Los jóvenes y la cuestión sexual

En nuestra sociedad «hipersexuada», en la cual el sexo es usado para vender cualquier producto y propuesto como solución para todas las cuestiones existenciales, ¿cómo se puede pensar en evitarlo cuando se afronta el tema de los jóvenes?, ¿cómo se propone el próximo sínodo? La definición de la propia indentidad sexual y la búsqueda de un equilibrio en el modo de vivir el sexo constituyen efectivamente un problema central y agobiante para los jóvenes de hoy, creyentes o no, y son de todas formas un momento fundamental de su proceso de discernimiento interior, en vista de la elección de su vocación.

Es un proceso de discernimiento que procede necesariamente de manera diversa si se trata de un chico o de una chica, que viven hoy, precisamente desde el punto de vista de su relación con la sexualidad, situaciones diversas y contrastantes. Se trata de un tema que no hay que tratarlo de manera abstracta, porque terminaría enseguida por convertirse en un catálogo de normas, una moral que hoy tiene poquísimas posibilidades de ser realmente compartida.

Por esto es útil la lectura del libro Una juventud sexualmente liberada (o casi), publicado en Italia por Sonzogno y escrito por una sexóloga treintañera, Thérèse Hargot, que se define una nieta de la revolución sexual, casada y madre de tres niños. Una feliz excepción en el panorama actual, que la lleva a mirar con ojo crítico a lo políticamente correcto de la ideología sexual que condiciona la vida de sus coetáneos, pero también de sus alumnos, que van de los diez a los dieciocho años.

Hargot descubre sobre todo que hoy «el individuo cree vivir una vida sexual y afectiva desvinculada de las prohibiciones, de las reglas y de las instituciones pero en realidad adhiere a cada punto, y sin saberlo, a los “es necesario”, “se debe” y “es normal” de su época, a los nuevos mandamientos». Porque en una sociedad en la cual la necesidad de seguridad es exacerbada por la desorientación general, la norma tranquiliza, particularmente en la adolescencia, y por este motivo, «lejos de ser una prueba de libertad, el discurso de los adolescentes sobre la sexualidad es el producto de un condicionamiento».

La primera realidad que la sexóloga belga desvela sin piedad ante nuestros ojos es la del uso desgraciadamente difusísimo y extendido de la pornografía que constituye, sobre todo para los hombres, la primera vía de conocimiento de la sexualidad, el primer y a menudo único modelo en la materia. Casi siempre al inicio impuesta o sugerida por alguien más grande que ellos, constituye una especie de violación, «una violación dela imaginación». Es una práctica que condiciona las relaciones que estos jóvenes tendrán con las mujeres, consideradas objetos de placer, y que les hace muy menudo, también en los años sucesivos, dependientes del uso del porno e incapaces de dominar sus propios impulsos sexuales.

Por otra parte, la banalización del sexo aumenta el peso de los sentimientos, por lo que la pareja, también entre los jovencísimos, es concebida solo como alegría y felicidad, es decir se convierte en un bien refugio, en cuyo interior uno espera ser curado, salvado. Se vive sumergidos en lo emocional, creando ya desde jovencísimos relaciones de pareja muy estrechas pero que se rompen ante el primer obstáculo, sin dar espacio a la inteligencia y a la voluntad. De la pareja, en definitiva, se espera demasiado, y demasiado pronto.

Pero el problema más grave para los jóvenes de hoy individuado por Hargot es la definición de la propia orientación sexual porque –se pregunta– «¿cómo determinar la propia identidad cuando esta es en función de sus propios deseos?». Definirse así mismos en base a los deseos no puede sino generar confusión, y la dignidad humana es pisoteada si se piensa que la búsqueda existencial, típica y necesaria en la adolescencia, se basa solo en las experiencias sexuales. La autora traslada entonces el problema juvenil a interrogantes fundamentales de la filosofía existencial, partiendo siempre de las cuestiones concretas que les ve vivir.

Las enfermedades, el aborto, la anticoncepción, la relación con los padres, todos los problemas centrales en la vida de los jóvenes, son afrontados por la estudiosa prestando una constante atención a la diferencia entre hombres y mujeres, y explícitamente con la intención de liberarlos de un condicionamiento peligroso –el ideológico– por su crecimiento. Pero para indicar un camino diverso es necesario saber cuál es la condición de la que parten, conocer su realidad. Precisamente para el libro, que extrae sus reflexiones de la experiencia concreta, de jóvenes verdaderos, de sus preguntas, constituye una sugerencia muy valiosa.

Fuente: L’Osservatore Romano

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