Violencia contra los inocentes

«Durante estas horas, una vez más, nuestro ánimo es sacudido por las tristes noticias relativas a los deplorables actos de terrorismo y violencia, que han causado dolor y muerte». En el ángelus de la mañana del domingo 24 de julio, el Papa Francisco rezó por las víctimas de los «dramáticos eventos», como él mismo definió los de Múnich en Alemania y los de Kabul en Afganistán, en los cuales «perdieron la vida numerosas personas inocentes». Manifestó su cercanía «a los familiares de las victimas y a los heridos», invitó a los fieles presentes en la plaza de San Pedro a unirse a su oración, «para que el Señor inspire a todos, propósitos de bien y fraternidad». Porque, explicó Francisco, «Cuanto más parecen insuperables las dificultades y oscuras las perspectivas de seguridad y de paz, más insistente debe ser nuestra oración».

Anteriormente, un telegrama en alemán firmado por el cardenal Pietro Parolín, secretario de Estado, dirigido al arzobispo de Múnich y Frisinga, el cardenal Reinhard Marx, el Pontífice había comunicado haber «recibido con consternación las noticias del terrible acto de violencia acaecido» en la ciudad bávara,«en la cual diversas personas, entre las cuales, sobre todo jóvenes, encontraron la muerte y muchas otras fueron gravemente heridas». Compartiendo el dolor de los supervivientes y expresándoles su cercanía en el sufrimiento, en el mensaje de pésame, el Papa ha encomendado «a los difuntos a la misericordia de Dios» y manifestado su «profunda participación en el dolor de todos aquellos que han sido atacados en este atentado», agradeciendo al mismo tiempo «a las fuerzas de socorro y del orden su esfuerzo atento y generoso».

Pero gracias a la inmediatez de las redes sociales, la tarde del sábado 23, el Papa ya había escrito en su cuenta de Instagram @Franciscus: «Rezo por todas las víctimas del terrorismo en el mundo, Por favor, – imploró – ¡no más terrorismo! ¡es un callejón sin salida!». En la imagen, las manos unidas del Pontífice en oración.

Pero del mundo llegan también señales de esperanza que hacen de contraposición al clima plomizo de estos días: la primera de todos es la alegría de los jóvenes de los cinco continentes que están empezando a llegar a Cracovia, sede de la XXXI Jornada Mundial de la Juventud.«Yo también – recordó al finalizar el ángelus dominical – partiré el próximo miércoles, para encontrar a estos chicos y chicas y celebrar con ellos y para ellos el Jubileo de la Misericordia, con la intercesión de san Juan Pablo II»

Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!

El Evangelio de este domingo (Lc 11,1-13) se abre con la escena de Jesús rezando solo, apartado; cuando termina, los discípulos le piden: «Señor, enséñanos a rezar» (v. 1); y él responde: «cuando recen, digan: «Padre…» (v. 2). Esta palabra es el «secreto» de la oración de Jesús, es la llave que él mismo nos da para que podamos entrar también en esa relación de diálogo confidencial con el Padre que le ha acompañado y sostenido toda su vida.

Al apelativo «Padre» Jesús asocia dos peticiones: «sea santificado tu nombre, venga a nosotros tu reino» (v. 2). La oración de Jesús y, por lo tanto, la oración cristiana, es antes que nada, un dejar sitio a Dios, permitiendo que manifieste su santidad en nosotros y haciendo que avance su reino, a partir de la posibilidad de ejercer su señoría de amor en nuestra vida.

Otras tres súplicas completan esta oración que Jesús nos enseña, el «Padre Nuestro». Son tres peticiones que expresan nuestras necesidades fundamentales: el pan, el perdón y la ayuda ante las tentaciones (cfr vv. 3-4). No se puede vivir sin pan, no se puede vivir sin perdón y no se puede vivir sin la ayuda de Dios ante las tentaciones. El pan que Jesús nos hace pedir es el necesario, no el superfluo; es el pan de los peregrinos, el justo, un pan que no se acumula y no se desperdicia, que no pes en nuestra marcha. El perdón es, ante todo, aquello que nosotros mismos recibimos de Dios: sólo la conciencia de ser pecadores perdonados por la infinita misericordia divina, puede hacernos capaces de cumplir gestos concretos de reconciliación fraterna. Si una persona no se siente pecador perdonado, nunca podrá cumplir un gesto de perdón o reconciliación. Se comienza desde el corazón donde uno se siente pecador perdonado. La última petición, «no nos dejes caer en la tentación», expresa la conciencia de nuestra condición, siempre expuesta a las insidias del mal y de la corrupción. Todos conocemos ¡qué es una tentación!.

