Qué sueña un pobre

Los pobres enseñan al mundo la solidaridad y recuerdan que no es necesario perder jamás la capacidad de soñar. Lo dijo el Papa Francisco dirigiéndose a los miles de personas socialmente excluidas que el viernes por la mañana, 11 de noviembre, participaron en la peregrinación jubilar en el Aula Pablo VI. Promovido por la asociación francesa Hermano, el encuentro estuvo marcado por los testimonios de dos pobres, que ofrecieron al Pontífice la ocasión para una reflexión – pronunciada espontáneamente– nacida a partir de dos palabras clave: la pasión y el sueño.

Para Francisco, cuando las personas no consiguen apasionarse se vuelven interiormente más miserables. Por esta razón invitó a no dejar de soñar y a cultivar siempre el deseo de que el mundo pueda cambiar. Por lo demás, recordó el Papa, la pobreza se sitúa en el corazón del Evangelio. Y sólo quien es consciente de no tener mucho, puede continuar mirando a lo alto y soñar.

A las personas excluidas el Pontífice deseó que fueran hombres y mujeres con pasión y sueños, pidiéndoles que enseñasen a todos a soñar a partir del mensaje evangélico. Es ahí donde está encerrada la dignidad de todo ser humano, en particular de quien está obligado a vivir en la indigencia: se puede ser pobres, afirmó Francisco, pero nunca explotados o esclavos, porque esto significaría perder la dignidad.

En la escuela de los marginados también se aprende la solidaridad, es decir –explicó el Papa– la fuerza de tender la mano a quien vive en una situación de dificultad más grande. Una actitud que da alegría interior y paz. Esa paz que, según el Pontífice, hoy está amenazada a nivel planetario por la guerra, la pobreza más grande que sufre el mundo. No por casualidad, las raíces de los conflictos son siempre un deseo de conquista, de expansión, de enriquecimiento. Por eso es necesario que cada religión se haga artífice y mensajera de paz. Francisco lo reiteró con fuerza antes de concluir el encuentro, pidiendo perdón a los pobres por todas las veces que los cristianos han preferido volver la cara ante la situación de pobreza.

Fuente: L’Osservatore Romano

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