Como si nada

Los sintecho, los nuevos pobres sin dinero para el alquiler, los desempleados y los niños que piden limosna –que se les mira mal porque pertenecen a «esa etnia que roba»– parece que ya forman parte del «panorama de la ciudad». «Como una estatua, la parada del autobús, la oficina de correos». Y son tratados con la misma indiferencia, como si no existieran, como si su situación fuera incluso «normal» y no llega a tocar el corazón. Pero así se resbala «del pecado a la corrupción» donde no hay remedio, advirtió el Papa Francisco en la misa celebrada en Santa Marta el jueves por la mañana, 16 de marzo. Así, insistió el Pontífice, es como cuando pensamos que es suficiente con «un Avemaría y un Padrenuestro», y se continua después «viviendo como si nada», viendo en la televisión y en los periódicos niños asesinados por una bomba lanzada a un hospital o a una escuela.

«En la antífona del inicio», indicó enseguida el Papa en su homilía citando el Salmo 139 (23-24), «hemos rezado: “Escruta, Dios, mi corazón; mira si recorro un camino de mentira, y guíame en el camino de la vida”». Porque, explicó, «podemos recorrer una vida de mentira, de apariencias: aparentar una cosa y la realidad es otra». Precisamente «por esto pedimos al Señor que él escrute la verdad de nuestra vida: y si yo recorro una vida de mentira, que me lleve por el camino de la vida, de la verdadera vida».

«Esta oración –explicó Francisco– está en armonía con lo que el profeta Jeremías nos dice en la primera lectura» (17, 5-10) presentando «estas dos opciones que son pilares de vida: “Maldito el hombre que confía en el hombre; bendito el hombre que confía en el Señor”». Por tanto, «maldito y bendito». Por un lado está «el hombre que confía en el hombre, y hace de la carne su apoyo, es decir en las cosas que él puede gestionar, en la vanidad, en el orgullo, en las riquezas, en sí mismo» y «se siente como si fuera un dios, aleja su corazón del Señor». Precisamente «este alejamiento del Señor “no verá venir el bien”» escribe el profeta Jeremías. Y el hombre «será como un tamarisco en la estepa», es decir «sin fruto, no será fecundo: todo termina con él, no dejará vida, se cierra esa vida con la propia muerte, porque su confianza estaba en sí mismo». «Sin embargo “bendito el hombre que confía en el Señor y el Señor es su confianza”» afirmó el Pontífice, repitiendo las palabras de Jeremías. Ese hombre de hecho «se fía del Señor, se aferra al Señor, se deja conducir por el Señor». Aquel que confía en el Señor será, escribe Jeremías, «como un árbol plantado a orillas del agua, hacia la corriente echa sus raíces; no teme cuando viene el calor». En una palabra, «será fecundo». Mientras que aquel que confía en sí mismo «será “como un tamarisco en la estepa”, estéril».

Es así, explicó el Papa, que «esta opción, entre estas dos formas de vida que se convierten luego en pilares de vida, viene del corazón: la fecundidad del hombre que confía en el Señor y la esterilidad del hombre que confía en sí mismo, en sus cosas, en su mundo, en sus fantasías o también en sus riquezas, en su poder». Jeremías no deja de advertirnos: «Estate atento, no te fíes de tu corazón: “¡nada es más traicionero que el corazón y difícilmente se cura!”». Por tanto, insistió Francisco, «nuestro corazón nos traiciona si nosotros no estamos atentos, si no estamos en vigilancia continua, si somos perezosos, si vivimos con ligereza, un poco así, mirando solamente las cosas». Y «este camino es un camino peligroso, es un camino resbaladizo, cuando me fío solamente de mi corazón: porque es traicionero, es peligroso».

Precisamente «esto –prosiguió el Papa haciendo referencia al pasaje de Lucas (16, 19-31)– le sucedió a este señor rico del Evangelio: cuando una persona vive en su ambiente cerrado, respira ese aire de sus bienes, de su satisfacción, de la vanidad, de sentirse seguro y se fía solamente de sí mismo, pierde la orientación, pierde la brújula y no sabe dónde están los límites». Su problema es que «vive solamente ahí: no sale fuera de sí». Es la historia, precisamente, del hombre rico del cual habla Jesús a los fariseos en la narración de Lucas: «Vivía bien, no le faltaba nada, tenía muchos amigos», porque «cuando hay dinero hay amigos y cuando no hay dinero no hay fiestas, los amigos desaparecen, se van». Entonces ese hombre «estaba siempre con amigos, en las fiestas», pero en su «puerta estaba el pobre». Pero «él sabía quién era ese pobre –¡lo sabía!– porque después, cuando habla con el padre Abraham, dice: “¡envía a Lázaro!». Por eso «sabía también cómo se llamaba pero no le importaba». Y entonces «¿era un hombre pecador? Sí. Pero del pecado se puede volver atrás, se pide perdón y el Señor perdona».

