Muerte y odio no tienen la última palabra

«La muerte y el odio no son solo las últimas palabras pronunciadas sobre la parábola de la existencia humana». Lo recordó el Papa en la audiencia general del miércoles 23 de agosto, en el Aula Pablo VI, hablando del «horizonte último del camino del creyente: la Jerusalén del cielo».

Para Francisco la esperanza cristiana se funda en «la fe en Dios que siempre crea novedad». Por esto el creyente no puede caminar «con la mirada dirigida hacia abajo» sin levantar nunca los ojos hacia el horizonte, «como si todo nuestro camino se apagase aquí en el palmo de pocos metros de viaje; como si en nuestra vida no hubiese ninguna meta y ningún puerto». Sino que por el contrario, su meta es el encuentro con el Padre de la «Jerusalén celestial»: una especie de «inmensa tienda, donde Dios acoge a todos los hombres para habitar definitivamente con ellos».

Haciendo referencia a la dramática actualidad de estos días, el Pontífice invitó a los fieles a pensar en las muchas «noticias tristes ante las cuales todos corremos el riesgo de acostumbrarnos». Pero también les exhortó a considerar que «hay un Padre que llora con nosotros» y «que nos espera para consolarnos». Esta «es la gran visión de la esperanza cristiana, que se dilata todos los días de nuestra existencia».

Tener esta fe, por ello, conlleva «una nueva perspectiva». Y si alguien cree que la vida sea solo «un lento decaimiento» y no tenga algún sentido, el cristiano sabe en cambio que «en el horizonte del hombre hay un sol que ilumina para siempre. Creemos –aseguró el Papa– que nuestros días más bonitos deben llegar todavía. Somos gente más de primavera que de otoño»: es decir, gente «que espera la flor, que espera el fruto, que espera el sol que es Jesús».

Desde esta perspectiva, «el abrazo de Dios que nos espera al final, pero que ya desde ahora nos acompaña y nos consuela en el camino», conduciéndonos «a la gran “tienda” de Dios» donde «llevaremos el recuerdo de los días vividos aquí abajo. Y será bonito –dijo Francisco– descubrir en ese instante que nada se ha perdido, ninguna sonrisa y ninguna lágrima. Por mucho que nuestra vida haya sido larga, nos parecerá haber vivido en un suspiro. Y que la creación no se ha detenido en el sexto día del Génesis, sino que ha proseguido infatigable, porque Dios siempre se ha preocupado por nosotros». Ese día, concluyó, «nosotros seremos verdaderamente felices, y lloraremos. Sí: pero lloraremos de alegría».

Fuente: L’Osservatore Romano

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s