En manos de la Iglesia

Anunciado por sorpresa para todas las diócesis del mundo y por sorpresa introducido personalmente por el Papa en el corazón de África, el Año Santo extraordinario ha concluido el último domingo del año litúrgico con una liturgia sencilla en la tumba del apóstol Pedro. Como es bien sabido, Francisco ha querido dedicar este Jubileo a la misericordia, corazón del Evangelio, y lo ha abierto en Roma en el 50° aniversario del Vaticano II, que bajo el signo de la misericordia fue iniciado y cerrado por sus predecesores Roncalli y Montini.

La elección del primer Pontífice, que por razones anagráficas no tomó parte en el Concilio, tiene un significado clarísimo: la voluntad de proseguir con la renovación decidida por la mayor asamblea cristiana jamás celebrada. Durante el transcurso de estos cincuenta años, el camino abierto por el Vaticano II ha sido, sí emprendido, pero ciertamente no concluido. Si además el Concilio, como cualquier otro evento, obviamente es sometido a la valoración de los históricos, no se refleja quizás suficientemente un dato de hecho innegable: el impacto, realmente sin precedentes, del Vaticano II sobre el mundo en su conjunto, sobre las otras religiones y sobre las diversas confesiones cristianas.

Un impacto que conlleva entonces la responsabilidad de no inclumplir el compromiso de este coloquio con el mundo, los creyentes, los otros cristianos, los tres círculos concéntricos de la visión que en pleno Concilio fue diseñada en la encíclica programática de Pablo VI. Hoy su sucesor procede por por estas vías junto a toda la Iglesia y sorprende que precisamente en la Iglesia no todos entiendan el significado pastoral y misionero de sus elecciones y de su esfuerzo, significado repetido con sencillez en sus recientes entrevistas en los medios de comunicación católicos italianos.

Para entenderlo sería suficiente, como ha hecho Francisco durante estas conversaciones, recorrer con la memoria los caminos de un Jubileo que, más allá de números y estadísticas siempre discutibles, ha multiplicado miles y miles de veces las puertas santas atravesadas por los fieles, no sólo católicos, sino en ocasiones también por mujeres y hombres en busca de dar sentido a su propia vida. Sentido que precisamente el signo universal de la misericordia puede ofrecer de nuevo a todo ser humano.

Concluido el Vaticano II, una frase común quería «el Concilio en nuestras manos». Medio siglo después, el Año Santo de la misericordia que ha pretendido reavivarlo ha consumado sus días. Y ahora también está en manos de la Iglesia, y de cada mujer y cada hombre que en la misericordia pueda y quiera reconocerse.

Fuente: L’Osservatore Romano

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