Respecto a ese hombre rico, en cambio, «el corazón le ha llevado por un camino de muerte, hasta tal punto que no se puede volver atrás: hay un punto, hay un momento, hay un límite del cual difícilmente se vuelve atrás». Y «es cuando el pecado se transforma en corrupción». Por eso, explicó el Papa, ese hombre rico «no era un pecador, era un corrupto porque conocía las muchas miserias, pero era feliz allí y no le importaba nada». Aquí vuelven con fuerza las palabras de Jeremías: «Maldito el hombre que confía en sí mismo, que confía en su corazón: “nada es más traicionero que el corazón, y difícilmente se cura” y cuando tú estás por ese camino de enfermedad, difícilmente sanarás».

Llegados a este punto Francisco quiso proponer un examen de conciencia: «yo hoy haré una pregunta a todos nosotros: ¿qué sentimos en el corazón cuando vamos por la calle y vemos a los sintecho, vemos a los niños solos que piden limosna?». Quizá pensamos que «son de esa etnia que roba». Pero «¿qué siento yo cuando veo a los sintecho, a los pobres, a los abandonados, también a los sintecho bien vestidos, porque no tienen dinero para pagar el alquiler, porque no tienen trabajo?». Y todo «esto –afirmó el Papa– es parte del panorama, del paisaje de una ciudad, como una estatua, la parada del autobús, la oficina de correos: y ¿también los sintecho son parte de la ciudad? ¿Esto es normal? Estad atentos, estemos atentos cuando estas cosas suenan como normales en nuestro corazón –“pero sí, la vida es así, yo como, bebo, pero para quitarme un poco de sentimiento de culpabilidad doy un donativo y sigo adelante”– el camino no va bien».

Si tenemos estos pensamientos quiere decir que «estamos, en ese momento, por ese camino resbaladizo», que lleva «del pecado a la corrupción». Por esto, prosiguió el Pontífice, es oportuno preguntarnos: «qué siento yo cuando en el telediario, en los periódicos, veo que ha caído una bomba allá, en un hospital, y han muerto muchos niños, en una escuela, ¿pobre gente?». Quizá «digo un Avemaría, un Padrenuestro por ellos y sigo viviendo como si no pasara nada». En cambio es bueno preguntarse si el drama de tanta gente «entra en mi corazón» o si soy exactamente «como ese rico» del cual habla el Evangelio, en cuyo «corazón Lázaro jamás entró», del cual «tenían más piedad los perros». Y «si yo fuese así como ese rico, estaría en camino del pecado a la corrupción». «Por esto –concluyó Francisco refiriéndose a las palabras del Salmo 139 proclamadas en la antífona del inicio– pedimos al Señor: “Escruta, oh Señor, mi corazón; mira si mi camino es equivocado, si yo estoy en ese camino resbaladizo del pecado a la corrupción, del que no se puede volver atrás”». Porque, reiteró, «habitualmente el pecador, si se arrepiente, vuelve atrás; el corrupto difícilmente, porque está cerrado en sí mismo». Por eso «hoy la oración» que hay que hacer es precisamente: «Escruta, Señor, mi corazón y hazme entender en qué camino estoy, en qué camino estoy yendo».

Al finalizar la celebración, el Papa dirigió un saludo especial a los cardenales Angelo Comastri y Crescenzio Sepe que concelebraron con él con motivo de los cincuenta años de su ordenación sacerdotal.

Fuente: L’Osservatore Romano

Para dar valentía a los más pobres

Levantar a los pobres, dándoles valentía y esperanza: es lo que hacen desde hace cuatrocientos años las Confradías de la caridad, fundadas por san Vicente de Paúl, cuyo carisma fue recordado por el Papa Francisco en una carta enviada a los miembros de la Association International des Charités (Aic). Publicamos una traducción del texto original en francés.

