Donde Dios habla a la humanidad

 

Antes de la audiencia general del miércoles 6 de diciembre, en la sala junto al Aula Pablo VI, el Papa recibió a los participantes de la reunión entre el Pontificio consejo para el diálogo interreligioso y la correspondiente comisión del Estado de Palestina, que tuvo lugar el día precedente, martes 5. La delegación palestina guiada por su presidente Mahmoud Al-Habbash, juez supremo, estaba compuesta por Ziad Al-Bandak, Adnan Al-Husseini, Issa Kassisieh y Ammar Al-Nisnas. Con ellos estaba la señora May Al-Kaila, embajadora del Estado de Palestina en Italia. Por el dicasterio vaticano estaba presente el cardenal presidente Jean-Louis Tauran, el obispo secretario Miguel Ángel Ayuso Guixot y monseñor Khaled Akasheh, jefe de oficina para el islam. Las dos partes han decidido instituir un Grupo de trabajo permanente, a través de la firma de un memorándum de entendimiento.

En su discurso el Pontífice subrayó que la “condición primaria” del diálogo “es el respeto recíproco y, al mismo tiempo, mirar y consolidar este respeto con el fin de reconocer a todas las personas, allá donde se encuentra, sus derechos”.

“Deseo – añadió- que vuestras consultas conduzcan a crear un espacio de sincero diálogo a favor de todos los componentes de la sociedad palestina, en particular de la cristiana, considerada su pequeña consistencia numérica y los desafíos a los cuales está llamada a responder, especialmente en lo que se refiere a la emigración”.

Fuente: L’Osservatore Romano

Dejémonos consolar

Apegado como está a lo «negativo», a las «heridas del pecado» que lleva dentro de él, a menudo al hombre le cuesta «dejarse consolar» por Dios. Sin embargo, la Iglesia, en este tiempo de Adviento, invita a cada uno a reaccionar, a liberarse de los propios errores y tener «valentía» porque Jesús viene, y viene precisamente a traer «consolación».

Este es el mensaje que el Papa Francisco, durante la misa celebrada el lunes por la mañana 11 de diciembre en Santa Marta, evidenció de la liturgia del día. La reflexión del Pontífice partió de hecho del pasaje del profeta Isaías (35, 1-10) en el cual, «de una forma un poco bucólica», se anticipa la parte dedicada a la «consolación de Israel», al Señor que, «consuela a su pueblo, promete la consolación, allí hace volver del exilio, donde está la tristeza, la esclavitud…». A aquellos que «no pueden cantar, no consiguen cantar, lloran…», el Señor «promete la consolación».

Reflexionando sobre cuánto Dios ha realizado por los israelitas, el Papa recordó cómo san Ignacio dijo «que es bueno contemplar el oficio de consolador de Cristo nuestro Señor, comparándolo con el modo como algunos amigos consuelan a los otros». Y respecto al hecho de que «el Señor vino a consolarnos», sugirió, por ejemplo, pensar «en la mañana de la resurrección en la narración de Lucas, cuando Jesús apareció a los apóstoles: “Había tanta alegría – dice el Evangelio – que no se lo podían creer». Así, dijo, «muchas veces, la consolación del Señor nos parece una maravilla, algo no real».

Pero, observó, «no es fácil dejarse consolar; es más fácil consolar a los otros que dejarse consolar». De hecho «muchas veces, nosotros estamos apegados a lo negativo, estamos apegados a la herida del pecado dentro de nosotros y, muchas veces, está la preferencia de permanecer ahí, solo. Como el parálítico del Evangelio que se quedaba en la cama. En ciertas situaciones, la palabra de Jesús es siempre “¡Levántate!”». Y también nosotros, subrayó Francisco, «tenemos miedo». Por otro lado, añadió, «nosotros en lo negativo somos dueños, porque tenemos la herida dentro, de lo negativo, del pecado; sin embargo en lo positivo somos mendicantes y no nos gusta mendigar, mendigar la consolación».

Al respecto, el Pontífice puso dos ejemplos de situaciones en las que el hombre prefiere «no dejarse consolar».

