El problema número uno

«¿Que hay más importante y actual para el creyente, y es más, para cada hombre, para cada mujer, que saber si la vida tiene sentido o no, si la muerte es el final de todo o, por el contrario, el inicio de la verdadera vida?». En la tercera predicación de Cuaresma, que tuvo lugar el viernes 24 de marzo por la mañana, en la capilla Redemptoris Mater, en presencia del Papa Francisco, el padre Raniero Cantalamessa se detuvo en el «problema humano número uno»: la muerte.

En línea con las meditaciones precedentes, el predicador de la Casa pontificia habló del misterio de la muerte a través de la llave del Espíritu Santo, ese Espíritu – se lee explícitamente en la Carta a los Hebreos (9, 14)– que dio a Jesús «el impulso para ofrecerse en sacrificio al Padre y la fuerza que le sostiene durante su pasión». Ese Espíritu, añadió el fraile capuchino, dado al Cristo «en el momento del nacimiento y luego públicamente, en el bautismo», que es dado sucesivamente a los hombres «en la cruz». Guiados por el Espíritu Santo, entonces, nos podemos preguntar «¿Qué significa para nosotros la muerte de Cristo?» y sobre todo «¿Con ella qué ha cambiado a propósito de nuestra muerte?».

Fuente: L’Osservatore Romano

Un mensaje para Europa

Un mensaje fuerte para Europa y la visita a uno de sus centros más emblemáticos y vitales. Al encuentro con los líderes del continente, recibidos por el Papa Francisco en el Vaticano, le siguió pocas horas después el viaje a la diócesis de Milán, tan breve como intenso y lleno de citas. Con motivo del sesenta aniversario de los tratados que iniciaron el proceso de unificación europea, precisamente cuando la crisis continúa a gravar sobre la humanidad que acusa miedo y desorientación ante nuevos escenarios, para ser fieles a la verdad, no exactamente imprevisibles.

La palabra del Pontífice fue fuerte porque era realista y al mismo tiempo abierta al futuro con confianza. Y parece que se necesitaba a un Papa, por primera vez, venido de América, con orígenes familiares radicados en Italia, para pronunciar esta palabra. Efectivamente Bergoglio eligió hablar de memoria y de esperanza, subrayando su lazo indisoluble. «No se puede comprender el tiempo que vivimos sin el pasado, entendido no como un conjunto de hechos lejanos, sino como la savia vital que irriga el presente» destacó, introduciendo una reflexión sobre el significado del aniversario.

En el discurso papal es fácil reconocer una línea basada en el entrelazamiento persuasivo de menciones a los padres fundadores de la unificación europea. Un proceso nacido por exigencias económicas, pero con la conciencia, entonces clara, de «un modo de concebir al hombre a partir de su dignidad trascendente e inalienable», como subrayó Alcide De Gasperi en uno de sus últimos discursos, dentro de la fidelidad «al espíritu de solidaridad europea» evocado en la firma de los tratados.

En 1957 Europa se estaba volviendo a levantar de las consecuencias de la guerra mundial, entre las cuales destacaba la capa sofocante de la «barrera artificial que, desde el Mar Báltico hasta el Adriático, dividía el Continente». Pero hoy el bienestar económico, que a Europa «ha cortado las alas», ha terminado por cancelar la memoria de la reconstrucción, de la «fatiga» que ha sido necesaria para derribar ese muro e incluso del «tiempo de paz más largo» conocido por Europa en los últimos siglos.

Es necesario entonces volver al espíritu de servicio, a la pasión política y «a la conciencia de que “en el origen de la civilización europea se encuentra el cristianismo”, sin el cual los valores occidentales de dignidad, libertad y justicia resultan en su mayor parte incomprensibles» dijo el Papa citando una vez más a De Gasperi. Y hoy estos «valores continuarán encontrando plena ciudadanía si sabrán mantener su nexo vital con la raíz que les ha generado. En la fecundidad de tal nexo está la posibilidad de edificar sociedades laicas, exentas de contraposiciones ideológicas» prosiguió el Pontífice. Añadiendo que en estas sociedades todos, sin distinción de origen, creyentes y no creyentes juntos, encuentran un lugar.

Es esta la vía que hay que recorrer para superar la desconfianza en una Europa vista solo como «un conjunto de reglas a observar» y para vivir las crisis de hoy como desafíos y ocasiones. Abriéndose, como el continente ha siempre hecho en su historia, y viviendo la solidaridad como «eficaz antídoto a los modernos populismos». Es decir, volviendo a una política digna de este nombre, para «recomenzar a pensar en modo europeo».

Fuente: L’Osservatore Romano

La solidaridad antídoto al populismo

Es la solidaridad el único antídoto eficaz a los «modernos populismos» que están echando raíces en el viejo continente: lo subrayó el Papa Francisco hablando a los jefes de estado y de gobierno de la Unión Europea, recibidos en el Vaticano la tarde del viernes 24 de marzo, en la vigilia del aniversario de la firma del Tratado de Roma. «Centralidad del hombre, solidaridad efectiva, apertura al mundo, búsqueda de la paz y del desarrollo, apertura al futuro»: los cinco pilares sobre los que los padres de Europa hace sesenta años «han querido edificar la Comunidad económica» fueron propuestos por el Pontífice en su discurso, para reiterar que «a quien gobierna le corresponde discernir los caminos de la esperanza». Porque –añadió dirigiéndose directamente a sus interlocutores– «este es su cometido: discernir los caminos de la esperanza –, identificar los procesos concretos para hacer que los pasos realizados hasta ahora no se dispersen, sino que aseguren un camino largo y fecundo».

Por otro lado, observó el Papa, «los Padres fundadores nos recuerdan que Europa no es un conjunto de normas que cumplir» o «un manual de protocolos y procedimientos que seguir. Es una vida, una manera de concebir al hombre a partir de su dignidad trascendente e inalienable y no sólo como un conjunto de derechos que hay que defender o de pretensiones que reclamar». Es más, añadió enseguida, «el primer elemento de la vitalidad europea es la solidaridad», de la cual «nace la capacidad de abrirse a los demás». Cierto, Francisco se mostró consciente de que «en los últimos sesenta años el mundo ha cambiado mucho. Si los Padres fundadores, que habían sobrevivido a un conflicto devastador, estaban animados por la esperanza de un futuro mejor y con una voluntad firme lo perseguían, para evitar que surgieran nuevos conflictos, nuestra época está más dominada por el concepto de crisis»: económica, de la familia, de los modelos sociales consolidados, de las instituciones y de los migrantes.

En resumen, se trata de «tantas crisis, que esconden el miedo y la profunda desorientación del hombre contemporáneo», a las cuales –aclaró el Pontífice– es necesario responder con la solidaridad, que no es simplemente «buen propósito» sino que debe estar «compuesta de hechos y gestos concretos que acercan al prójimo, sea cual sea la condición en la que se encuentre». También porque, «al contrario, florecen precisamente por el egoísmo, que nos encierra en un círculo estrecho y asfixiante y no nos permite superar la estrechez de los propios pensamientos ni “mirar más allá”». Desde aquí la invitación a «volver a pensar en modo europeo, para conjurar el peligro de una gris uniformidad o, lo que es lo mismo, el triunfo de los particularismos». Y tal liderazgo concierne precisamente a los políticos, exhortados a evitar «usar las emociones para ganar el consenso» y a elaborar «con espíritu de solidaridad y subsidiaridad, políticas que hagan crecer a toda la Unión en un desarrollo armónico».

Fuente: L’Osservatore Romano