Como un rayo de sol

Entre las poblaciones afectadas por el terremoto de la zona del centro de Italia está aún vivo el recuerdo de la visita realizada por el Pontífice el pasado 4 de octubre. Desde la escuela de Arquata del Tronto, que funciona en la tensoestructura ubicada en el campo de deportes de la zona de Borgo, los maestros han enviado a nuestro periódico un testimonio sobre ese día tan especial para ellos, acompañado por algunos dibujos a través de los cuales los niños han querido expresar su agradecimiento al Papa Francisco.

¡Sorpresa! Tal vez venga el Papa, ¡pero sin ninguna certeza! ¡Qué bonito si viniese precisamente para la fiesta de san Francisco! Y el 4 de octubre por la mañana comenzaron a difundirse noticias ciertas de que el Papa llegaría a Amatrice. Entre la incredulidad de todos nosotros comenzó la gran espera, pero teníamos que organizarnos, los niños no podían ir a sus casas y, así, avisar a las familias…

Poco después estaban todos. La extraordinaria noticia se había inevitablemente difundido entre la población.

¡Es él! Hacia las 14 parece algo raro verle asomarse desde el fondo de la calle de la tensoestructura. Sensaciones que ninguno de nosotros logra definir. Un apretón de mano, caricias para los niños, alguno llora, otro lo abraza, otro le confiesa su situación… pero somos realmente muchos, no todos pueden acercarse y él parece cansado, aunque se lo ve tranquilo y siempre sonriente.

Los niños de Arquata del Tronto regalaron al Pontífice un cuadro que lo representa con el rostro «dulce pero triste» mientras mira los escombros del pueblo…

«Ninguna noche es tan larga como para impedir que resurja nuestro sol»: así han pensado escribir nuestros alumnos de las escuelas afectadas por el terremoto al pie del retrato que luego regalaron al Papa Bergoglio.

«…y deciros que os llevo en el corazón y que conozco, conozco vuestro sufrimiento y vuestras angustias; sé también de vuestros muertos y estoy con vosotros, por ello he querido estar hoy aquí. Ahora recemos al Señor para que os bendiga y recemos por vuestros seres queridos que permanecieron allí y se han marchado al cielo. Ánimo, siempre adelante, siempre adelante. Los tiempos cambiarán y se podrá seguir adelante. Cuenten con mi cercanía, estoy con vosotros».

Se marchó, ¡la sorpresa se hizo realidad!

Pero si hubiésemos podido, ¿qué le habríamos dicho al Papa Francisco? ¡Esperanza! Sí, la esperanza de volver pronto a la normalidad, que nadie olvide. Esto es lo que piden todos: una esperanza compartida por los pequeños y por los más grandes, por quien lo ha perdido todo, sobre todo las personas más queridas.

Por ello renovamos a él nuestra oración: «Santidad dales a ellos la fuerza de resurgir y esperar en el mañana».

La harina y la levadura

Es «docilidad» la palabra clave de la reflexión del Papa Francisco durante la misa celebrada el martes 25 de octubre en casa Santa Marta. Debe ser esta, efectivamente, la característica principal no sólo del «camino» de cada cristiano, sino además del camino más amplio que caracteriza el reino de Dios.

El Pontífice, para continuar su meditación, hizo sobre todo una breve mención de la liturgia del día anterior: «ayer hemos repetido, y también rezado: “feliz el hombre que camina en la ley del Señor». Es necesario, dijo, «caminar en la ley» y «no, mirarla; no sólo estudiarla». La ley, efectivamente, «es para la vida, está para ayudar a hacer el reino, a hacer la vida».

Aquí comenzó la profundización que caracterizó la homilía del martes. Tomó como referencia el pasaje del Evangelio de Lucas (13, 18-21) en el cual, a través de las similitudes con el grano de mostaza y de la levadura, «el Señor nos dice que también el reino también el reino es en camino».

Pero «¿Qué es el reino de Dios?» Alguien, supuso el Papa, podría pensar que sea «una estructura bien hecha», con «todo en orden» y «organigramas bien hechos», y que aquello que no entre en esta organización no pertenezca al reino de Dios. Pero pensar de esa manera significaría caer en el mismo error en el cual se puede caer respecto a la ley: «la “fijeza”, la rigidez».

Sin embargo, explicó Francisco utilizando un insólito cuanto eficaz verbo transitivo, «la ley está para caminarla».E incluso «el reino de Dios está en camino». Y no sólo el reino «no está parado», es más, «el reino de Dios “se hace” todos los días».

Para aclarar este concepto, dijo el Pontífice, «Jesús habla de dos cosas de la vida cotidiana: la levadura no se mantiene levadura, porque al final se estropea; se mezcla con la harina, está en camino y hace el pan»; y de la misma manera «la semilla no permanece semilla: muere y da vida al árbol». Entonces: «la levadura y la semilla están en camino para “hacer” algo». Y también «el reino es así». El Papa quiso reiterar el concepto: «Levadura y semilla mueren. La levadura ya no es levadura: se mezcla con la harina y se convierte en pan para todos, comida para todos. La semilla ya no será semilla: será árbol y se convierte en casa para todos, para los pájaros…».

No se trata, explicó Francisco, de «un problema de pequeñez», por el cual se puede pensar: «es pequeño, es poca cosa, o algo grande». Es, más bien, «un problema de camino», y precisamente en el camino «sucede la transformación».

Haciendo referencia de nuevo a la homilía del día precedente – en la cual había sido puesto de relieve «la actitud del que veía la ley que no camina, que era fija», y se entendía que «la fijeza, era una actitud de rigidez»– el Pontífice entonces pasó al nivel del compromiso y del esfuerzo personal de cada cristiano: «¿Cuál es la actitud que el Señor pretende de nosotros, para que el reino de Dios crezca y sea pan para todos y casa, también, para todos?». La respuesta está clara: «la docilidad». Efectivamente, añadió, «el reino de Dios, crece con la docilidad ante la fuerza del Espíritu Santo».

