Cuestión de miradas

«Salir, ver, llamar»: en estos tres verbos se funda «el dinamismo de toda pastoral vocacional». Lo recordó el Papa Francisco en el discurso que dirigió a los participantes en el congreso internacional promovido por la Congregación para el clero, durante la audiencia que tuvo lugar el viernes 21 de octubre, por la mañana, en la sala del Consistorio.

Refiriéndose a su lema Miserando atque eligendo —elegido también como tema del encuentro— Francisco hizo mención a la experiencia personal de la llamada recibida en su juventud. Y contó que la misma «no tiene lugar después de una conferencia o por una bella teoría, sino por haber experimentado la mirada misericordiosa de Jesús en mí». Es por ello que la pastoral vocacional debe traducirse, en esencia, en «aprender el estilo de Jesús, que pasa por los sitios de la vida cotidiana, se detiene sin prisa y, mirando a los hermanos con misericordia, los conduce al encuentro con Dios Padre».

De aquí se derivan algunas exigencias que interpelan directamente a la Iglesia, llamada a ponerse «en movimiento» para «ampliar sus propios espacios, midiéndolos no a partir de los cálculos humanos o del miedo a equivocarse, sino a partir de la medida amplia del corazón misericordioso de Dios». El Papa se dirigió en especial a los sacerdotes: «es triste —constató— cuando un sacerdote vive sólo para sí mismo, cerrándose en la fortaleza segura de la casa parroquial, de la sacristía o del grupo reducido los fieles más cercanos». Lo mismo se puede decir de «pastores y agentes pastorales atrapados por la prisa, excesivamente preocupados por las cosas que hay que hacer, que corren el riesgo de caer en un vacío activismo organizativo, sin lograr detenerse para mantener un encuentro con las personas». También por esto el Pontífice pidió «vigilancia y prudencia» a los obispos en la formación y en la elección de «sacerdotes maduros y equilibrados, de pastores intrépidos y generosos, capaces de vivir la cercanía, la escucha y la misericordia».

Fuente: L’Osservatore Romano

Crisis humanitaria en Jordania

Se hace cada día más explosiva la situación en Jordania y en sus superpoblados campos de refugiados. Lanzan la alarma los responsables de Cáritas local, activa en el lugar con casi dos mil voluntarios, quienes recuerdan que en el país encuentran actualmente acogida 2.700.000 refugiados.

Una multitud que sitúa a Jordania en el primer lugar de la clasificación de las naciones que acogen el mayor número de refugiados y desplazados, seguida por Turquía (2,5 millones), Pakistán (1,6 millones) y Líbano (1,5 millones). Según los datos facilitados por «Amnesty international», la mitad de toda la masa de refugiados es acogida sólo por 10 países. «Estos datos —ha declarado a la agencia Fides Wael Suleiman, director general de «Caritas Jordan»—, en definitiva, expresan una cifra menor respecto a la realidad, e impresionan también porque documentan que las naciones más ricas y avanzadas acogen un número exiguo de refugiados, aunque ahora en esos países muchos Gobiernos son guiados o incluso condicionados por fuerzas que ganan poder precisamente explotando y fomentando el miedo y el rechazo de los inmigrantes».

De aquí también un llamamiento a la comunidad internacional para que se haga valientemente cargo de la situación que afecta sobre todo a la población que huye de Siria. «Jordania —afirma Suleiman— está abierta a todos, somos conscientes que desarrollamos una misión humanitaria importante, y queremos continuar. En el último período han sido regularizados como trabajadores 200.000 refugiados sirios. Los refugiados e inmigrantes ya representan el 40 por ciento de la población. Muchos jordanos ahora son más pobres que muchos inmigrantes. Si la comunidad internacional no toma nota de la situación explosiva y no interviene para sostener este esfuerzo realizado por todo el país, llegará el momento en el cual también aquí se cerrarán las puertas de entrada y se pensará en repatriar a quien había huido».

Fuente: L’Osservatore Romano

Tres gracias

«Reconocer la desolación espiritual, rezar cuando habremos sido sometidos a este estado de desolación espiritual y saber acompañar a las personas que sufren duros momentos de tristeza y de desolación espiritual». Son las tres gracias que hay que pedir al Señor que el Papa Francisco señaló comentando las lecturas del martes 27 de septiembre, durante la misa matinal en Santa Marta.

Ofreciendo la celebración del día, fiesta litúrgica de san Vicente de Paúl, a las monjas de la comunidad de la Casa -que por el santo francés «fueron fundadas» y cuya «vida sigue el camino señalado por él: hacer la caridad»- el Papa centró su propia reflexión, sobre todo, en la primera lectura del libro de Job (3, 1-3.11-17.20-23). Este último «tenía problemas» porque «había perdido todo. Todos sus bienes, e incluso a sus hijos. Y después se había puesto enfermo de una enfermedad que parecía la lepra: agresiva, lleno de plagas». En fín «su sufrimiento era tal» que «en un momento determinado, abrió la boca y maldijo su día, lo que le ocurría», diciendo: «¡Perezca el día en que nací y la noche que dijo: “¡Un varón ha sido concebido!”. Todo esto hubiera sido mejor que no hubiera sido, que no hubiera ocurrido. Mejor la muerte que vivir así».

