En la geografía del horror

«Señor ten piedad de tu pueblo! Señor, perdón por tanta crueldad!». Las pocas palabras que ha dejado escritas el Papa Francisco, de su puño y letra, en español, sobre el libro de honor en el campo de concentración de Auschwitz, valen más que mil discursos. Ha sido una etapa fundamental en el viaje a Polonia de Francisco, que en el más grande y tristemente célebre campo de exterminio nacido en el corazón de Europa no ha pronuniciado discursos: rezó largo tiempo en silencio; abrazó y besó a un grupo de sobrevivientes y a otro grupo de «Justos entre las naciones».

Juan Pablo II vino el 7 de junio de 1979, en su segundo viaje fuera de Italia. Pero antes de convertirse en Papa muchas veces había rezado en la celda donde murió Maximiliano Kolbe, su connacional franciscano a quien él mismo proclamó santo tres años más tarde. En el 2006 le tocó al alemán Benedicto XVI, quien dice: «no podía no venir aquí, tenía que venir». Y hoy, viernes 29 de julio, en una mañana luminosa y llena de sol, se ha realizado la tercera visita de un Pontífice.

Después de haber celebrado la misa en privado en la capilla del arzobispado de Cracovia junto al nuncio apostólico, Francisco se dirigió en helicóptero a la ciudad de Oświęcim: en este ángulo de Polonia meridional, le dieron la bienvenida el obispo de Bielsko-Żywiec y el alcalde de la ciudad. Se dirigió en coche a Auschwitz con su séquito, a quien se le unió el cardenal Koch, presidente del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos y de la Comisión para las relaciones con los religiosos y el judaísmo.

Desde el exterior se tiene la impresión de que la industria del turismo haya fagocitado incluso lo relacionado al exterminio de masa: basta notar el número de locales de «comida rápida», entre los cuales está un improbable «restaurante del Papa», que con sus carteles luminosos atraen a tantos turistas. Pero apenas cambias la mirada hacia los lúgubres grupos de casas de ladrillos rojos, he aquí que aparece el campo de exterminio en toda su monstruosidad: las chimeneas de los hornos crematorios; las barracas de madera y la malla de alta tensión; las calles de tierra, que cuando llueve se enlodan; las casetas de los guardias nazis, que, en cambio, tenían derecho a resguardarse del hielo, mientras los prisioneros eran enviados a trabajos forzados o conducidos a la muerte con sus uniformes lacerados con rayas verticales.

Recibido por el director de este inmenso memorial a cielo abierto, Franciso a pie, cruzó solo el umbral construido con la tristemente frase en alto «Arbeit macht frei» que significa «el trabajo hace libres». Después recorrió a bordo de un coche eléctrico las mismas calles que para muchísimas personas ha significado la muerte. Entre estos bloques se cometieron crímenes atroces. Por lo demás, Auschwitz ha sido el campo construido por los nazis durante la II Guerra Mundial y uno de los más «productivos» cuando llegó el proyecto demente de la «solución final». Convertido en un lugar simbólico, desde 1979 es patrimonio de la humanidad.

Francisco se detuvo en la Plaza del llamamiento, donde exactamente 75 años atrás, el padre Kolbe había sido condenado a muerte por hambre, después de haber ofrecido la propia vida en lugar de otro detenido. Sentándose a la sombra de los árboles, ha rezado largo tiempo en silencio. Una oración mutua, hecha con el corazón, con las manos entrelazadas y la cabeza inclinada, a ratos con los ojos cerrados. Detrás de él, las alambradas de púas recordando la dura realidad de estos lugares. Después se levantó para besar un palo de madera, uno de tantos patíbulos donde se tenían las ejecuciones.