A los miembros de la Asociación Internacional de Caridades (AIC)

En este año 2017 celebráis los 400 años de las primeras Cofradías de la Caridad, fundadas por San Vicente de Paúl en Châtillon. Con alegría me uno espiritualmente a vosotros para celebrar este aniversario y deseo vivamente que esta buena obra continúe su misión de llevar un auténtico testimonio de la misericordia de Dios a los más pobres. ¡Que este aniversario sea para vosotros una oportunidad para dar gracias a Dios por sus dones y para abriros a sus sorpresas, para discernir, bajo el soplo del Espíritu Santo, nuevos caminos para que el servicio de la caridad sea siempre más fecundo!

Las Cofradías de la Caridad nacen de la ternura y de la compasión del corazón de san Vicente por los más pobres, a menudo marginados o abandonados en los campos y en las ciudades. Su trabajo entre ellos y con ellos, quería reflejar la bondad de Dios por sus criaturas. Veía a los pobres como representantes de Jesucristo, como los miembros de su cuerpo sufriente; había entendido que también los pobres son llamados a edificar la Iglesia y que a su vez nos habrían convertido.

Siguiendo el ejemplo a Vicente de Paúl que había confiado el cuidado de los pobres a los laicos, especialmente a las mujeres, vuestra Asociación quiere promover el desarrollo de las personas más necesitadas y aliviar las pobrezas y los sufrimientos materiales, físicos, morales y espirituales. Y el fundamento de este compromiso se encuentra en la Providencia de Dios.

¿Qué es la Providencia si no el amor de Dios, que actúa en el mundo y pide nuestra cooperación? También hoy me gustaría animaros a acompañar a la persona en su integridad, prestando especial atención a la precariedad de las condiciones de vida de muchas mujeres y niños. La vida de fe, la vida unida a Cristo, nos permite percibir la realidad de la persona, su dignidad incomparable, no como una realidad limitada a los bienes materiales, a los problemas sociales, económicos y políticos, sino verla como un ser creado a imagen y semejanza de Dios, como un hermano o una hermana, como nuestro prójimo del que somos responsables. Para “ver” estas pobrezas y acercarse a ellas, no basta seguir grandes ideas sino vivir del misterio de la Encarnación, ese misterio tan amado por San Vicente de Paúl, misterio de ese Dios que se abajó haciéndose hombre, que vivió entre nosotros y murió “para levantar al hombre y salvarlo”. No son hermosas palabras, ya que “se trata propio del ser mismo y de la acción de Dios”. Este es el realismo que estamos llamados a vivir como Iglesia. Por eso la promoción humana y la liberación auténtica del hombre no existen sin el anuncio del Evangelio «porque el aspecto más sublime de la dignidad humana se encuentra en esta vocación del ser humano a la comunión con Dios».

En la bula de convocación para la apertura del Año Jubilar, manifestaba el deseo de que «¡los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! (n. 5)». Os invito a seguir este camino. La credibilidad de la Iglesia pasa por el camino del amor misericordioso y de la compasión que abren a la esperanza. Esta credibilidad pasa también por vuestro testimonio personal: no se trata solamente de encontrar a Cristo en los pobres, sino también de hacer que los pobres perciban a Cristo en vosotros y en vuestro actuar. Si estáis enraizados en la experiencia personal de Cristo podréis contribuir así a una «cultura de la misericordia» que renueva profundamente los corazones y abra a una nueva realidad.

Por último, os invito a contemplar el carisma de santa Luisa de Marillach, a quien san Vicente confió la animación y la coordinación de las Cofradías de la Caridad, y a encontrar en ella esa finura y esa delicadeza de la misericordia que nunca hiere ni humilla a nadie, sino que levanta y vuelve a dar valor y esperanza.

Encomendándoos a la intercesión de la Virgen María, y a la protección de san Vicente de Paúl y de santa Luisa de Marillac, os imparto la bendición apostólica y ¡os pido que recéis por m!.

Fuente: L’Osservatore Romano

La voz de la mujer

Las mujeres irrumpieron en la escena de la pasión de Jesús según Mateo, haciendo sentir con discreción su presencia y su voz y pidiendo así «hacer que hoy en la Iglesias sus palabras no sean ignoradas». Y precisamente para reforzar esta convicción, el padre Giulio Michelini quiso dar espacio a la contribución de un matrimonio, Mariateresa Zattoni y Gilberto Gillini, durante los ejercicios espirituales para el Papa y la Curia romana, que propusieron el perfil de la mujer de Pilato y «su intento fallido de salvar a Jesús».

