Uno detrás de otro

Son tres «las grandes maravillas del sacerdocio de Jesús: ha ofrecido la vida por nosotros una vez para siempre; continúa rezando, ahora también, por cada uno de nosotros; volverá para llevarnos con Él». Al hombre se le pide «no cerrar el corazón» para «dejarse perdonar por el Padre». Y precisamente la misa hace comprender plenamente esta bellísima verdad, hizo presente el Papa Francisco durante la celebración del lunes, 23 de enero, por la mañana en la capilla de la Casa Santa Marta.

«Cantad al Señor un canto nuevo, porque ha hecho maravillas»: con las palabras del salmo responsorial el Pontífice abrió su meditación, repitiendo que «el Señor ha hecho maravillas». Y con las palabras del salmo 97 prosiguió: «Cosas grandes ha hecho el Signore, grandes maravillas». Pero, añadió, «la gran maravilla, la más grande, es su Hijo, el Hijo sacerdote». En la primera lectura, explicó el Papa que «el autor de la Carta a los Hebreos» (9, 15.24-28) nos presenta a Cristo, sacerdote, mediador de esta alianza que Dios hace con los hombres: Jesús es el sumo sacerdote». Y «el sacerdocio de Cristo —podemos decir, según lo que se ve aquí— se desarrolla en tres momentos, en tres etapas».

La primera etapa, afirmó el Papa, «está en la redención: Cristo se ofreció a sí mismo, una vez para siempre, para el perdón de los pecados». Él «hace la comparación con los sacerdotes de la antigua alianza que, cada año, debían ofrecer sacrificios». Aquí está la novedad: con Cristo es «una vez para siempre, y esta es una maravilla; y con esta maravilla Él nos ha hecho hijos, nos ha llevado al Padre, nos ha perdonado los pecados, ha recreado la armonía de la creación con su vida».

«La segunda maravilla, que tiene una cierta relación con el pecado, es la que el Señor hace ahora» prosiguió el Pontífice. Efectivamente «el Señor ahora intercede, reza por nosotros: en este momento, si, mientras nosotros rezamos aquí Él reza por nosotros, seguramente para todos, para cada uno de nosotros». Es, precisamente, «la intercesión, el sacerdote que intercede: antes ha ofrecido la vida como rescate; ahora, vivo, ante el Padre, intercede». Durante la última cena, recordó Francisco, el Señor «dijo: “yo rezaré por vosotros, para que vuestra fe no desfallezca”». Entonces, Jesús «reza por nosotros y esta es una seguridad: Cristo, nuestro sacerdote, reza por nosotros». Por lo demás, hizo notar, «cuántas veces nosotros decimos al sacerdote: “Padre, reza por mí, por mi hijo, por mi familia tenemos este problema…”». Lo hacemos «porque sabemos que la oración del sacerdote tiene una cierta fuerza, precisamente en el sacrificio de la misa». Y «Jesús reza por nosotros en este momento, por cada uno de nosotros, y esta es una maravilla, una segunda maravilla».

«La tercera maravilla será el final, cuando volverá» siguió afirmando el Pontífice. Él «volverá como sacerdote, sí, sin relación con el pecado: la primera vez dio su vida por el perdón de los pecados; la segunda —ahora— reza por nosotros, porque nosotros somos pecadores y seguimos adelante en la vida cristiana; pero cuando llegará la tercera vez no estará en relación con el pecado, será para hacer el reino definitivo». Y la «palabra más bonita de ese día» será: «Venid, benditos, venid, venid, ¡venid a mí!». Así «nos llevará a todos con el Padre: esto es el sacerdocio de Cristo del cual habla la primera lectura y esta es la gran maravilla, que nos hace cantar un canto nuevo».

Francisco también indicó «dos puntos contrastantes en la liturgia de hoy». Por una parte, efectivamente, «está esta gran maravilla, este sacerdocio de Jesús en tres etapas —aquella en la que perdona los pecados, una vez, para siempre; aquella en la que intercede ahora por nosotros; y aquella que sucederá cuando Él volverá— pero también existe lo contrario, “la imperdonable blasfemia”», como se lee en el pasaje del Evangelio de Marcos (3, 22-30). Y «es duro —comentó el Pontífice— oír a Jesús decir estas cosas: pero Él lo dice y si Él lo dice es verdad».

Escribe efectivamente Marcos, reproduciendo las palabras del Señor: «En verdad os digo: todo será perdonado a los hijos de los hombres —y nosotros sabemos que el Señor perdona todo si nosotros abrimos un poco el corazón, ¡a todo!— los pecados y también todas las blasfemias que dirán —¡también las blasfemias serán perdonadas!—; pero quien habrá blasfemado contra el Espíritu Santo no será perdonado eternamente: es reo de culpa eterna». Y así esta persona, «cuando volverá el Señor, oirá esa palabra: “¡aléjate de mí!”». Y esto porque, explicó el Papa, «la gran unción sacerdotal de Jesús la hizo el Espíritu Santo en el vientre de María: los sacerdotes, en la ceremonia de ordenación, todos son ungidos con el óleo; y se habla siempre de la unción sacerdotal». También «Jesús, como sumo sacerdote, recibió esta unción». Y «la primera unción» fue «la carne de María con la obra del Espíritu Santo». Así quien «blasfemia sobre esto, blasfemia sobre el fundamento del amor de Dios, que es la redención, la “re-creación”; blasfemia sobre el sacerdocio de Cristo».

«El Señor perdona todo —explicó Francisco— pero quien dice estas cosas está cerrado al perdón, no quiere ser perdonado, no se deja perdonar». Precisamente «esto es lo malo de la blasfemia contra el Espíritu Santo: no dejarse perdonar, porque se reniega la unción sacerdotal de Jesús que hizo el Espíritu Santo».