Recibido por el primer ministro en el atrio del tristemente famoso «bloque 11», uno de los más dolorosamente recordados de Auschwitz, Francisco saludó, desupués, uno por uno a los doce sobrevivientes, dos de los cuales, centenarios y una, incluso de 101 años: es Helena Dunicsz, la famosa violinista polaca nacida en Viena, única sobreviviente de la orquesta del campo, que en estos días hospeda en su casa en Cracovia a algunos jóvenes de la JMG. Emocionados, aunque aún lúcidos testigos, se pusieron de pie para saludar al húesped: uno de ellos le pidió firmar el álbum fotográfico, otro le besó las manos, casi como recambiando el gesto hecho por el Papa en el Yad Vashem de Jerusalén. El último le ha entregado una vela con la que Francisco se dirigió hacia «el muro de la muerte», donde las personas eran asesinadas con un golpe en la cabeza. Lo tocó largo rato, contemplándolo con la cabeza inclinada, antes de encender la lámpara ofrecida como regalo: es una esfera de plata dorado y se apoya sobre una base de madera, que recuerda la alambrada de Auschwitz erosionado por el tiempo.

La etapa sucesiva fue la celda del martirio de Kolbe. Recibido por el general de los franciscanos conventuales Marco Tasca y por el provincial Marian Gołąb, Francisco bajó solo en el semisótano, en el espacio angosto contraseñato con el número 18, iluminado sólo por una pequeña ventana enrejada. Además de una cama y un lavabo; sobre el muro hay algunos grafitis, una lápida conmemorativa y una vela dejada por Wojtyła. También Francisco aquí ha rezado en silencio, completamente inmerso en la triste atmósfera que se respiraba ahí. Después firmó el libro de honor.

Tercera y última etapa de esta peregrinación en la geografía del horror fue Bikenau, que dista tres kilómetros. El Papa los recorrió lentamente, contemplando todo lo que queda de esta parte del campo proyectado para el exterminio en masa. En las cámaras de gas hombres y mujeres, ancianos y niños, eran traídos con engaño: embaucándolos con la excusa de hacer una ducha caliente, mientras que entre los agujeros del techo salía el letal zyklon b.

Conocido también como Brzezinka o «Auschwitz II», el Papa entró ahí desde el ingreso principal. De nuevo a bordo del coche eléctrico ha recorrido al lado de la ferrovía, el binario de la muerte. Un viejo vagón herrumbroso está aún ahí como perenne memoria de las deportaciones de masa de hombres, mujeres y niños, amontonados en carros para ganado como animales llevados al matadero.

Llegados ante el monumento a las víctimas de las naciones, donde le esperaban un millar de personas, el Pontífice caminó entres las oscuras lápidas que recuerdan lo que allí sucedió. «Dejad para siempre que este lugar sea un grito de desesperación y un aviso para la humanidad» dice una inscripción esculpida en cada una de las 23 estelas, el número de los idiomas de los que fueron víctimas de la barbarie nazi. A cada uno de ellos el Papa ha querido rendir homenaje dejando ante la útlima losa una vela encendida. Después, aún con la cabeza gacha, se recogió de nuevo en oración, mientras, detrás de él el rabí jefe de Polonia, Michael Schudrich, cantó el salmo 130 en hebreo; el De profundis se tradujo en polaco, por el sacerdote católico Stanisław Ruszała, de la parroquia de Markowa, en el sureste de Polonia. Con su presencia recordó el heroico sacrificio de Jósef y Wiktoria Ulma y de sus seis niños, un séptimo estaba aún en el seno materno, asesinados por las SS por haber dado refugio a algunos judíos. En 1995 los cónyuges Ulma fueron reconocidos «justos entre las naciones» y en 2003 en la diócesis de Przemyśl se inició el proceso para la causa de beatificación.

Fuente: L’Osservatore Romano

La lámpara que arde

La visita en silencio del Papa a Auschwitz y Birkenau, su encuentro emocionado con doce supervivientes al horror del exterminio, luego el encuentro con un grupo de «justos entre las naciones» que supieron oponerse a la iniquidad radical de la Shoah, por último la llama encendida en estos lugares que se han convertido en símbolo del mal: así, estos momentos sencillos permanecerán entre los signos más elocuentes del pontificado. Sin necesidad de palabras, o sólo aquellas antiquísimas del salmista que grita a Dios, pronunciadas en hebreo y en polaco ante el monumento que recuerda a las víctimas. Palabras, las del salmo, que rompen las tinieblas sordas del mal, atenuadas por el brillo de las candelas que el Pontífice depositó en estos lugares sobre los cuales pesa una angustia casi palpable.

