Un mensaje para Europa

Un mensaje fuerte para Europa y la visita a uno de sus centros más emblemáticos y vitales. Al encuentro con los líderes del continente, recibidos por el Papa Francisco en el Vaticano, le siguió pocas horas después el viaje a la diócesis de Milán, tan breve como intenso y lleno de citas. Con motivo del sesenta aniversario de los tratados que iniciaron el proceso de unificación europea, precisamente cuando la crisis continúa a gravar sobre la humanidad que acusa miedo y desorientación ante nuevos escenarios, para ser fieles a la verdad, no exactamente imprevisibles.

La palabra del Pontífice fue fuerte porque era realista y al mismo tiempo abierta al futuro con confianza. Y parece que se necesitaba a un Papa, por primera vez, venido de América, con orígenes familiares radicados en Italia, para pronunciar esta palabra. Efectivamente Bergoglio eligió hablar de memoria y de esperanza, subrayando su lazo indisoluble. «No se puede comprender el tiempo que vivimos sin el pasado, entendido no como un conjunto de hechos lejanos, sino como la savia vital que irriga el presente» destacó, introduciendo una reflexión sobre el significado del aniversario.

En el discurso papal es fácil reconocer una línea basada en el entrelazamiento persuasivo de menciones a los padres fundadores de la unificación europea. Un proceso nacido por exigencias económicas, pero con la conciencia, entonces clara, de «un modo de concebir al hombre a partir de su dignidad trascendente e inalienable», como subrayó Alcide De Gasperi en uno de sus últimos discursos, dentro de la fidelidad «al espíritu de solidaridad europea» evocado en la firma de los tratados.

En 1957 Europa se estaba volviendo a levantar de las consecuencias de la guerra mundial, entre las cuales destacaba la capa sofocante de la «barrera artificial que, desde el Mar Báltico hasta el Adriático, dividía el Continente». Pero hoy el bienestar económico, que a Europa «ha cortado las alas», ha terminado por cancelar la memoria de la reconstrucción, de la «fatiga» que ha sido necesaria para derribar ese muro e incluso del «tiempo de paz más largo» conocido por Europa en los últimos siglos.

Es necesario entonces volver al espíritu de servicio, a la pasión política y «a la conciencia de que “en el origen de la civilización europea se encuentra el cristianismo”, sin el cual los valores occidentales de dignidad, libertad y justicia resultan en su mayor parte incomprensibles» dijo el Papa citando una vez más a De Gasperi. Y hoy estos «valores continuarán encontrando plena ciudadanía si sabrán mantener su nexo vital con la raíz que les ha generado. En la fecundidad de tal nexo está la posibilidad de edificar sociedades laicas, exentas de contraposiciones ideológicas» prosiguió el Pontífice. Añadiendo que en estas sociedades todos, sin distinción de origen, creyentes y no creyentes juntos, encuentran un lugar.

Es esta la vía que hay que recorrer para superar la desconfianza en una Europa vista solo como «un conjunto de reglas a observar» y para vivir las crisis de hoy como desafíos y ocasiones. Abriéndose, como el continente ha siempre hecho en su historia, y viviendo la solidaridad como «eficaz antídoto a los modernos populismos». Es decir, volviendo a una política digna de este nombre, para «recomenzar a pensar en modo europeo».

Fuente: L’Osservatore Romano

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