Francisco retomó en este sentido la simbología propuesta por el párrafo evangélico: «la harina deja de ser harina y se convierte en pan, porque es dócil a la fuerza de la levadura»; y aún más: «la levadura se deja amasar con la harina». Y aunque «la harina no tiene sentimientos», se puede pensar que en ese «dejarse amasar» se dé «algún sufrimiento», así como, después, en el «dejarse cocinar».

La misma dinámica, dijo el Papa, se encuentra también respecto al reino de dios que «crece así, y después, al final ,es comida para todos». Así como «la harina es dócil con la levadura» y «crece», lo mismo ocurre en el reino de Dios: «El hombre y la mujer dóciles ante el Espíritu Santo crecen y son don para todos. También la semilla es dócil para ser fecunda, y pierde su entidad de semilla y se convierte en otra cosa, mucho más grande: se transforma».

Por este motivo el reino de Dios «es como la ley: en camino». «Está en camino hacia la esperanza, está en camino hacia la plenitud» y, sobre todo, «se hace todos los días, con la docilidad ante el Espíritu Santo, que es el que une nuestra pequeña levadura o la pequeña semilla a la fuerza, y los transforma para crecer».

Llegados a este punto el Pontífice delineó otro vínculo con la reflexión del día anterior, cuando había hablado de la relación con la ley: «no caminar la ley –dijo– nos hace rígidos y la rigidez nos hace huérfanos, sin Padre». Porque quien es rígido «solamente tiene dueños, no un padre». Así el reino de Dios, que se realiza caminando, «es como una madre que crece fecunda», y « se entrega a sí misma para que los hijos tengan nutrimento y casa, según el ejemplo del Señor».

Por ello, concluyó Francisco, debemos «pedir la gracia de la docilidad al Espíritu Santo». Efectivamente, muy a menudo «somos dóciles ante nuestros caprichos, ante nuestros juicios» y pensamos: «Yo hago lo que quiero». Pero «así no crece el Reino» y «no crecemos nosotros». Será en cambio «la docilidad ante el espíritu Santo la que nos hará crecer y transformar como la levadura y la semilla».

Fuente: L’Osservatore Romano

Una pequeña historia

Solidaridad con las mujeres y los menores víctimas de la trata y tirados desnudos por las calles

«Una pequeña historia, de ciudad», cuyos protagonistas son una mujer, un taxista y un refugiado descalzo, fue narrada por el Papa Francisco en la audiencia general del miércoles 26 de octubre en la plaza de San Pedro.

Continuando con las catequesis sobre las obras de misericordia, el Pontífice se detuvo en particular en «el acoger al extranjero y vestir a quien está desnudo» y a propósito narró un suceso sobre un refugiado sin zapatos que deseaba ir a San Pedro para pasar por la Puerta Santa, sobre la mujer apiadada por sus condiciones que decide pagarle un taxi y sobre el taxista que casi no quería que saliera. Un episodio con final feliz, visto que –explicó el Papa– durante el trayecto el migrante contó «su historia de dolor, de guerra, de hambre». Y así, prosiguió Francisco, cuando llegaron, y la mujer iba a pagar al taxista, este, «que al principio no quería que este migrante subiese porque olía mal», no quiso cobrar el importe del viaje por parte de la mujer: «No, señora, soy yo el que debe pagarle a usted porque me ha hecho escuchar una historia que me ha cambiado el corazón». Y la enseñanza que el Papa dedujo fue que «cuando nosotros hacemos algo parecido, al principio nos negamos porque nos produce algo de incomodidad, “pero si…huele mal…”». Pero «al final, la historia nos perfuma el alma y nos hace cambiar».

Por lo demás, el Papa hizo notar que, «en nuestros tiempos» la obra de misericordia que «concierne a los forasteros es más actual que nunca. La crisis económica, los conflictos armados y los cambios climáticos empujan a muchas personas a emigrar». Sin embargo, subrayó «las migraciones no son un fenómeno nuevo, sino que pertenecen a la historia de la humanidad». Por eso «es una falta de memoria histórica –fue su denuncia– pensar que sólo sean algo típico de estos años». El Papa hizo notar cómo «A lo largo de los siglos hemos sido testigos, al respecto, de grandes manifestaciones de solidaridad, aunque no han faltado tensiones sociales». Y también «hoy, el contexto de la crisis económica favorece, desgraciadamente, la aparición de actitudes de cerrazón y de no acogida», hasta tal punto que «En algunas partes del mundo surgen muros y barreras» mientras que «la obra silenciosa de muchos hombres y mujeres que se prodigan para ayudar y atender a los refugiados y a los migrantes» termina por ser «eclipsada por el ruido de otros que dan voz a un egoísmo instintivo. Pero –advirtió– la cerrazón no es una solución, es más, termina por favorecer los tráficos criminales. La única vía de solución es la de la solidaridad». Y recordó «la estupenda figura de Santa Francisca Cabrini, que dedicó su vida a los migrantes».

Respecto a la segunda obra «vestir a quien está desnudo», el Papa observó que ante todo significa «devolver la dignidad a quien la ha perdido» sea «dando vestidos a quien no tiene», sea pensando en las mujeres víctimas de la trata, tiradas por las calles, o en otras, demasiadas maneras de usar el cuerpo humano como mercancía, incluso de menores». Así como son «formas de desnudez también no tener un trabajo, una casa, un salario justo o ser discriminados por la raza, por la fe».

Fuente: L’Osservatore Romano