

Es «curioso» destacar que Jesús «al hablar de la verdad dice las palabras claras: pero con cuanta delicadeza trata a los adúlteros». Y, así, «a aquella mujer, que llevaron ante él para ser lapidada, con cuanta delicadeza» dice: «Mujer, nadie te ha condenado, tampoco yo, ve en paz y no peques más». Y «con cuanta delicadeza Jesús trata a la samaritana, que tenía una buena historia de adulterios», diciéndole: «llama a tu marido», y deja que sea ella quien diga: «no tengo marido».

Como conclusión, Francisco expresó el deseo de «que Jesús nos enseñe a tener con el corazón una gran adhesión a la verdad y también con el corazón una gran comprensión y acompañamiento a todos nuestros hermanos que atraviesan momentos de dificultad». Y «esto es un don: lo enseña el Espíritu Santo, no estos doctores iluminados que para enseñarnos necesitan reducir la plenitud de Dios a una ecuación casuística».

Fuente: L’Osservatore Romano

De huérfano a hijo

El hombre de hoy vive a menudo en una condición de «huérfano», inmerso en una «soledad interior», que a veces se transforma en «tristeza existencial». Lo constató el Papa Francisco —en la homilía de la misa de Pentecostés celebrada el domingo 15 de mayo por la mañana, en la basílica vaticana— invitando a los cristianos a redescubrir la «vocación originaria, nuestro “ADN” más profundo», que consiste en vivir «la condición de hijos» a la cual conduce precisamente la tercera persona de la Trinidad. Por otra parte, añadió en el Regina caeli, además de ser «consolador, defensor e intercesor», el Espíritu ejerce para los cristianos «una función de enseñanza y memoria».

Fuente: L’Osservatore Romano