Como un oasis de belleza

«Crear obras de arte que lleven, precisamente a través del lenguaje de la belleza, un signo, una chispa de esperanza y de confianza allí donde las personas parecen rendirse ante la indiferencia y la fealdad». Esta es la tarea que el Papa Francisco ha señalado a los artistas en el mensaje leído el martes por la tarde por el cardenal Secretario de Estado Pietro Parolin con ocasión de los trabajos de la 21º sesión pública de las pontificias académicas.

«Arquitectos y pintores, escultores y músicos, cineastas y literatos, fotógrafos y poetas, artistas de cada disciplina –escribió el Papa– son llamados a a hacer brillar la belleza sobre todo donde la oscuridad o lo grisáceo domina la cotidianidad; son custodios de la belleza, anunciadores y testigos de esperanza para la humanidad».

Presentado por el cardenal Gianfranco Ravasi, presidente del Pontificio Consejo de la Cultura y del Consejo de Coordinación de las Academias Pontificias, el encuentro sirvió también como ocasión para la entrega del premio de las pontificias academias, conferido por el Pontífice a jóvenes estudiosos, artistas o instituciones que se han distinguido en la promoción del humanismo.

Este año el Papa ha asignado el premio ex aequo a Chiara Bertoglio, por la búsqueda en el campo musicológico y literario, y a Claudio Cianfaglioni por la investigación poética y el estudio de figuras poéticas y literarias de nuestro tiempo. Además ha sido asignada la medalla del pontificado a Michele Vannelli, Maestro de capilla de la Basílica de San Petronio en Boloña y a Francesco Lorenzi, fundador del grupo musical «The Sun».

Fuente: L’Osservatore Romano

Sacerdotes auténticos

El Papa Francisco entregó simbólicamente a los seminaristas de Roma los iconos de san Policarpo, san Francisco Javier y san Pablo mientras está por ser decapitado, recomendándoles que vivan el sacerdocio como auténticos mediadores entre Dios y el pueblo, alegres incluso cuando llega la cruz, y no como funcionarios intermediarios, rígidos y mundanos, atentos sólo a los propios intereses y por ello insatisfechos. Es este el perfil auténtico del sacerdote trazado por el Pontífice en la misa celebrada el viernes 9 de diciembre, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.

«El Señor sufrió mucho por la actitud del pueblo y algunas veces dijo: “¿Hasta cuándo tengo que soportaros?”» afirmó Francisco en la homilía. Destacando inmediatamente cómo en el pasaje del Evangelio de Mateo (11, 16-19), propuesto por la liturgia, Jesús hace este comentario: «son como niños, a quienes se les ofreces una cosa y no les gusta; le ofreces lo contrario» y tampoco eso les gusta. Personas insatisfechas, «incapaces de gozar con el Señor». Así, «hay muchos cristianos insatisfechos —alertó el Papa— que no logran entender lo que el Señor nos ha enseñado; no logran entender el centro de la revelación del Evangelio».

Dirigiéndose directamente a la comunidad del Pontificio seminario romano mayor, «a los seminaristas y a los formadores», Francisco planteó la cuestión de si «hay también sacerdotes insatisfechos». Porque —reconoció— «existen y hacen mucho mal cuando viven una vida que no es plena; no encuentran paz de una parte, de la otra, siempre pensando en proyectos y luego cuando los tienen entre sus manos» dicen: «No, no me gusta». Todo esto pasa, añadió el Papa, «porque su corazón está lejos de la lógica de Jesús y por ello hay algunos sacerdotes insatisfechos, no son felices, se lamentan y viven tristes».

Pero «¿cuál es la lógica de Jesús que da la plena satisfacción a un sacerdote?», se preguntó el Pontífice, sugiriendo inmediatamente la respuesta: es «la lógica del mediador». Jesús «es el mediador entre Dios y nosotros; y nosotros tenemos que seguir este camino de mediadores y no la otra figura que se asemeja mucho pero no es la misma: intermediarios». Porque, afirmó el Papa, hay «diferencia entre un mediador y un intermediario». En efecto, «el intermediario hace su trabajo y lo cobra: quieres vender esta casa, quieres comprar una casa, yo hago las veces de intermediario y me quedo con un porcentaje; es justo, ha sido mi trabajo». En definitiva, «el intermediario sigue este camino: él nunca pierde».

«En cambio, el mediador —explicó Francisco— se entrega él mismo para unir a las partes, da la vida, se da a sí mismo, el precio es ese: la propia vida, paga con la propia vida, con su cansancio, su trabajo, muchas cosas». Y «el párroco», añadió el Papa, da la vita precisamente «para unir al rebaño, para unir a la gente, para llevarla a Jesús». Porque «la lógica de Jesús como mediador es la lógica de anonadarse Él mismo». Por lo demás, «san Pablo en la carta a los Filipenses es claro sobre esto: “Se despojó de sí mismo, se humilló a sí mismo” para lograr esta unión, hasta la muerte», y la «muerte de cruz».

