La herencia de Montini

Dedicado al tema de la seguridad y de la paz en un tiempo donde se está difundiendo «un sentido general de miedo», el discurso del Pontífice a los diplomáticos acreditados ante la Santa Sede abre el centenario de la histórica intervención de Benedicto XV que condenaba la «inútil matanza» de la Primera Guerra Mundial. No sirvió para nada esa terrible masacre, que esparció por Europa semillas envenenadas hasta el otro terrible conflicto. Y sin embargo las palabras del Papa, expresión de un creciente compromiso de la Iglesia de Roma a favor de la paz, no fueron acogidas.

Desde entonces la predicación de sus sucesores se ha ido desarrollando hasta las intervenciones de los Pontífices que han hecho el concilio. A ese periodo convulso, y sobre todo a la herencia de Montini, hace referencia hoy Bergoglio en una acción global a favor de la paz conducida por la Santa Sede y sostenida en particular por la Secretaría de Estado, cuya disponibilidad ha sido reiterada por Francisco al concluir un discurso que ha querido subrayar la coherencia y la amplitud de un compromiso global, discreto y silencioso pero incansable.

Precisamente hace medio siglo, Pablo VI quiso de hecho la Jornada Mundial de Oración por la Paz y firmó la Populorum progressio, de la que el Papa ha citado palabras que permanecen válidas en un mundo todavía demasiado desequilibrado: «El camino de la paz pasa por el desarrollo». Hoy la paz parece «un bien descontado» en sociedades que se han beneficiado por largos periodos, mientras «para demasiadas personas esa paz es todavía una simple ilusión lejana» a causa d «conflictos insensatos» y atroces.

En esta situación, otras veces descrita eficazmente como una tercera guerra mundial «por partes», Bergoglio ha inscrito sus encuentros con exponentes de distintas religiones: en Asís, por el 30º aniversario del innovador encuentro querido por Juan Pablo II, y antes incluso en el Templo Mayor de Roma y en la gran mezquita de Baku. Gestos que están en continuidad con el camino indicado por el Vaticano II, en la búsqueda continua de encuentro y de diálogo con los otros creyentes y con los cristianos de otras confesiones, como en Lund, en el Cáucaso y en Lesbos.

No hay duda de que sea este el único camino para contrastar la violencia y la deformación de la experiencia religiosa de la que es responsable el «terrorismo de matriz fundamentalista» de nuevo condenado con acentos inequívocos: «Se trata de una locura homicida que usa el nombre de Dios para sembrar muerte, intentando afirmar una voluntad de dominio y de poder. Hago por tanto un llamamiento a todas las autoridades religiosas para que unidos reafirmen con fuerza que nunca se puede matar en nombre de Dios» ha repetido el Papa Francisco.

El terrorismo fundamentalista es de hecho fruto de una «grave miseria espiritual» y se cruza con la pobreza social, ha dicho el Pontífice. Por esto, «podrá ser plenamente vencido con la acción común de los líderes religiosos y políticos». Porque a los primeros les corresponde la tarea de enseñar «el temor de Dios y el amor por el prójimo», mientras los segundos deben garantizar la libertad religiosa.

Fuente: L’Osservatore Romano

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