Tienen el mismo hilo conductor la sexta y la séptima meditación que el predicador propuso respectivamente en la tarde del miércoles 8 y en la mañana del jueves 9 de marzo en Ariccia. «La muerte de Jesús es verdadera y no solo aparente» fue el punto de partida elegido por el predicador para su séptima reflexión, dedicada expresamente a la «muerte del Mesías» (Mateo 27, 45-56).

Por otra parte, precisó, «algunos detalles del pasaje evangélico son tan incómodos que para los exégetas representan precisamente indicios de historicidad, sobre la base del llamado “criterio de la vergüenza”: el primero de todos, el sentido de abandono que Jesús sintió en la cruz». Pero «para agudizar el sentido de abandono — explicó— está la incomprensión de Jesús por parte de quien está asistiendo» a la crucifixión. De hecho, «en los tres Evangelios sinópticos, aquellos que están bajo la cruz no entienden qué está sucediendo y cómo muere el Mesías: creen que Jesús llama a Elías». Y este «malentendido» es «una última tortura».

Sin embargo, como es sabido, en la cruz «Jesús está llamado al Padre, pero el Padre calla y no interviene: aquí está el otro elemento vergonzoso de todo el pasaje». Precisamente «sobre el grito al Padre — señaló el predicador — ha escrito algunas líneas bellísimas el escritor israelí Amos Oz», el cual describe la muerte de Jesús «desde el punto de vista de Judas que está asistiendo a la crucifixión esperando que no muera». Oz piensa que sobre todo Jesús llama más veces a la madre. Por otro lado, es un hecho que las mujeres asistieron a la crucifixión. Y precisamente bajo la cruz María es vista también como madre de la Iglesia.

Queda preguntarse, siguió el predicador, por qué «tantos malentendidos en los Evangelios, en las relaciones de Jesús con adversarios y apóstoles». Cristo «es continuamente malentendido, es un verdadero Iesus incomprehensus», que no es «reconocido, acogido, entendido». Se podría decir, según el religioso «que los malentendidos son mecanismos de defensa: las ciencias del lenguaje muestran cómo en la comunicación entran en juego el contenido y las relaciones entre los comunicados. A menudo se está de acuerdo sobre el objeto pero si la relación está comprometida, y hay obstáculos de tipo humano, entonces el contenido pasa a un segundo plano».

Por su parte, «Jesús no dejó de explicar y volver a explicar a los discípulos y adversarios las cosas que no comprendían. Pero desde la cruz no puede explicar nada más, aunque es la cruz la que explica todo: así Jesús no puede aclarar que no está llamando a Elías, puede solo encomendarse al Espíritu para que sea el Espíritu quien explique lo que no había conseguido hacer comprender». Una lección que vale también para cada cristiano, señaló Michelini invitando a preguntarse: «¿Cómo reacciono cuando los otros no me entienden o cuándo me siento incomprendido?». Y la sugerencia es la de verificar «si puedo mejorar mi comunicación» y, por tanto, «acoger la incomprensión con humildad». Pero también dejar de lado «orgullo y cabezonería» buscando siempre entender a los otros.

Significativa también, añadió, la combinación entre «la figura del centurión bajo la cruz», que golpea a Jesús con la lanza, y la del «centurión de Carfarnaún», para el que el Señor sana un ser querido: «Si Jesús pone a los soldados la otra mejilla, al centurión de Cafarnaún, como al que está bajo la cruz, pone su costado del cual se derramará agua y sangre para perdonar los pecados». Y así, a este punto de la meditación, el predicador introdujo «una cuestión un poco técnica de crítica textual, meramente filológica, pero de gran interés teológico». En el Evangelio de Mateo, de hecho, «se afirma que el golpe de lanza se da antes de la muerte de Jesús y no después, como en el Evangelio de Juan. Jesús, de esta forma, grita por el dolor y su grito no está separado del contexto sino causado precisamente por el golpe de lanza». Además «la sangre de Jesús para Mateo es la salvación de los pecados del mundo». Concluyendo, el religiosos invitó a saber «acoger la presencia de Dios» no solo «en los signos sorprendentes» sino sobre todo «en la ordinariedad de lo cotidiano y en la mirada del otro».

