Con verdad y profesionalidad respetando la persona

Amar la verdad, profesionalidad, respetar la dignidad de la persona: son las tres actitudes que deben caracterizar el trabajo del periodista, llamado a la «gran responsabilidad» de escribir cada día «el primer borrador de la historia, construyendo la agenda de las noticias e introduciendo a las personas en la interpretación de los hechos».

Así el Papa Francisco ha trazado el perfil de los agentes de la comunicación durante la audiencia a los miembros del consejo nacional del Orden de los periodistas italiano, a quienes recibió el jueves 22 de septiembre, por la mañana, en la sala Clementina. Pocas profesiones como esta —dijo el Pontífice— «tienen tanta influencia en la sociedad». Sin embargo, advirtió, «el periodismo no se puede convertir en un “arma de destrucción” de personas o incluso de pueblos», ni «debe alimentar el miedo ante los cambios o fenómenos como las migraciones forzadas por la guerra o el hambre».

Es prioritario para el periodista afirmar la verdad y, sobre todo, vivirla y «testimoniarla con el propio trabajo». Se trata de una misión «difícil pero necesaria», dijo Francisco, a la vez que recomendó «no decir o escribir nunca algo que, en conciencia, no sea verdad».

Del mismo modo, según el Papa es necesario salvaguardar la profesionalidad, estando atentos del peligro de someterla «a las lógicas de los intereses particulares, sean ellos económicos o políticos».

Es necesario, por último, nunca perder el respeto por la dignidad humana y por «la vida de las personas» protagonistas de un hecho. «Cierto —reconoció el Pontífice— la crítica es legítima, y diré algo más, necesaria, así como la denuncia del mal, pero se debe hacer siempre respetando al otro».

Francisco también alentó a avanzar con los tiempos ante los cambios en el mundo de los medios de comunicación, para favorecer ese proceso de renovación que —destacó el Papa— «también la Santa Sede ha vivido y está viviendo».

Fuente: L’Osservatore Romano

Una luz en la oscuridad nazi

«También hoy, como en los tiempos del padre Engelmar Unzeitig, la Iglesia de Cristo es discriminada, perseguida, humillada y aniquilada. Y esto también en nuestra Europa, que a menudo olvida su patrimonio de civilización cristiana». Lo dijo el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las causas de los santos, en el mensaje para la beatificación del religioso alemán que pertenece a los Misioneros de Marianhill, fallecido en 1945 en el campo de concentración de Dachau con tan solo 34 años. El purpurado ha presidido el rito en representación del Papa Francisco el sábado 24 de septiembre en Würzburg, Baviera.

«Padre Unzeitig es una luz de auténtica humanidad en la oscura noche de la dominación nazi» afirmó el cardenal Amato. «Él muestra que nadie puede extirpar totalmente la bondad del corazón del hombre» y «su martirio nos entrega un triple mensaje de fe, de caridad y de fortaleza». Precisamente la fe, explicó el purpurado, «era para él el bien supremo y el tesoro más precioso: fe sencilla y fuerte, jamás mellada o consumida por la duda, la injusticia, la persecución». Y así vivió «su “status” de prisionero humillado y oprimido siempre unido a Dios, en la oración, en la alegría y en la disponibilidad constante para amar, ayudar y consolar al prójimo». Así, «santa misa, adoración eucarística y rezo del rosario marcaban el ritmo de los tiempos libres de su fatigosa jornada». Y «estaba firmemente persuadido de que al final el reino de Dios, reino de verdad, de amor y de paz, habría derrotado el reino del hombre, hecho de odio, atropello y muerte».

El beato Engelmar, destacó el cardenal, «amando a Dios con un amor sin límite, era misericordioso y caritativo con quienes sufrían por las privaciones y las humillaciones de la prisión». Y «para llevar consuelo a los prisionero rusos tradujo gran parte del Nuevo Testamento en su lengua». Pero «su supremo gesto de amor fue el ofrecimiento voluntario para asistir y cuidar a los enfermos de tifus en Dachau».

Fuente: L’Osservatore Romano

El desafío de la acogida

Comprensión y apertura, pero al mismo tiempo capacidad de adaptarse a los cambios: con estos sentimientos los europeos están llamados a afrontar el desafío de la acogida de los inmigrantes y refugiados.

Lo dijo el obispo Joseph Kalathiparambil, secretario del Consejo pontificio para la pastoral de los inmigrantes e itinerantes, al intervenir los días pasados en el encuentro sobre la urgencia y la actualidad de las obras de misericordia, organizado en Sarajevo por la comisión «Caritas in veritate» del Consejo de las Conferencias episcopales de Europa (Ccee), con la colaboración de los obispos de Bosnia y Herzegovina. Al respecto, el prelado procedente de la India ha destacado también que ante tal fenómeno es necesario sentirse responsables, recordar el pasado, defender los derechos de los inmigrantes y de los refugiados, rezar por ellos.

Después de contemplar cada obra de misericordia corporal con la ayuda de los organismos que trabajan de forma directa en esos ámbitos, los participantes en el encuentro en la capital bosnia se centraron en las «nuevas obras de misericordia»: las vinculadas a las urgencias que afligen hoy a Europa y que se refieren precisamente a las migraciones, la dignidad del trabajo y el mundo de la política. El prelado, en particular, puso se relieve que el fenómeno migratorio hoy, respecto al pasado, impresiona tanto por el número de personas que abarca como por las zonas geográficas que afecta. No es una realidad nueva —explicó—, pero actualmente representa un gran desafío, especialmente si se combina con diversos factores que tienden a agravar los efectos, como la crisis económica y el terrorismo.

Fuente: L’Osservatore Romano