Sin embargo, observó el Pontífice, «la Biblia dice que Job era justo, era santo». Y un santo generalmente no «puede hacer estas cosas». Efectivamente, puntualizó el Papa, Job «no maldijo a Dios. Solamente se desahogó y esto era un desahogo: el desahogo de un hijo ante el Padre». Un poco como hizo el profeta Jeremías, según lo narrado en el capítulo 20 de su libro en el Antiguo Testamento: «Comienza con una cosa muy bonita -hizo notar Francisco- y dice al Señor: “Yo he sido seducido por tí, Señor”»; pero inmediatamente después, como Job, también Jeremías dice: «Maldito el día en el que he sido concebido». Y aún así «estos dos casos no son blasfemias: son desahogos». En ambos «se desahogan ante Dios así», porque «los dos se encontraban sumidos en una gran desolación espiritual».

A propósito de lo anterior, el Pontífice subrayó cómo la desolación espiritual sea «una cosa que ocurre a todos: puede ser más fuerte, más débil… pero, ese estado oscuro del alma, sin esperanza, desconfiado, sin ganas de vivir, sin ver el final del túnel, con muchas inquietudes en el corazón y también en las ideas», lo vive cada mujer y cada hombre. «La desolación espiritual —explicó— nos hace sentir como si tuviéramos el alma aplanada», que «no quiere vivir: “¡la muerte es mejor!” es el desahogo de Job; mejor morir que vivir así».

Pero, dijo el Papa, «cuando nuestro espíritu se encuentra en este estado de tristeza prolongada, en el que casi no se respira, debemos entender» que eso «sucede a todos»: de modo más o menos acentuado, pero ocurre a todos. Esta es la invitación a «entender que sucede en nuestro corazón», a preguntarse «qué se debe hacer cuando vivimos estos momentos oscuros, a causa de una tragedia familiar, una enfermedad, cualquier cosa que te deja por los suelos». Ciertamente, aclaró, no es el caso de «tomar una pastilla para dormir y alejarse de los hechos, o tomar, uno, dos, tres, cuatro copitas» para olvidar, porque «esto no ayuda». En cambio, «la liturgia de hoy nos hace ver cómo» hay que comportarse «con esta desolación espiritual, cuando estamos apáticos, alicaídos, sin esperanza».

Una ayuda llega del salmo responsorial: «Llegue hasta ti mi súplica, Señor». Por lo tanto, lo primero que hay que hacer es rezar. «Oración fuerte, fuerte, fuerte», ha repetido Francisco, evidenciando cómo el «salmo 87 que hemos recitado juntos», enseñe «cómo se reza, como rezar en el momento de la desolación espiritual, de la oscuridad interior, cuando las cosas no van bien y la tristeza entra fuertemente en el corazón. “Yaveh, Dios de mi salvación, ante ti estoy clamando día y noche”: las palabras son fuertes. Es lo que dijo Job: “Grito día y noche. Por favor escucha mi súplica”». En definitiva, «es una oración» que consiste en el «llamar a la puerta, pero con fuerza: “Señor, estoy colmo de desventuras. Mi vida está al borde del abismo. Ya me cuentan con los que bajan a la fosa, soy como uno hombre acabado”».

En la vida, observó el Papa «cuántas veces nos sentimos así, sin fuerzas». Pero «el Señor mismo nos enseña cómo rezar en estos malos momentos: “Señor, me has echado en lo profundo de la fosa, en las tinieblas, en los abismos; sobre mí pesa tu furor, llegue hasta ti mi oración”. Esta es la oración: así debemos rezar en los peores momentos, los más oscuros, de más desolación, más oprimidos, que nos oprimen», exhortó Francisco. Porque «esto es rezar con autenticidad» y, en cieta manera, es necesario «desahogarse también como se desahogó Job con los hijos. Como un hijo».

Después de indicar el comportamiento individual que hay que tener en los momentos de desolación espiritual, el Pontífice se detuvo después en cómo acompañar a quien se encuentra en tales situaciones. El pasaje bíblico, en efecto, continúa con la narración de los amigos que fueron a buscar a Job y «permanecieron en silencio, mucho tiempo». En efecto, explicó el Papa, «ante una persona que se encuentra en esta situación, las palabras pueden hacer daño. Sólamente, tocarlo, estar cerca», de manera que «sienta la cercanía, y responder a lo que él pregunta; pero no hacer discursos».

En cambio, en el caso de Job «se ve que los amigos después de un cierto tiempo se aburrieron del silencio» y empezaron «a hacer discursos, a decir estupideces». Mientras que «cuando una persona sufre, cuando una persona se encuentra en un estado de desolación espiritual, se debe hablar lo menos posible y se debe ayudar con el silencio, la cercanía, las caricias, su oración ante el Padre».

De aquí la actualidad de las lecturas litúrgicas. Sobre cuya base Francisco expresó el deseo de que «el Señor nos ayude: primero a reconocer en nosotros los momentos de la desolación espiritual, cuando nos encontramos en la oscuridad, sin esperanza, y a preguntarnos por qué; segundo, a rezar como hoy nos enseña la liturgia con este salmo 87 en el momento de la oscuridad —“llegue hasta ti mi oración, Señor”». Y tercero, «cuando me acerco a una persona que sufre», sea por una enfermedad sea por cualquier otra circunstancia, «pero que se encuentra sumido en la desolación: silencio». Un silencio, concluyó, «con mucho amor, cercanía, caricias. Y no hacer discursos que al final no ayudan y, además, hacen daño».

Fuente: L’Osservatore Romano