Evangelizar: anuncio, celebración y compromiso

Evangelización significa anuncio de la Buena Nueva: Cristo es el Hijo de Dios, que murió y ha resucitado, es nuestro Salvador y Redentor (Hech 2,32; Lc 14,46-48). Este anuncio es ya una llamada a un cambio profundo de actitudes, para reorientar toda la vida según el mandamiento del amor. El ser, la función y el estilo de vida de Cristo tienen esta perspectiva evangelizadora: “Ha llegado el tiempo, el reino de Dios está cerca; arrepentíos y creed en el evangelio” (Mc 1,14-15; Mt 4,17).

La Iglesia, que Cristo fundó sobre la base de los Apóstoles, tiene esta misma perspectiva evangelizadora: “existe para evangelizar” “EN 14); “nacida de la misión de Jesucristo, la Iglesia es, a su vez, enviada por él” (EN 15); “evangelizar significa, para la Iglesia, llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad” (EN 18). Esta misión se confía a toda la Iglesia, pero, de modo especial, a los Doce y a sus sucesores e inmediatos colaboradores (Mc 16, 15-18; Mt 28, 18-20; Hech 1,8).

La acción evangelizadora es una llamada a la conversión y al bautismo, es decir, a un encuentro con Cristo para configurarse con él (Hech 2,32-37). La llamada apostólica es una llamada a la conversión del mismo apóstol; por esto el apóstol es un testigo del encuentro con Cristo Buen Pastor, dedicado esponsalmente a “predicar, en su nombre, la penitencia y el perdón de los pecados a todas las gentes” (LC 24,27). Como Pedro y en nombre de Cristo, se hace testigo de una “conversión” o retorno a Dios Amor (Hech 2,32-27); así podrá “confirmar a los hermanos” (Lc 22,32).

El “ministerio apostólico”, es decir, el de los doce Apóstoles y de sus sucesores e inmediatos colaboradores, se concreta en anuncio, testimonio, colaboración y vivencia del ministerio pascual. Se anuncia, se testimonia, se celebra, se vive y se ayuda a vivir el misterio de la redención obrada por Cristo, el Hijo de Dios hecho nuestro hermano. Es un servicio o “diaconía” de donación sacrificial o “humillación” (“kenosis”), como fue el servicio del Señor (JN 13,13-16). Se evangeliza por medio de la predicación, de la acción litúrgica, especialmente en la celebración eucarística y de los sacramentos, y por los servicios a la comunidad para construirla según el amor.

El contenido de la evangelización es este mismo misterio de Cristo, que nos devela el misterio de Dios Amor, y que se prolonga en la Iglesia a través de los tiempos, que vive en cada hermano y que ha de restaurar la creación y la historia. Por esto hay que evangelizar “a todas las gentes” (Mt 28,19), a todas las personas, en sus circunstancias y situaciones históricas, sociológicas y culturales.

Si todo cristiano es responsable y necesario colaborador de esta acción evangelizadora, al sacerdote ministro le compete la primera responsabilidad, como principio de unidad, como presidente y primer animador de la comunidad.

De este servicio ministerial depende, en gran parte, que toda la comunidad se estructura en una dinámica y perspectiva de evangelización local y universal; cada comunidad eclesial es una concretización de la Iglesia universal, especialmente la comunidad llamada diócesis o Iglesia particular: “Enviada por Dios a las gentes para ser sacramento universal de salvación, la Iglesia, mandato de su Fundador, se esfuerza en anunciar el evangelio a todos los hombres” (AG 1). “Nacida del amor del Padre Eterno, fundada en el tiempo por Cristo Redentor, reunida en el Espíritu Santo, la Iglesia tiene una finalidad escatológica y de salvación, que sólo en el siglo futuro podrá alcanzar plenamente. Está presente ya aquí en la tierra, formada por hombres, es decir, por miembros de la ciudad terrena que tienen la vocación de formar, en la propia historia del género humano, la familia de los hijos de Dios, que ha de ir aumentando sin cesar hasta la venida del Señor” (GS 40).