La enseñanza de Jesús sobre la oración prosigue con dos parábolas, con las cuales toma como modelo la actitud de un amigo respecto a otro amigo y la de un padre hacia su hijo (cfr vv. 5-12). Amabas nos quieren enseñar a tener plena confianza en Dios, que es Padre. Él conoce mejor que nosotros mismos nuestras necesidades, pero quiere que se las presentemos audacia y con insistencia, porque este es nuestro modo de participar en su obra de salvación. ¡La oración es el primer y principal «instrumento de trabajo» que tenemos en nuestras manos!, insistir a Dios no sirve para convencerle, sino para reforzar nuestra fe y nuestra paciencia, es decir, nuestra capacidad de luchar junto a Dios por cosas realmente importantes y necesarias. En la oración somos dos: Dios y yo luchando juntos por las cosas importantes.

Entre estas, hay una, la gran cosa importante que Jesús dice hoy en el Evangelio,pero que casi nunca pedimos, y es el Espíritu Santo.«¡dame el Espíritu Santo!». Y Jesús lo dice:«Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (v. 13). ¡El Espíritu Santo!, debemos pedir que el Espíritu Santo venga a nosotros. Pero, ¿para qué sirve el Espíritu Santo? Sirve para vivir bien, para vivir con sabiduría y amor, cumpliendo la voluntad de Dios. ¡Qué bonita oración sería, esta semana, si cada uno de nosotros pidiese al Padre: «Padre, dame el Espíritu Santo»!.La Virgen nos lo demuestra con su existencia, toda ella animada por el Espíritu Santo.

Apelación

Durante estas horas, una vez más, nuestro ánimo es sacudido por las tristes noticias relativas a los deplorables actos de terrorismo y violencia, que han causado dolor y muerte. Pienso en los dramáticos eventos de Múnich, en Alemania y de Kabul en Afganistán, en los cuales han perdido la vida numerosas personas inocentes.

Manifiesto mi cercanía a los familiares de las victimas y heridos. Les invito a unirse a mi oración, para que el Señor inspire todos los propósitos de bien y fraternidad. Cuanto más parecen insuperables las dificultades y oscuras las perspectivas de seguridad y de paz, más insistente debe ser nuestra oración.

Después del ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

durante estos días, muchos jóvenes, provenientes de todas partes del mundo, se están encaminando hacia Cracovia, donde tendrá lugar la XXXI Jornada Mundial de la Juventud. Yo también partiré el próximo miércoles, para encontrar a estos chicos y chicas y celebrar con ellos y para ellos el Jubileo de la Misericordia, con la intercesión de san Juan Pablo II. Les pido que nos acompañen con la oración. Desde ahora mando mi saludo y agradecimiento a todos aquellos que están trabajando para acoger a los jóvenes peregrinos, con numerosos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos.

Un recuerdo especial para sus muchísimos coetáneos que, no pudiendo estar presentes en persona, seguirán el evento a través de los medios de comunicación. ¡Estaremos todos unidos en la oración!.

Y ahora les saludo a ustedes, queridos peregrinos provenientes de Italia y de otros países. En particular, a los provenientes de San Pablo y de São João de Boa Vista en Brasil; la coral «Giuseppe Denti» de Cremona; y a los participantes en la peregrinación en bicicleta desde Piumazzo a Roma, enriquecida por el compromiso de solidaridad. Saludo a los jóvenes de Valperga y Pertusio Canavese, Turín: para continúen intentando vivir y no fingiendo vivir, como han escrito en su camiseta.

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