Reconciliación y respeto de los derechos

La construcción de la paz es un camino «difícil» que «sólo puede avanzar a través del compromiso con la justicia y el respeto de los derechos humanos». Frente a las autoridades políticas y civiles de Myanmar, el Papa indicó el camino clave de la «reconciliación nacional» a un país que «ha sufrido y sigue sufriendo a causa de los conflictos civiles y de las hostilidades que durante demasiado tiempo han creado profundas divisiones».

En el discurso pronunciado en el auditorium dell’International Convention Centre de la capital Nay Pyi Taw el martes por la tarde, 28 de noviembre, en conclusión de la segunda jornada del viaje en Asia, Francisco reiteró que «el futuro de Myanmar debe ser la paz»: una paz, precisó, «basada en el respeto de la dignidad y de los derechos de cada miembro de la sociedad, en el respeto por cada grupo étnico y su identidad, en el respeto por el estado de derecho y un orden democrático que permita a cada individuo y a cada grupo —sin excluir a nadie— ofrecer su contribución legítima al bien común».

Respondiendo a las palabras de saludo de Aung San Suu Kyi, consejera de Estado y ministra de Asuntos Exteriores — que confirmó la necesidad de llevar adelante del proceso de paz en el país e hizo referencia a la difícil situación en el estado del Rakhine — el Pontífice indicó en la “curación de las heridas” la «prioridad política y espiritual fundamental» de Myanmar. Un desafío que debe tener como objetivo el de «poner fin a la violencia, generar confianza y garantizar el respeto de los derechos de quienes consideran esta tierra como su hogar».

En esta «gran tarea de reconciliación e integración nacional», los miembros de las diferentes comunidades religiosas están llamados a desempeñar un rol privilegiado. Sus diversidades, subrayó el Papa, «no deben ser una fuente de división y desconfianza, sino más bien un impulso para la unidad, el perdón, la tolerancia y una sabia construcción de la nación». Es así, de hecho, que las religiones «pueden contribuir también a erradicar las causas del conflicto, a construir puentes de diálogo, a buscar la justicia y ser una voz profética en favor de los que sufren».

Una entrega, esta, que Francisco había ya encomendado a un grupo de líderes religiosos con quienes se reunió en el arzobispado al inicio de la jornada. «En este tiempo que nos toca vivir — dijo saludándoles — experimentamos una tendencia mundial hacia la uniformidad, a hacer todo igual. Eso es matar la humanidad. Eso es una colonización cultural». Es necesario por tanto comprender, añadió, «la riqueza de nuestras diferencias ―étnicas, religiosas, populares―, y desde esas diferencias se da el diálogo. Y desde esas diferencias uno aprende del otro, como hermanos».

Fuente: L’Osservatore Romano

Señal de cercanía y esperanza

El Papa Francisco pidió a los fieles acompañarlo con la oración en el viaje a Myanmar y Bangladés. Lo hizo en el Ángelus recitado en la plaza San Pedro a mediodía el domingo 26 de noviembre, después de haber comentado la página evangélica del juicio universal. Después de la oración mariana, el Pontífice volvió a expresar su dolor por la masacre del viernes 24 en Egipto y recordó la beatificación en Argentina de madre Catalina de María Rodríguez, invitando después a los fieles a rezar por Ucrania, en recuerdo de la tragedia de Holodomor.

Fuente: L’Osservatore Romano

El camino de la curación

Solo hace un año la visita del Papa a Myanmar habría parecido «un puro sueño». Lo dijo el arzobispo de Rangún, el cardenal Charles Bo, en el saludo al Pontífice que había acabado de celebrar una misa en la que participaron católicos llegados de cada parte del país: muchas decenas de millares de personas que participaron en la liturgia con un recogimiento impresionante. «Somos como Zaqueo, en medio de las naciones no podíamos ver a nuestro pastor. Y como Zaqueo hemos sido llamados: baja, quiero detenerme en tu casa», dijo después el cardenal evocando así el episodio de la visita de Jesús al publicano narrada en el evangelio de Lucas al inicio de decimonoveno capítulo. Y ahora «volvamos a casa con una extraordinaria energía espiritual, orgullosos de ser católicos», porque «hoy se ha producido un milagro» exclamó el arzobispo.

El agradecimiento del cardenal, primero en vestir de purpurado en la historia del país, explicó como mejor no se hubiera podido hacer el significado de la visita, la primera a Myanmar de un Pontífice. Y, a su vez, fue presentado como un peregrino, llegado aquí «para escuchar y aprender de vosotros» y ofrecer «palabras de esperanza y consolación». Palabras que indicaron la vía de la curación de muchas heridas, «tanto visibles como invisibles». Un camino que la Iglesia, minoritaria pero realmente «viva» en esta nación, está concretamente llevando a «un gran número de hombres, mujeres y niños, sin distinciones de religión y de procedencia étnica» subrayó el Papa Francisco.

En un país casi completamente budista, el Pontífice se encontró después con su organismo religioso más importante, constituido por cuarenta monjes, en «una importante ocasión para renovar los lazos de amistad y respeto entre budistas y católicos», como hizo notar inmediatamente Bergoglio. Más allá de ser «una oportunidad para afirmar nuestro compromiso por la paz, el respeto de la dignidad humana y la justicia» y por ayudar a ambas religiones «a luchar por una mayor armonía en sus comunidades» añadió el Papa.

También en el discurso a los monjes volvió el motivo de la curación que Francisco había indicado pocas horas antes durante la misa, augurando que los budistas y los católicos puedan «caminar juntos a lo largo de este camino de curación y trabajar uno al lado del otro por el bien de cada habitante de esta tierra». En esta tarea de superar las consecuencias de los conflictos que han llenado de sangre durante décadas el país, la Iglesia católica es «un socio disponible» aseguró el Pontífice. Pero sin olvidar que «el gran desafío de nuestros días es el de ayudar a las personas a abrirse a los trascendental». Trabajando juntos para superar cada hostilidad, conscientes de una consonancia entre las dos tradiciones religiosas que afirman ambas la necesidad de superar el mal con el bien.

Y de curación el Papa habló finalmente, por tercera vez, a los obispos, en un discurso que articuló en otras dos palabras: acompañamiento y profecía. Dirigiéndose a los testigos del Evangelio que deben acompañar al rebaño, teniendo «el olor de las ovejas», como a menudo se repite, pero también «el olor de Dios». Sin olvidar que la primera tarea del obispo es la oración.

Fuente: L’Osservatore Romano