Frente a Dios todos con las manos vacías

Destino paraíso: en la audiencia general de miércoles, 25 de octubre, el Papa concluyó el ciclo de reflexiones dedicadas al tema de la esperanza cristiana releído a la luz de las Escrituras, hablando a los fieles presentes en la plaza San Pedro de la meta final de la existencia. A propósito remarcó con fuerza que «el paraíso no es un lugar de fábula ni mucho menos un jardín encantado», sino que «es el abrazo con Dios, amor infinito», en el que se entra «gracias a Jesús, que murió en la cruz por nosotros». De hecho, explicó Francisco, donde está Jesús hay «misericordia y felicidad», mientras que sin Él hay «frío y tinieblas».

«El paraíso, meta de nuestra esperanza» fue el hilo conductor de la trigésima y última catequesis sobre el tema, centrada en el pasaje del Evangelio de San Lucas que cuenta el diálogo entre Cristo crucificado y el buen ladrón (23, 33.38-43). El Pontífice expuso que “paraíso” «es una de las últimas palabras pronunciadas por Jesús», a través de las que «alcanza el extremo de su encarnación, de su solidaridad con nosotros, pecadores». De hecho, evidenció el Papa, «la última cita» de Cristo es «con un pecador, para abrir también para él las puertas de su reino». Y esto fue considerado por Francisco como particularmente “interesante” junto al hecho de que en esa coyuntura «es la única vez que la palabra “paraíso” aparece en los evangelios». Y añadió, «Jesús se lo promete a un “pobre diablo” que sobre la madera de la cruz tuvo el coraje de dirigirle la más humilde de las peticiones. No tenía obras de bien que hacer valer, no tenía nada, pero se confía a Jesús, que reconoce como inocente, bueno, diverso de él».

Entonces, alcaró el Papa, «el buen ladrón nos recuerda nuestra verdadera condición frente a Dios: que nosotros somos sus hijos, que Él siente compasión por nosotros» y «que se derrumba cada vez que le manifestamos la nostalgia de su amor». Un verdadero y propio “milagro” que se repite innumerables veces, por ejemplo «en las habitaciones de tantos hospitales o en las celdas de las prisiones: no hay persona, por mal que haya vivido a la que le quede solo la desesperación o le sea prohibida la gracia. Frente a Dios nos presentamos todos con las manos vacías. Y cada vez que un hombre, haciendo el último examen de conciencia de su vida, descubre que las faltas superan ampliamente a las buenas obras, no debe desanimarse, sino confiarse en la misericordia» divina. ¿Por qué? La respuesta está clara: «Dios es Padre y hasta el último momento espera nuestro retorno».

Por eso, concluyó Francisco, en la hora de la muerte el cristiano repite a Jesús: “acuérdate de mí”. Y si incluso no hubiera nadie que se acordara de nosotros, Jesús está allí, junto a nosotros. Quiere llevarnos al lugar más hermoso que existe. Nos quiere llevar allí con lo poco o mucho bueno que haya habido en nuestra vida, porque nada se pierde de lo que él había ya redimido. Y en la casa del Padre llevará también todo lo que en nosotros aun tenga necesidad de redención: las faltas y los errores de una vida entera». Por eso, «si creemos en esto, la muerte deja de darnos miedo».

Fuente: L’Osservatore Romano

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