Y así, prosiguió el Pontífice, «hoy hemos oído, en esta liturgia de la palabra, las grandes maravillas del sacerdocio de Cristo que se ofrece a sí mismo para el perdón de los pecados, que continúa rezando por nosotros ahora y que volverá para llevarnos con Él». Es de verdad una «gran maravilla». Pero, añadió, «hemos oído también que hay una “imperdonable blasfemia” y no porque el Señor no quiera perdonar todo, sino porque este es tan cerrado que no se deja perdonar: la blasfemia contra esta gran maravilla de Jesús».

En conclusión, Francisco sugirió que «hoy nos hará bien, durante la misa, pensar que aquí en el altar se hace la memoria viva, porque Él estará presente ahí, del primer sacerdocio de Jesús, cuando ofrece su vida por nosotros; también está la memoria viva del sacerdocio, porque Él rezará aquí; pero también, en esta misa —lo diremos, después del Padre Nuestro— está ese tercer sacerdocio de Jesús, cuando Él volverá y la esperanza nuestra de la gloria». Entonces, insistió el Papa, «durante esta misa pensemos en estas cosas bonitas y pidamos la gracia al Señor de que nuestro corazón no se cierre nunca —¡no se cierre nunca!— a esta maravilla, ¡a esta gran gratuidad!».

Fuente: L’Osservatore Romano

El valor de las mujeres

Mujer «mujer de gran belleza y sabiduría» pero sobre todo de «valor», Judit habla «con la fuerza de un profeta» e indica a los hombres «el camino de la confianza» en Dios. Lo ha subrayado el Papa en la audiencia general del miércoles 25 de enero, en el Aula Pablo VI, dedicando la catequesis al personaje bíblico que «da fuerza a su pueblo en peligro de muerte y lo conduce sobre en los caminos de la esperanza».

En el día de la fiesta de la Conversión de san Pablo, el Pontífice –ha elegido la figura bíblica de la «gran heroína» para invitar a los fieles a «fiarse de Dios» sin poner «nunca condiciones». Esto significa, ha explicado, «entrar en sus designios sin pretender nada, también aceptando que su salvación y su ayuda lleguen a nosotros de manera diferente a nuestras expectativas».

Para Francisco es justo pedir al Señor «vida, salud, afecto, felicidad»; pero es necesario hacerlo con «la conciencia de que Dios sabe sacar vida incluso de la muerte, que se puede experimentar la paz también en la enfermedad, y que puede haber serenidad también en la soledad y felicidad también en el llanto». No se puede, en definitiva, «enseñar a Dios lo que debe hacer», porque «Él lo sabe mejor que nosotros; y debemos fiarnos, porque sus caminos y sus pensamientos son muy diferentes a los nuestros».

Así la experiencia de Judit, que invita al pueblo a no poner a prueba al Señor y a esperar con confianza «la salvación que viene de Él», indica al cristiano cuál es «camino de la esperanza». Y muestra la figura de una mujer «valiente en la fe y en las obras», que no teme «quedar mal ante los demás» y «sigue adelante» por su camino. Por lo demás, el Papa se dijo estar convencido comentando espontáneamente el episodio bíblico, «las mujeres son más valientes que los hombres».

Fuente: L’Osservatore Romano

Aprendamos los unos de los otros

«Aprender los unos de los otros»: es este el camino de reconciliación entre los cristianos indicado por el Papa Francisco en la Solemnidad de la conversión de san Pablo. Para concluir la semana ecuménica, como es costumbre el Pontífice presidió el 25 de enero la celebración de las Segundas Vísperas en la Basílica Ostiense dedicada al apóstol. Y con el beso dado –en el momento de la despedida – a las cruces pectorales del metropolita ortodoxo y del arzobispo anglicano, Francisco ha querido plasmar al rito el sello ecuménico de un pontificado encaminado a construir puentes de reconciliación.

Por lo demás, también en la homilía el Papa había insistido en la necesidad de proclamar el Evangelio de reconciliación, sobre todo después de siglos de divisiones entre cristianos. Y había individuado en la predicación de Pablo una ayuda «para encontrar el camino». Efectivamente– explicó– «la reconciliación en Cristo no puede darse sin sacrificio. Los embajadores de la reconciliación están llamados a dar la vida en su nombre, a no vivir para sí mismos. Es la revolución cristiana de siempre».

Por consiguiente, «Para la Iglesia, para cada confesión cristiana», eso se traduce en «una invitación a no basarse en programas, cálculos y ventajas, a no depender de las oportunidades y de las modas del momento». Y también a «salir de todo aislamiento, a superar la tentación de la “autreferencia”». En sustancia, «Una auténtica reconciliación entre los cristianos podrá realizarse cuando sepamos reconocer los dones de los demás con humildad y docilidad, sin esperar que sean los demás los que aprendan antes de nosotros».

Y si – observó el Pontífice – «mirar hacia atrás es necesario para purificar la memoria», también es verdad que pero «detenerse en el pasado, persistiendo en recordar los males padecidos y cometidos, y juzgando sólo con parámetros humanos, puede paralizar e impedir que se viva el presente». De aquí la exhortación a que «no cansemos nunca de pedir a Dios este don» el don de la unidad. «Sigamos adelante en nuestro camino de reconciliación y de diálogo, animados por el testimonio heroico de tantos hermanos y hermanas que, tanto ayer como hoy, están unidos en el sufrimiento por el nombre Jesús». Y « aprovechemos todas las ocasiones para rezar juntos, anunciar juntos, amar y servir juntos, especialmente a los más pobres y abandonados».

Fuente: L’Osservatore Romano