Pedagogía de la misericordia

«Dejarse misericordiar». Con una expresión típica de su lenguaje el Papa Francisco ha invitado a toda la Iglesia del continente americano a abrir de par en par el corazón a la misericordia de Dios, viviéndola como «una forma concreta de “tocar” la fragilidad, de vincularnos con los otros, de acercarnos entre nosotros». El llamamiento del Pontífice forma parte del contenido del vídeomensaje dirigido a los participantes en la celebración continental del jubileo extraordinario, que comenzó el sábado 27 de agosto en Bogotá, Colombia.

Francisco recuerda en particular que la misericordia no es una «teoría que esgrimir», sino más bien «una historia de pecado que recordar» y «un amor que alabar». De este modo ella «genera el movimiento que va del corazón a las manos, el movimiento de quien no tiene miedo a acercarse, que no tiene miedo a tocar, a acariciar; y esto sin escandalizarse ni condenar, sin descartar a nadie».

En el vídeomensaje el Papa denuncia las consecuencias de la «cultura fracturada» en la cual se vive hoy. Una cultura —destaca— que «va dejando por el camino rostros de ancianos, de niños, de minorías étnicas que son vistas como amenaza». Pero, asegura, «es precisamente a esta sociedad, a esta cultura adonde el Señor nos envía. Nos envía e impulsa a llevar el bálsamo de “su” presencia. Nos envía con un solo programa: tratarnos con misericordia. Hacernos prójimos de esos miles de indefensos que caminan en nuestra amada tierra americana».

La misericordia —recuerda el Pontífice— «se aprende, porque nuestro Padre nos sigue perdonando». Tratar con misericordia quiere decir, entonces, «aprender del Maestro a hacernos prójimos, sin miedo de aquellos que han sido descartados y que están “manchados” y marcados por el pecado». Por ello su deseo, expresado en un tuit en @Pontifex, de que «un impetuoso viento de santidad recorra el Jubileo extraordinario de la Misericordia en todas las Américas».

Fuente: L’Osservatore Romano

El día de luto

La presencia del presidente Mattarella en los funerales después de la visita a los lugares del desastre

El Papa Francisco «se hizo presente con la oración en esta jornada de luto nacional». Lo puso de relieve el cardenal secretario de Estado, Pietro Parolin, el día que tuvieron lugar los funerales por las víctimas de la región italiana de Las Marcas del devastador seísmo que azotó la zona central de Italia. Junto a los familiares se encontraba el jefe de Estado, Sergio Mattarella, los presidentes del Senado y de la Cámara, respectivamente Pietro Grasso y Laura Boldrini, y el presidente del Consejo de ministros, Matteo Renzi.

La bandera italiana y de Europa de los edificios públicos fueron izadas a media asta en todo el territorio italiano.

«Después del llanto y la solidaridad, es el momento de la esperanza y de la vida que derrota la muerte». Son palabras del obispo de Ascoli Piceno, monseñor Giovanni D’Ercole, quien recordó en la homilía que «el terremoto puede destruir todo pero no la fuente de la esperanza, para quien encuentra la fuerza de mirar hacia lo Alto». Han concelebrado el obispo de Rieti, monseñor Domenico Pompili, quien el martes próximo por la tarde —y no el miércoles como se había anunciado— presidirá la ceremonia religiosa por las víctimas en el Lacio, y el arzobispo de L’Aquila, Giuseppe Petrocchi, originario de la capital de la región de Las Marcas.

La ceremonia, durante la cual se recordaron los nombres de las víctimas, tuvo lugar en el gimnasio del centro deportivo de la capital de la región. En la sala se colocó el crucifijo recuperado de una de las iglesia, todas destruidas.

Fuente: L’Osservatore Romano

En oración por las víctimas del terremoto

El Papa Francisco ha rezado por las víctimas y por todos los que están sufriendo tras el terremoto que ha devastado el centro de Italia: su recuerdo lo expresó en las intenciones de oración durante la misa celebrada el jueves 25, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta. Quien dio a conocer esta cercanía especial en la oración ha sido, precisamente, una de las clarisas de Santa María de Vallegloria, presentes en la celebración: es una comunidad que fue duramente golpeada por un seísmo en 1997 y se vio obligada luego a vivir durante catorce años en un prefabricado.

La oración, por lo demás, es el punto central de la vida contemplativa de clausura. El Pontífice, en la homilía, ha relanzado el valor que tiene esta oración, dando a las clarisas tres palabras: el significado de la verdadera riqueza, la fuerza del testimonio coherente de vida y la esperanza. Un mandato espiritual que completa de este modo también la entrega de la constitución apostólicaVultum Dei quaerere, que tuvo lugar al final de la misa. La celebración estuvo animada, en especial, por los cantos de las religiosas, acompañados por el delicado sonido de un violín, un órgano y una flauta.

Partiendo del pasaje de la primera carta de san Pablo a los Corintios (1, 1-9), el Papa volvió a proponer la actualidad de las indicaciones del apóstol: «Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús, pues en él habéis sido enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento, en la medida en que se ha consolidado entre vosotros el testimonio de Cristo. Así, ya no os falta ningún don de gracia a los que esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo». Es precisamente de este pasaje de donde tomó «las tres palabras que serán útiles para vuestra vida y para la vida de todos» y que «se deben hacer realidad en nuestra vida».