Después del encuentro con Polonia, en el aniversario de su bautismo que cae en el Año santo de la misericordia, y antes de la participación conclusiva en la Jornada mundial de la juventud, la visita a Auschwitz y Birkenau se sitúa en el centro de este viaje papal. Aquí ya habían venido en 1979 y en 2006 sus dos inmediatos predecesores, hijos de los dos pueblos vinculados a la tragedia de la segunda guerra mundial, desencadenada y sufrida: «El Papa Juan Pablo II estaba aquí como hijo del pueblo que, juntamente con el pueblo judío, tuvo que sufrir más en este lugar y, en general, a lo largo de la guerra» dijo Benedicto XVI. «Yo estoy hoy aquí —añadió— como hijo del pueblo alemán, y precisamente por esto debo y puedo decir como él: No podía por menos de venir aquí. Debía venir. Era y es un deber ante la verdad y ante el derecho de todos los que han sufrido, un deber ante Dios».

Hoy Jorge Mario Bergoglio, el sucesor de Karol Wojtyła y de Joseph Ratzinger, los dos Papas europeos que han simbólicamente cerrado la época de la segunda guerra mundial, y, así, los años indeleblemente manchados por la Shoah, este Pontífice llamado «casi del fin del mundo» volvió en silencio dónde el mal se desplegó con toda su fuerza. Para implorar piedad del Señor y «perdón por tanta crueldad», como dejó escrito en Auschwitz después de rezar en el lugar donde murió Maximiliano Kolbe, el santo franciscano que a esta «tempestad devastadora» (esto significa precisamente el término Shoah) resistió ofreciendo su vida para salvar a un compañero de prisión condenado a muerte. Y después de haber estrechado las manos y besado el rostro de los doce supervivientes del exterminio en el momento más conmovedor de la visita, el Papa depositó ante el «muro de la muerte» una lámpara que arde. Para recordar y repetir al mundo que mal no prevalecerá.

Giovanni Maria Vian

Fuente: L’Osservatore Romano

Memoria y silencio

Durante largos minutos, en un silencio lleno de oración, el Papa Francisco se detuvo en el lugar símbolo de la enorme tragedia de la Shoah. En Auschwitz y en Birkenau, donde hace menos de setenta años tuvo lugar la locura del odio del hombre contra el hombre, el Pontífice rindió homenaje a las víctimas de «tanta crueldad», como escribió en el libro de honor firmado en el campo de exterminio, acompañando su oración con una invocación a la «piedad» y al «perdón» del Señor.

El Papa eligió el silencio para hacer memoria de lo que permanece como una de las heridas más lacerantes y profundas en la historia de la humanidad. Su visita al campo de concentración nazi en Polonia, que abrió la jornada del viernes 29 de julio, fue una peregrinación triste de oración y de dolor. Solo, con paso lento, Francisco atravesó el portón de ingreso, pasando bajo la inscripción tristemente famosa «Arbeit macht frei». Luego permaneció durante más de un cuarto de hora sentado en silencioso recogimiento ante los lugares de prisión de los deportados. Besó uno de los patíbulos construidos en el campo, saludó a algunos supervivientes, apoyó la mano sobre el muro de la muerte, se detuvo en la celda donde fue encerrado el padre Maximiliano Kolbe, el franciscano conventual proclamado santo en 1982 por Juan Pablo II. A continuación, en el cercano campo de Birkenau, pasó junto a las lápidas grabadas en las 23 lenguas usadas por los prisioneros, escuchó el canto del salmo 130 entonado en hebreo por un rabino y saludó a un grupo de «justos entre las naciones».

Gestos más fuertes que mil palabras, en un clima de recogimiento y emoción que hizo casi de contrapeso al clima de alegría de la fiesta de acogida de los jóvenes de la JMJ, que tuvo lugar el jueves por la tarde en la gran explanada de Błonia, en Cracovia. Alrededor del Pontífice se reunieron cientos de miles de jóvenes de todo el mundo, comprometidos a vivir la «aventura de la misericordia» a la cual Francisco los ha llamado, invitándolos a no rendirse y a no tirar «la toalla antes de iniciar el partido». El Papa hizo un llamamiento sobre todo a evitar la tentación del «quietismo» y a trabajar para «construir puentes y derribar muros, cercos y alambradas».