Por lo tanto, esta «es la lógica: despojarse, anonadarse». Y «no porque tú busques esto, sino que la actitud de mediador te lleva a ello». Es el estilo de la «cercanía: Dios que se hizo cercano a su pueblo, en el Antiguo Testamento, y luego enviando a su Hijo, esa synkatàbasis de Dios que se acercó a nosotros». He aquí porqué «el sacerdote es un mediador muy cercano a su pueblo, muy cercano».

En cambio, precisó el Papa, el intermediario «es aquel que es un funcionario: hace su trabajo, hace las cosas más o menos bien, luego acaba ese trabajo y sigue con otro, con otro, con otro, pero siempre como funcionario». El intermediario «no sabe lo que significa ensuciarse las manos; el mediador vive ensuciándose porque está allí en el medio, en medio de la realidad, como Jesús: ensuciado por nuestros pecados». Es por ello, confesó Francisco, que «yo no conozco algún hombre, alguna mujer que trabaje como intermediario y que sea feliz sólo con eso. No, eso no te hace feliz». Por este motivo, «cuando el sacerdote cambia de mediador a intermediario no es feliz, está triste». Terminando de este modo por buscar «un poco la felicidad en hacerse ver, en hacer sentir la autoridad».

El pasaje evangélico de la liturgia, puso de relieve el Pontífice, destaca que «a los intermediarios de su época Jesús les decía que a ellos les gustaba pasear por las plazas para hacerse ver por la gente y ser alabados por ellos: es así». Pero «para mostrarse importantes, los sacerdotes intermediarios siguen el camino de la rigidez: muchas veces, distantes de la gente, no saben qué es el dolor humano; pierden lo que habían aprendido en su casa, con el trabajo del papá, de la mamá, del abuelo, de la abuela, de los hermanos». Perdiendo «estas cosas son rígidos, esos rígidos que cargan sobre los fieles muchas cosas que ellos no cargan, como decía Jesús a los intermediarios de su época».

«La rigidez», en definitiva, significa «látigo en las manos para el pueblo de Dios: “esto no puede ser, esto no se puede hacer”». Y «mucha gente que se acerca buscando un poco de consuelo, un poco de comprensión, se la aleja con esta rigidez». Pero «la rigidez no se puede mantener tanto tiempo, totalmente». Por otra parte, «fundamentalmente es esquizoide: terminarás por parecer rígido pero por dentro serás un desastre».

Y «con la rigidez» está también «la mundanidad». Así, «un sacerdote mundano, rígido, es alguien insatisfecho porque ha seguido el camino equivocado». Precisamente «al respecto de rigidez y mundanidad», Francisco quiso hacer referencia a un episodio «que tuvo lugar hace un tiempo: vino a visitarme un anciano monseñor de la Curia, que trabaja, un hombre normal, un hombre bueno, enamorado de Jesús, y me contó que había ido a Euroclero a comprarse un par de camisas y vio delante del espejo a un joven —él cree que no tenía más de veinticinco años, o era un sacerdote joven o estaba por ser ordenado—, estaba ante el espejo con una capa, grande, larga, aterciopelada, la cadena de plata, y se miraba. Luego tomó el “saturno”, se lo puso y se miraba: un rígido mundano». Y «ese sacerdote —es sabio ese monseñor, muy sabio— logró superar el dolor con una broma de sano humorismo y añadió: “¡y después se dice que la Iglesia no permite el sacerdocio a las mujeres!”». Es así «que el trabajo que hace el sacerdote cuando se convierte en funcionario acaba en el ridículo, siempre».

«En el examen de conciencia —dijo Francisco dirigiéndose directamente a la comunidad del seminario— considerad esto: ¿hoy fui funcionario o mediador? ¿Me cuidé a mí mismo, me busqué a mí mismo, mi comodidad, mi orden, o he permitido que el día transcurriese al servicio de los demás?».

La actitud justa, sugirió, es la de tener siempre «la puerta abierta» y sonreír: «incluso con muchas dificultades, el mediador sonríe, es afable, el mediador tiene ternura, sabe acariciar a un niño». Es tan así, añadió el Papa, que «una vez uno me decía que él reconocía a los sacerdotes por la actitud que tenían con los niños: si saben acariciar a un niño, sonreír a un niño, jugar con un niño». Y es un hecho «interesante, porque significa que saben abajarse, acercarse a las pequeñas cosas», como lo es precisamente el niño.

En cambio, advirtió el Pontífice, «el intermediario es triste, siempre con cara triste o demasiado seria, muy seria; el intermediario tiene la mirada seria, muy seria». Al contrario, «el mediador es abierto: la sonrisa, la acogida, la comprensión, las caricias y en medio de las dificultades aporta alegría». Porque «el mediador es alguien alegre incluso en medio de la cruz». Al respecto, Francisco indicó el testimonio de san Alberto Hurtado «que, con tantas dificultades y persecuciones que tenía, rezaba solamente así, contento: “¡Señor!”». Estaba «contento, contento, feliz de ser un mediador, en esa situación».

A los seminaristas el Papa confesó su deseo de entregarles, precisamente «mirando a estos insatisfechos» descritos en el Evangelio de Mateo, «esta reflexión sobre los sacerdotes insatisfechos». Y «vosotros pensad en esto», recomendó.

