La lámpara que arde

La visita en silencio del Papa a Auschwitz y Birkenau, su encuentro emocionado con doce supervivientes al horror del exterminio, luego el encuentro con un grupo de «justos entre las naciones» que supieron oponerse a la iniquidad radical de la Shoah, por último la llama encendida en estos lugares que se han convertido en símbolo del mal: así, estos momentos sencillos permanecerán entre los signos más elocuentes del pontificado. Sin necesidad de palabras, o sólo aquellas antiquísimas del salmista que grita a Dios, pronunciadas en hebreo y en polaco ante el monumento que recuerda a las víctimas. Palabras, las del salmo, que rompen las tinieblas sordas del mal, atenuadas por el brillo de las candelas que el Pontífice depositó en estos lugares sobre los cuales pesa una angustia casi palpable.

Después del encuentro con Polonia, en el aniversario de su bautismo que cae en el Año santo de la misericordia, y antes de la participación conclusiva en la Jornada mundial de la juventud, la visita a Auschwitz y Birkenau se sitúa en el centro de este viaje papal. Aquí ya habían venido en 1979 y en 2006 sus dos inmediatos predecesores, hijos de los dos pueblos vinculados a la tragedia de la segunda guerra mundial, desencadenada y sufrida: «El Papa Juan Pablo II estaba aquí como hijo del pueblo que, juntamente con el pueblo judío, tuvo que sufrir más en este lugar y, en general, a lo largo de la guerra» dijo Benedicto XVI. «Yo estoy hoy aquí —añadió— como hijo del pueblo alemán, y precisamente por esto debo y puedo decir como él: No podía por menos de venir aquí. Debía venir. Era y es un deber ante la verdad y ante el derecho de todos los que han sufrido, un deber ante Dios».

Hoy Jorge Mario Bergoglio, el sucesor de Karol Wojtyła y de Joseph Ratzinger, los dos Papas europeos que han simbólicamente cerrado la época de la segunda guerra mundial, y, así, los años indeleblemente manchados por la Shoah, este Pontífice llamado «casi del fin del mundo» volvió en silencio dónde el mal se desplegó con toda su fuerza. Para implorar piedad del Señor y «perdón por tanta crueldad», como dejó escrito en Auschwitz después de rezar en el lugar donde murió Maximiliano Kolbe, el santo franciscano que a esta «tempestad devastadora» (esto significa precisamente el término Shoah) resistió ofreciendo su vida para salvar a un compañero de prisión condenado a muerte. Y después de haber estrechado las manos y besado el rostro de los doce supervivientes del exterminio en el momento más conmovedor de la visita, el Papa depositó ante el «muro de la muerte» una lámpara que arde. Para recordar y repetir al mundo que mal no prevalecerá.

Giovanni Maria Vian

Fuente: L’Osservatore Romano

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