Está, en primer lugar, «la actitud de resentimiento». Esto, cuando «nuestra preferencia es por el resentimiento, el rencor», y nosotros «cocinamos nuestros sentimientos en ese caldo, el caldo del resentimiento». En esas situaciones el hombre tiene «un corazón amargo, como si dijera: “Mi tesoro es mi amargura; allí estoy yo, con mi amargura”». Un ejemplo se encuentra en el Evangelio, en el episodio del paralítico de la piscina de Siloé: «treinta y ocho años allí, con su amargura, y siempre explicando: “Pero no es mi culpa porque cuando se mueven las aguas nadie me ayuda”». Razonaba siempre «en negativo». Comentó el Papa: «Por esos corazones amargos es más bonito el amargo que el dulce. La amargura como explicación».

De la misma manera mucha gente prefiere esta «raíz amarga» que «nos lleva con la memoria al pecado original, el pecado que nos ha herido». Y es una forma «de no dejarse consolar». Se prefiere decir: «”No, no, no molestar, déjame aquí”. Derrotado».

Está después la actitud de los «lamentos». El hombre y la mujer «que se lamentan siempre; en vez de alabar a Dios, se lamentan delante de Dios. Y los lamentos que son la música que acompañan esa vida». Al respecto, el Papa recordó cómo santa Teresa de Ávila dijo: «Ay de la monja que dice: “me han hecho una injusticia, me han hecho algo no razonable”, ay». Y también hizo referencia a la situación bíblica del profeta Jonás, «el premio Nobel de los lamentos». Jonás, de hecho, «huyó de Dios porque se quejaba de que Dios le había perjudicado y se fue allí, después se ahogó, el pez se lo tragó. Y después volvió a la misión y después de hacer la misión, en vez de alegrarse por la conversión, el amargado viene y se lamenta: “Yo sabía que tú eras así y siempre salvabas a la gente…”, y se queja porque Dios salva a la gente». Porque, añadió, «también en los lamentos hay cosas contradictorias».

Una actitud que el Pontífice ha encontrado también en el hombre contemporáneo: «Nosotros vivimos muchas veces respirando lamentos, somos proclives a los lamentos y podemos describir muchas personas así que se lamentan». Y puso el ejemplo de un sacerdote que él conoció en pasado: «un buen sacerdote, bueno, bueno, pero era el pesimismo encarnado y siempre se lamentaba por todo, tenía la cualidad de “encontrar la mosca en la leche”. Se trataba, continuó, de un buen sacerdote, del que se decía que era «muy misericordioso en el confesionario». Pero tenía este defecto de quejarse siempre, tanto que sus compañeros de presbiterio bromeaban diciendo que cuando muriera y «fuera al cielo», lo primero que diría a san Pedro, «en vez de saludarlo», sería: «¿dónde está el infierno?». E incluso una vez visto el infierno, preguntaría a san Pedro: “Pero ¿cuántos condenados hay?” – “Solamente uno” – “Ah, que desastre la redención…”. Solo lamentos, solo lo negativo.

Pero de frente «a la amargura, el rencor, los lamentos», explicó el Papa, «la palabra de la Iglesia de hoy es “valentía”». Una palabra repetida por el profeta Isaías: «¡Ánimo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene vengador, es la recompensar de Dios, él vendrá y os salvará». Un mensaje claro para cada creyente: «Ánimo, él te consolará. Fíate de él. Ánimo».

Y es también, dijo Francisco, «la misma palabra que dice Jesús: “ánimo”». Por ejemplo, la repite a esos hombres que querían que su amigo fuera sanado. Aquellos, no obstante las dificultades («Pero no se puede entrar, Señor, mucha gente… cómo podemos hacer…»), «subieron al techo y teja tras teja, una tras otra, hicieron un agujero y le hicieron bajar. En ese momento no pensaron: “Pero están los escribas, están los policías, si nos agarran nos llevarán a la cárcel…”. No, no pensaron esto. Solamente querían la sanación, querían que el Señor les consolara a ellos y a su amigo».

Para confirmar el concepto, el Pontífice retomó las palabras de Isaías: «¡Ánimo! Ánimo, no temáis, fortaleced las manos débiles”: las manos son débiles, fortalecedlas, ánimo. “Afianzad las rodillas vacilantes”: ánimo, adelante, hay rodillas vacilantes… sí, pero adelante, ánimo. “Decid a los de corazón intranquilo — a aquellos que tienen rencor, que viven de los lamentos —: “He aquí vuestro Dios que viene a salvaros”».