La sexta meditación, en la tarde del miércoles 8 de marzo, «fue caracterizada no solamente por su contenido» — el proceso romano a Jesús, la muerte de Pilato y los sueños de Dios (Mateo 27, 11-26) — «sino también por la modalidad en la que fue preparada», explicó el mismo Michelini. Fue de hecho escrita con una pareja de esposos, Mariateresa Zattoni y Gilberto Gillini. El franciscano colabora con ellos «desde hace varios años predicando ejercicios espirituales a las familias y para otros encuentros de formación». Juntos han escrito algunos libros «que presentan una doble forma de lectura del texto bíblico, exegética y contexto familiar». El predicador se mostró convencido de que «la lectura y la exégesis de la Escritura no son una prerrogativa de los consagrados o de los que trabajan en ello, y que las parejas y las familias deben ser ayudadas a practicarla: algo que hasta ahora — observó — no parece que se haya hecho de forma convencida en nuestra Iglesia».

Para la meditación, Michelini se inspiró en el proceso romano, apuntado hacia la elección hecha por Poncio Pilato, entre Jesús y Barrabás. Y recordó la interpretación dada por Benedicto XVI sobre una variante textual, registrada por Orígenes, sobre el nombre de Barrabás que sería «el mismo de Jesús». Así explicó cómo este elemento es «importante para entender el complejo sistema con el que el evangelista Mateo ve la eficacia de la sangre de Jesús para el perdón de los pecados. Este sistema teológico puesto en marcha por Mateo no nos debe hacer perder de vista la dimensión humana de un hecho aparentemente descontado y que es de una gravedad inaudita: dos hombres están el uno frente al otro; solo uno sobrevivirá».

Al respecto, el predicador hizo referencia a la novela de William Styron, Sophie’s choice (1979): contada por una joven madre polaca deportada a Auschwitz obligada por un oficial nazi a elegir cuál de sus dos hijos enviaba a la muerte. Con este matiz, el religioso recordó cómo «lamentablemente el pueblo hebreo ha sido, durante siglos, acusado de deicidio por los cristianos: finalmente esta absurda acusación fue desmontada a todos los niveles». Pero, insistió, «según la pasión de Mateo, esta acusación nunca tendría que haberse realizado, como en el caso de Sophie, obligada a mandar a la muerte a la propia hija, la responsabilidad de esta terrible decisión viene de quien ha puesto a la multitud la condición de elegir, es decir el prefecto romano».

Y para delinear la figura de la mujer de Pilato, el franciscano dio espacio a la contribución preparada por la pareja de esposos. «En el medio de la Pasión de Jesús según Mateo irrumpe una mujer», indican enseguida los cónyuges, destacando cómo «en el juego de poder masculino, la complicidad entre un sumo sacerdote y Pilato, irrumpe precisamente la voz tenue de una mujer. Pero solo a través de un mensajero, porque mientras los hombres juegan su partida no le está permitido acercarse». Aún así «la mujer de Pilato puede legitimarse frente a estos hombres porque, dice, “ha sufrido mucho” por ese “injusto”» (Mateo 27, 19).

La mujer hace «un acto de amor hacia el marido» comunicándole su sueño». Y «deseamos — es el deseo de los dos comentaristas — que las mujeres sean siempre capaces de este lenguaje y no se conviertan en papagayos de hombres cuando están jugando sus partidas de poder». En resumen, desde «detrás de la escena» la mujer, impotente, hace escuchar su voz y opone su sueño a los juegos de poder a ese justo: «pero un intento que fue al vacío». De hecho Pilato «se lava las manos, mostrando que él no tiene que ver»: es más, parece incluso haber escuchado la sugerencia de la mujer de «no tener que ver con ese justo» y quizá, «por la noche en casa, le habrá dicho que más que eso no podía hacer para salvarlo». Pero, es la conclusión de los dos cónyuges, «así la pareja se traiciona a sí misma, la alianza conyugal es malentendida, es reducida al propio interés, a la voluntad de tener razón que mata el amor».

Finalmente, en la última parte de la meditación, Michelini examinó «los cinco sueños del Evangelio de la infancia según Mateo, y el sueño de la mujer de Pilato». Estos sueños «deben ser vistos en su conjunto, porque representan lo que podremos llamar el “sueño de Dios”: la salvación del hijo, que a través de los sueños desde el inicio del Evangelio escapa de quien lo quiere matar». Pero «si José y los magos entienden lo que deben hacer, y no obstante la debilidad de lo recibido lo ponen en práctica, Pilato sin embargo no escucha la voz de la mujer, no escucha los sueños, le interesa solo, como ya sucedió con Herodes, conservar el poder». Una cuestión que toca de cerca a los creyentes, hasta empujarles a preguntarse «cuál es mi sueño hoy y si corresponde, en cuanto puedo entender, al sueño de Dios para mí».

Fuente: L’Osservatore Romano