El llanto de una madre

El llanto de Raquel encierra «el dolor de todas las madres del mundo, de todos los tiempos, y las lágrimas de todo ser humano que llora pérdidas irreparables». Ha afrontado un tema difícil el Papa Francisco en la primera audiencia general del nuevo año. Prosiguiendo el miércoles 4 de enero, en el Aula Pablo VI, con las catequesis dedicadas a la esperanza, el Pontífice se ha detenido precisamente en la figura de la esposa de Jacob que llora por los hijos «muertos yendo al exilio».

Un argumento este de gran actualidad, porque –subrayó el Papa– «ante la tragedia de la pérdida de los hijos, una madre no puede aceptar palabras o gestos de consolación, que son siempre inadecuados, nunca capaces de mitigar el dolor de una herida que no puede y no quiere ser curada». Ademá, añadió Francisco, se trata de «un dolor proporcional al amor. Cada madre sabe todo esto; y, hoy también, son muchas las madres que lloran, que no se resignan a la pérdida de un hijo, inconsolables ante una muerte imposible de aceptar». Además el «rechazo de Raquel que no quiere ser consolada» nos enseña además la delicadeza que se requiere «ante el dolor ajeno». Efectivamente, puntualizó el Papa, «para hablar de esperanza a quien está desesperado, es necesario compartir su desesperación; para secar una lágrima del rostro de quien sufre, es necesario unir al suyo nuestro llanto. Sólo así nuestras palabras pueden ser realmente capaces de dar un poco de esperanza». Hasta tal punto que, comentó improvisadamente, «si no puedo decir palabras así, con el llanto, con el dolor, mejor el silencio; la caricia, el gesto y nada de palabras». Y esto, comentó Francisco, «no es fácil de entender, pero es verdad. Muchas veces, en nuestra vida, las lágrimas siembran esperanza, son semillas de esperanza». De aquí la invitación a no olvidar esto. «Cuando alguien se dirige a mí –explicó tomando un ejemplo de su propia experiencia pastoral–y me hace preguntas difíciles, como por ejemplo: “Padre, dígame: por qué sufren los niños?”, de verdad, yo no sé qué responder. Solamente digo: “mira el Crucifijo: Dios nos ha dado a su Hijo, Él ha sufrido, y quizás ahí encontrarás una respuesta”».

Al finalizar la audiencia el Pontífice hizo un llamamiento después de la masacre ocurrida los días pasados en la cárcel brasileña de Manaus, esperando que las cárceles «sean lugares de reeducación y reinserción social, y las condiciones de vida de los detenidos sean dignas de personas humanas».

Fuente: L’Osservatore Romano

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