El de la liturgia de hoy, dijo el Papa, «es un mensaje muy bonito y muy positivo: dejarse consolar por el Señor». También si no es fácil, «porque para dejarse consolar por el Señor» es necesario «despojarse de nuestros egoísmo, de esas cosas que son el propio tesoro, ya sea la amargura, como los lamentos, o tantas cosas». Por eso, añadió, «nos hará bien hoy, a cada uno de nosotros, hacer un examen de conciencia: ¿Cómo está mi corazón? ¿Tengo alguna amargura ahí? ¿Tengo alguna tristeza?», y preguntarse: «¿Cómo es mi lenguaje? ¿Es de alabanza a Dios, de belleza o siempre de lamentos?». Y después «pedir al Señor la gracia de la valentía, porque en la valentía viene Él a consolarlos».

Fuente: L’Osservatore Romano

Medidas eficaces para ayudar a los refugiados

El Papa Francisco rindió homenaje al «el espíritu de generosidad y solidaridad » con el que Bangladés ha atendido «a los refugiados llegados en masa del Estado de Rakhine, dándoles refugio temporal y lo necesario para la vida». Nada más llegar al país asiático, segunda meta del viaje iniciado el Myanmar, el Pontífice quiso reconocer públicamente el impresionante «impulso humanitario» con el que la comunidad nacional — «con no poco sacrificio» y «todo el mundo lo ha podido contemplar» remarcó— se ha movilizado para dar acogida a los refugiados.

Frente a los representantes del mundo político, académico y civil — con quienes se reunió en la tarde del jueves 30 de noviembre, en el palacio presidencial en la capital Daca — Francisco denunció con fuerza a la opinión pública mundial la «graverdad de la situación» y las «precarias condiciones» en las que viven «tantos de nuestros hermanos y hermanas, la mayoría de los cuales son mujeres y niños, hacinados en los campos de refugiados». E invocó explícitamente el compromiso de la comunidad internacional, solicitándola que tome «medidas decisivas para hacer frente a esta grave crisis, no sólo trabajando para resolver los problemas políticos que han provocado el desplazamiento masivo de personas, sino también ofreciendo asistencia material inmediata a Bangladesh en su esfuerzo por responder eficazmente a las urgentes necesidades humanas».

El Papa también pidió al país de proseguir en el esfuerzo de edificar «una sociedad moderna, plural e inclusiva», en la cual cada uno pueda «vivir en libertad, paz y seguridad, respetando la innata dignidad y la igualdad de derechos para todos». Solo, de hecho, «a través del diálogo sincero y el respeto por la diversidad legítima — recordó — puede un pueblo reconciliar las divisiones, superar perspectivas unilaterales y reconocer la validez de los puntos de vista divergentes». Porque, explicó, «el verdadero diálogo mira hacia el futuro, construye la unidad en el servicio del bien común y se preocupa por las necesidades de todos los ciudadanos, especialmente de los pobres, los desfavorecidos y los que no tienen voz».

Del Pontífice, que no le faltó recordar el sanguinoso ataque terrorista del que fue víctima el país en julio del año pasado, vino también un nueva y clara condena del fundamentalismo religioso. «El santísimo nombre de Dios — aseguró — nunca se puede invocar para justificar el odio y la violencia contra otros seres humanos, nuestros semejantes». Por eso es esencial crear y mantener un clima de armonía entre los seguidores de las diferentes religiones, de forma que todos puedan «contribuir a promover los valores espirituales que son la base segura para una sociedad justa y pacífica».

La jornada del Papa se había abierto con el último encuentro público en programa en Myanmar: la misa en la catedral de Yangon en presencia de miles de ´jóvenes procedentes de todo el país. A ellos Francisco dirigió la invitación de no tener «miedo de hacer lío, de plantear preguntas que hagan pensar a la gente». Y les exhortó a que «gritéis, pero — explicó — no con vuestras voces, no, quiero que gritéis, para ser con vuestra vida, con vuestros corazones, signos de esperanza para los que están desanimados, una mano tendida para el enfermo, una sonrisa acogedora para el extranjero, un apoyo solícito para el que está solo».

Fuente: L’Osservatore Romano