El sacerdote ministro, como Pablo, es “segregado para el evangelio” (Rom 1,1). Más que a cualquier otro evangelizador, se le exige una dedicación esponsal a la misión, la cual “merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, si es necesario, le consagre su propia vida” (EN 5).

Un timón para navegar

Como «timón», la «Christifideles laici», la «Evangelii gaudium» y la «Amoris laetitia»; como «campos privilegiados de trabajo», la familia y la vida. Es esta la perspectiva futura indicada por el Papa al Consejo pontificio para los laicos, a cuyos miembros recibió en audiencia el viernes 17 de junio, por la mañana, en la sala Clementina, con ocasión de la asamblea plenaria.

Fuente: L’Osservatore Romano

Con realismo evangélico

Hoy es necesario mirar a la familia con «realismo evangélico». Que no se queda «en la descripción de las situaciones, de las problemáticas, menos aún del pecado», sino que «va siempre más allá y logra ver detrás de cada rostro, de cada historia, de cada situación, una oportunidad, una posibilidad». Es la indicación pastoral que el Papa Francisco sugirió al inaugurar los trabajos de la asamblea de la diócesis de Roma dedicado al tema: «La alegría del amor: el camino de las familias en Roma a la luz de la exhortación apostólica Amoris laetitia».

A los obispos, sacerdotes y catequistas reunidos el jueves 16 de junio, por la tarde, en la basílica de San Juan de Letrán, el Pontífice propuso una pista de lectura de la exhortación apostólica post-sinodal contenida en tres exhortaciones: «la vida de cada persona, la vida de cada familia se debe tratar con mucho respeto y mucha atención; cuidarnos de poner en acción una pastoral de guetos y para los guetos; dejemos espacio a los ancianos para que vuelvan a soñar». Se trata de «tres imágenes —explicó— que nos recuerdan cómo la fe no nos aleja del mundo, sino que nos introduce más profundamente en él: no como los perfectos e inmaculados que creen saberlo todo, sino como personas que han conocido el amor que Dios tiene a cada uno de nosotros».

Sucesivamente, interpelado por tres preguntas, Francisco volvió sobre algunos temas, alertando en particular sobre el individualismo que enjaula la libertad y exhortando a seguir siempre «la senda de la ternura, de la escucha, del acompañamiento». En cuanto a la pastoral de las familias, el Papa recomendó evitar las insidias del «rigorismo» y del «laxismo», porque en ámbito doctrinal no existe la «seguridad matemática». La moral —aseguró— «es un acto de amor, siempre: amor a Dios, amor al prójimo. Es también un acto que deja espacio a la conversión del otro, no condena inmediatamente».

Fuente: L’Osservatore Romano

La misión de anunciar y prolongar a Cristo

La identidad sacerdotal es más una cuestión de vivencia que de exposición o disquisición teórica. Se trata de una vivencia que tiene su punto de arranque en la iniciativa de Cristo, que nos llamó para estar con él y para enviarnos a predicar (Mc 3, 14).

La llamada o vocación sacerdotal es una participación en el ser o consagración y en la misma misión de Cristo Sacerdote, el Siervo de Yahveh, es decir, el Salvador o Redentor, que es, al mismo tiempo, Sacerdote, Víctima y Buen Pastor.

De esta participación en el ser y en la misión sacerdotal de Cristo se desprende la función o actuación concreta del sacerdote ministro: actuar en su nombre, prolongando su servicio y “kenosis” sacerdotal, en el espacio y en el tiempo.

¿En qué consiste esta acción evangelizadora del sacerdote ministro?, ¿cuáles son sus líneas de fuerza?, ¿qué relación de servicio se establece con la comunidad eclesial?

La acción apostólica y evangelizadora no puede tomarse independientemente de Cristo resucitado presente en la Iglesia, que continúa comunicando su misión en el Espíritu Santo. Prolongamos a Cristo y, concretamente, toda su acción salvífica y pastoral. Al participar de su misión, el sacerdote ministro colabora de modo especial en la construcción de la “comunión” eclesial y de toda la comunidad humana como reflejo de la “comunión” divina entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Prolongamos a Cristo Cabeza y Buen Pastor, y obramos en su nombre, para construir con él esta comunión universal.