En esta perspectiva el Pontífice quiso indicar, tomándolas «de la historia de la Iglesia, tres iconos que nos ayudarán: tres imágenes de sacerdotes mediadores y no intermediarios». El primer icono es el del «gran Policarpo, la versión neotestamentaria de Eleazar: anciano, digno, señor de sí mismo, que no negocia su vocación y va con valentía a la hoguera, y cuando el fuego lo rodea, los fieles que estaban allí sintieron el olor del pan». En efecto, de verdad «él era como un pan, hasta el final se entregó a sí mismo». Y «así acaba un mediador: como un trozo de pan para sus fieles».

Y si en la primera imagen está representado «un anciano», en la segunda tenemos a «un joven: san Francisco Javier», que «muere en las playas de Shangchuan, mirando hacia China, a los cuarenta y seis años». Tan joven que, precisamente, se podría decir que era «un desperdicio», hasta llegar a preguntarse por qué «el Señor no lo dejó un poco más allí». Pero la actitud de san Francisco Javier fue decir: «Señor, que se cumpla tu voluntad». Él «sólo sabe decirle: “He confesado tu nombre hasta el final; jamás, Señor, oculté la lámpara bajo la cama; me has dado cinco talentos, te daré otros cinco”». Y de este modo, «en paz, con alegría, se marcha». Así «acaba también un joven mediador que nunca conoció estas insatisfacciones».

Como tercer icono, «también muy bonito y que hace llorar», el Papa indicó al «anciano Pablo en “Tre Fontane”: aquella mañana, muy temprano, los soldados fueron a su encuentro, lo apresaron, y él caminaba encorvado, como con un peso sobre la espalda». Pablo, explicó Francisco, «sabía muy bien que esto sucedía por la traición de algunos de la comunidad cristiana: pero él luchó tanto en su vida que se entrega al Señor como un sacrificio». Y «termina así». El Papa confesó que experimenta «mucha ternura» al «mirar a Pablo desde atrás, cómo va caminando hasta el momento de la decapitación».

Son «tres iconos que pueden ayudarnos» concluyó el Pontífice, invitando a contemplarlos y a pensar en «cómo quiero terminar mi vida de sacerdote: como funcionario, como intermediario o como mediador, es decir en la cruz».

Fuente: L’Osservatore Romano

Por los niños y las familias

«Te traigo, Madre, a los niños, especialmente aquellos solos, abandonados, y que por ese motivo son engañados y explotados. Te traigo, Madre, a las familias, que llevan adelante la vida y la sociedad con su compromiso cotidiano y escondido; en modo particular a las familias que tienen más dificultades por tantos problemas internos y externos». Con una sentida oración el Papa Francisco confió a la protección de la Virgen María sobre todo a las personas que pasan necesidad. El 8 de diciembre por la tarde, solemnidad de la Inmaculada Concepción, el Pontífice ha renovado al acto de veneración a la Virgen, trasladándose a Plaza de España para el tradicional homenaje.

En la oración, recitada a los pies de la columna mariana, el Papa encomendó a la Madre celestial también a «todos los trabajadores, hombres y mujeres, especialmente a quien, por necesidad, se esfuerza por desempeñar un trabajo indigno, y a quien el trabajo lo ha perdido o no puede encontrarlo». Así, pues, ha elevado su invocación a fin de que la humanidad logre «recuperar la capacidad de mirar a las personas y cosas con respeto y reconocimiento, sin intereses egoístas o hipocresías», de modo que se pueda «amar en modo gratuito, sin segundos fines, sino buscando el bien del otro, con sencillez y sinceridad, renunciando a máscaras y maquillajes».

El pensamiento del Pontífice se dirigió a los «pobres, enfermos, despreciados», pero también a «quien ha caído y a quien vacila», con el deseo de que los cristianos sean capaces de «ir al encuentro de quienes no saben dar el primer paso» y de «caminar por los senderos de quien se ha perdido».

Anteriormente, durante el Ángelus en la plaza de San Pedro, Francisco había recordado el fuerte terremoto que azotó la isla de Sumatra, en Indonesia, asegurando su «oración por las víctimas y por sus familiares, por los heridos y por quienes han perdido la casa. Que el Señor dé fuerza a la población —ha sido su oración— y sostenga los trabajos de socorro».

Al día siguiente, viernes por la mañana, el Papa habló de la «triste y trágica realidad de los inmigrantes» durante la audiencia a los peregrinos llegados de Malta y de la región del Trentino con ocasión del regalo del belén y del árbol que han sido colocados en la plaza de San Pedro. Cada Navidad —dijo al respecto— es «una invitación a hacer espacio a Dios» oculto en el rostro de los necesitados. Significativa la elección de decorar el árbol con bolitas de colores realizadas por niños que asisten a talleres de cerámica-terapia en distintos hospitales. Y el belén reproduce el paisaje maltés, con el complemento de la tradicional cruz de Malta y del «luzzu», típica embarcación local, que recuerda también la triste y trágica realidad de los inmigrantes en las pateras.

Fuente: L’Osservatore Romano