La primera palabra, dijo Francisco, es «riqueza». Y «nosotros somos ricos» afirmó, incluso si tal vez «alguna de vosotras puede decir: pero nosotras hemos hecho voto de pobreza». En realidad, explicó el Papa, «somos ricos, como dice Pablo, de todos los dones del Señor». El problema, destacó, está «cuando nosotros buscamos otra riqueza, fuera de la riqueza de los dones del Señor». Cuando, en definitiva, se pierde de vista que «la verdadera riqueza de los consagrados son los dones del Señor», una riqueza, es decir, «que viene de la generosidad del Padre que nos da todo» por su Hijo.

Cuando «se busca la riqueza fuera de estos dones, se sigue un camino equivocado», puso en guardia Francisco. Y tal vez nos dejamos fascinar por las ciencias o la vanidad, por el orgullo y por otras actitudes negativas, también por el dinero. Es tan así que, afirmó el Papa, «una de las señales, y esto es matemático y se ve continuamente, de que una comunidad religiosa, una congregación religiosa, está en decadencia, es que comienza a apegarse al dinero». Se pierde la riqueza de los dones del Señor para orientarse hacia esa otra riqueza que se puede «manejar». En cambio «la riqueza de los dones es gratuita y llega cuando Él quiere».

Esta reflexión «nos conduce al testimonio», la segunda palabra sugerida por Francisco. «Vosotras sois religiosas de clausura y nadie os ve», dijo, pero las personas reconocen este testimonio: «Vosotras sembráis, con vuestra vida y con vuestra oración, la vida de Cristo en los demás». El testimonio es afirmar: «He elegido esto, no necesito otras cosas». Y este es «el testimonio de que Cristo está en vosotras». Por lo demás, añadió el Papa dirigiéndose a las religiosas, «vosotras no habéis huido del mundo por miedo, habéis sido llamadas y esa llamada debe seguir adelante según las reglas, según lo que la Iglesia os pide: este es vuestro testimonio». Así, dijo también, «la gente sabe que allí hay mujeres consagradas que oran, que sostienen a la Iglesia con las oraciones, y esto es un testimonio». Por ello no puede haber «consagradas a medias» y la regla no debe ser «mitad sí y mitad no», dando lugar a «cosas que no son las que quería el fundador o la fundadora: esto no es un testimonio».

La tercera palabra, continuó Francisco, es esperanza: «Vosotras sois mujeres de esperanza y sembráis esperanza porque vosotras esperáis al esposo como las diez vírgenes» de las que habla Jesús en el Evangelio. «Vosotras esperáis siempre —afirmó el Papa— y miráis que Él venga». Es verdad, reconoció, «a veces nos adormecemos, nos cansamos»; pero «en el Evangelio el Señor no reprende a las diez vírgenes que se adormecieron, reprende sólo a las cinco necias que no tenían aceite». A todos, en efecto, nos puede suceder que nos adormecemos y, confesó el Papa, «cuando vengo a rezar aveces me adormezco». Pero «lo importante es tener el aceite para la esperanza, la seguridad de que Él vendrá». Y así, explicó, reconocemos nuestros defectos, nuestros problemas, para vivirlos «con humildad y pedir perdón al Señor»; pero tratando siempre de que «no falte el aceite», es decir la esperanza «de encontrar al Señor, ese rostro maravilloso».

«Riqueza, testimonio, esperanza», o sea, siendo conscientes de que «las cosas contrarias son malas», como por ejemplo confiar «en las riquezas que no son las del Señor». Del mismo modo, insistió el Papa, es «feo el testimonio a medias, como el vino demasiado aguado». Es verdad, «todos tenemos pecados: pide perdón, confiésate, pues es también un testimonio reconocer los propios pecados, no los de otra hermana de comunidad o de la priora». Es siempre necesario un «testimonio de coherencia de vida y no juzgar a las demás hermanas, sino rezar por ellas».

«De esta esperanza viene la alegría de la vida consagrada» afirmó el Pontífice, y añadió: «Qué hermoso es ver a una religiosa alegre, con el rostro alegre y no con la cara triste, “al vinagre”». En efecto, «el Señor os ha llamado para la felicidad» y esto comporta un «rostro claro y grande». Estas tres palabras —riqueza de los dones, testimonio de la vida y esperanza de encontrar al Señor— en la carta de san Pablo «están situadas en un marco», que es la acción de gracias al Señor. Y es importante también la referencia a la comunión. Por lo tanto, afirmó el Papa, «el espíritu de dar siempre gracias al Señor y el espíritu de custodiar la comunión entre vosotras: este es el marco donde se da esa riqueza, ese testimonio y esa esperanza», siempre en la acción de gracias y en la alabanza a Dios.

«Pidamos al Señor —concluyó Francisco— que nos done en nuestra vida esta actitud de alabanza y de custodia de la comunidad, para poder ser personas ricas de dones que dan testimonio y están abiertas a la esperanza, con el rostro alegre».