Una cadena para romper

Una fuerte denuncia de la unión entre el tráfico de estupefacientes, mafia y reciclaje de dinero sucio, unida al deseo de iniciativas de prevención y rehabilitación por las víctimas de la toxicodependencia, estuvo en el centro del discurso que el Papa Francisco dirigió el jueves por la mañana, 24 de noviembre, a los participantes de un encuentro sobre «Narcóticos: problemas y soluciones de esta plaga mundial», promovido por la Pontificia Academia de las Ciencias. En la sede de la Casina Pío IV, el Papa se dirigió a los presentes en español, subrayando cómo la droga es una «nueva forma de esclavitud».

Analizando las causas, el Papa enumeró entre otras «la ausencia de familia, la presión social, la propaganda de los traficantes». Y recordó que «cada persona dependiente trae consigo una historia personal distinta, que debe ser escuchada, comprendida, amada y, en cuanto posible, sanada y purificada».

Deteniéndose por tanto en los aspectos sociales de este flagelo, el Papa exhortó a «conocer las redes que posibilitan la muerte de una persona», no solo física, sino también psíquica y social. «Redes inmensas, poderosas — comentó improvisando — que van atrapando a personas responsables en la sociedad, en los gobiernos, en la familia». Y si bien el sistema representa «una parte importante del crimen organizado», el desafío consiste precisamente en el «identificar el modo de controlar los circuitos de corrupción». De aquí la invitación a «remontar la cadena que va desde el comercio de drogas en pequeña escala hasta las formas más sofisticadas de lavado, que anidan en el capital financiero y en los bancos que se dedican al blanqueo del dinero sucio».

Después de haber recordado la historia de un juez argentino en primera línea en la lucha con el narcotráfico, que por su compromiso recibió amenazas, el Pontífice evidenció que cuando se quiere individuar «las redes de distribución, uno se encuentra con esa palabra de cinco letras: mafia». Como consecuencia, argumentó el Papa, «para frenar la demanda del consumo de drogas se necesita realizar grandes esfuerzos e implementar amplios programas sociales orientados a la salud, al apoyo familiar y, sobre todo, a la educación». Una formación, aclaró, «orientada a los vulnerables de la sociedad, como pueden ser los niños y los jóvenes», pero que se extiende «a las familias y a los que sufren algún tipo de marginación». Y también, constató, «el problema de la prevención de la droga como programa siempre se ve frenado por mil y un factor de ineptitud de los gobiernos». Mientras que la droga «una vez que avanzó, y ya se radicó en la sociedad, es muy difícil». Como testimonio, señaló de nuevo a la experiencia personal, de Argentina que «hace 30 años era un país de tránsito; después, de consumo, y hasta algo de producción».

Fuente: L’Osservatore Romano

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