Una pequeña historia

Solidaridad con las mujeres y los menores víctimas de la trata y tirados desnudos por las calles

«Una pequeña historia, de ciudad», cuyos protagonistas son una mujer, un taxista y un refugiado descalzo, fue narrada por el Papa Francisco en la audiencia general del miércoles 26 de octubre en la plaza de San Pedro.

Continuando con las catequesis sobre las obras de misericordia, el Pontífice se detuvo en particular en «el acoger al extranjero y vestir a quien está desnudo» y a propósito narró un suceso sobre un refugiado sin zapatos que deseaba ir a San Pedro para pasar por la Puerta Santa, sobre la mujer apiadada por sus condiciones que decide pagarle un taxi y sobre el taxista que casi no quería que saliera. Un episodio con final feliz, visto que –explicó el Papa– durante el trayecto el migrante contó «su historia de dolor, de guerra, de hambre». Y así, prosiguió Francisco, cuando llegaron, y la mujer iba a pagar al taxista, este, «que al principio no quería que este migrante subiese porque olía mal», no quiso cobrar el importe del viaje por parte de la mujer: «No, señora, soy yo el que debe pagarle a usted porque me ha hecho escuchar una historia que me ha cambiado el corazón». Y la enseñanza que el Papa dedujo fue que «cuando nosotros hacemos algo parecido, al principio nos negamos porque nos produce algo de incomodidad, “pero si…huele mal…”». Pero «al final, la historia nos perfuma el alma y nos hace cambiar».

Por lo demás, el Papa hizo notar que, «en nuestros tiempos» la obra de misericordia que «concierne a los forasteros es más actual que nunca. La crisis económica, los conflictos armados y los cambios climáticos empujan a muchas personas a emigrar». Sin embargo, subrayó «las migraciones no son un fenómeno nuevo, sino que pertenecen a la historia de la humanidad». Por eso «es una falta de memoria histórica –fue su denuncia– pensar que sólo sean algo típico de estos años». El Papa hizo notar cómo «A lo largo de los siglos hemos sido testigos, al respecto, de grandes manifestaciones de solidaridad, aunque no han faltado tensiones sociales». Y también «hoy, el contexto de la crisis económica favorece, desgraciadamente, la aparición de actitudes de cerrazón y de no acogida», hasta tal punto que «En algunas partes del mundo surgen muros y barreras» mientras que «la obra silenciosa de muchos hombres y mujeres que se prodigan para ayudar y atender a los refugiados y a los migrantes» termina por ser «eclipsada por el ruido de otros que dan voz a un egoísmo instintivo. Pero –advirtió– la cerrazón no es una solución, es más, termina por favorecer los tráficos criminales. La única vía de solución es la de la solidaridad». Y recordó «la estupenda figura de Santa Francisca Cabrini, que dedicó su vida a los migrantes».

Respecto a la segunda obra «vestir a quien está desnudo», el Papa observó que ante todo significa «devolver la dignidad a quien la ha perdido» sea «dando vestidos a quien no tiene», sea pensando en las mujeres víctimas de la trata, tiradas por las calles, o en otras, demasiadas maneras de usar el cuerpo humano como mercancía, incluso de menores». Así como son «formas de desnudez también no tener un trabajo, una casa, un salario justo o ser discriminados por la raza, por la fe».

Fuente: L’Osservatore Romano

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