Tiempo de renovación

Un aliento «a vivir el periodo cuaresmal como ocasión de reconciliación y de renovación de la propia vida» fue dirigido por el Papa Francisco a los detenidos, al finalizar el Ángelus recitado en la plaza de San Pedro el domingo 18 de febrero.

Antes de la oración mariana el Pontífice había comentado el pasaje de la liturgia tomado del Evangelio de Marcos (1, 12-13), remarcando que «la Cuaresma es un tiempo de “agonismo” espiritual, de lucha espiritual: estamos llamados a afrontar el maligno mediante la oración para ser capaces, con la ayuda de Dios, de vencerlo en nuestra vida».

Al finalizar el Ángelus, Francisco invitó a los jóvenes a participar también a través de la red en la reunión presinodal que tendrá lugar en marzo en Roma. Finalmente pidió a los fieles un «recuerdo particular en la oración por mí y por mis colaboradores de la Curia romana, que esta tarde empezamos la semana de ejercicios espirituales».

Fuente: L’Osservatore Romano

El obstáculo más grande es el miedo

«Deseo que en la Iglesia se os confíen responsabilidades importantes, que se tenga la valentía de daros espacio; y vosotros, preparaos para asumir esta responsabilidad»: es el deseo expresado por el Papa Francisco en el mensaje por la XXXIII Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), que este año se celebra a nivel diocesano el próximo 25 de marzo, Domingo de Ramos.

Difundido la mañana del 22 de febrero, el texto pontificio hace referencia a las palabras dirigidas por el arcángel Gabriel a la Virgen de Nazaret. «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios» (Lucas 1, 30). A la madre de Jesús, señala el Papa, «se le confió una tarea importante, precisamente porque era joven». Y si como, prosigue Francisco actualizando la reflexión, «vosotros, jóvenes, tenéis fuerza» y energías, sería necesario emplearlas «para mejorar el mundo, empezando por la realidad más cercana». De aquí la invitación a preparar el encuentro de la JMJ de Panamá, prevista para enero de 2019, «alegría y el entusiasmo de quien quiere ser partícipe de una gran aventura».

Por otro lado, advierte el Papa exhortando a aceptar el desafío, la Jornada mundial de la juventud «es para los valientes», no para los que «sólo buscan comodidad y que retroceden ante las dificultades».

Cierto, el Pontífice es consciente de los muchos miedos que se insinúan en el alma de los jóvenes «cuando nos encontramos ante las decisiones fundamentales de las que depende lo que seremos y lo que haremos en este mundo. Es la «emoción» que sentimos frente a las decisiones sobre nuestro futuro». De hecho a menudo el obstáculo a la fe no es la incredulidad, sino el miedo.

Enumerando los principales temores de los jóvenes, Francisco señala también ese «miedo de «fondo» que es el de no ser amados, queridos, de no ser aceptados» que se refleja en la sensación de tener que «mostrarse distintos de lo que son en realidad» para «intentar adecuarse a estándares a menudo artificiales e inalcanzables». De ahí el recurrir continuamente a «“retoques fotográficos” de su imagen, escondiéndose detrás de máscaras y falsas identidades, hasta casi convertirse ellos mismos en un “fake”». Incluso el Papa ve en «muchos están obsesionados con recibir el mayor número posible de “me gusta”». Finalmente son todo señales de un «sentido de inadecuación» que «produce muchas incertidumbres», como las de quienes «tienen miedo a no ser capaces de encontrar una seguridad afectiva y quedarse solos».

En otros, continúa Francisco, «frente a la precariedad del trabajo, muchos tienen miedo a no poder alcanzar una situación profesional satisfactoria, a no ver cumplidos sus sueños». Ahí está por tanto la importancia del discernimiento y del diálogo con los adultos que tienen más experiencia. «Nunca -advierte el Papa- perdáis el gusto de disfrutar del encuentro». «No dejéis, queridos jóvenes, que el resplandor de la juventud se apague en la oscuridad de una habitación cerrada en la que la única ventana para ver el mundo sea el ordenador y el smartphone. Abrid las puertas de vuestra vida. Que vuestro ambiente y vuestro tiempo estén ocupados por personas concretas, relaciones profundas, con las que podáis compartir experiencias auténticas y reales en vuestra vida cotidiana».

Fuente: L’Osservatore Romano

La gracia de la vergüenza

Dos consejos espirituales del Papa Francisco para la Cuaresma: «no juzgar a los otros» y «pedir a Dios la gracia de la vergüenza por los propios pecados». Son «el juicio» y «la misericordia», con la sugerencia de una examen de conciencia personal, los puntos cardinales de la meditación del Pontífice en la misa celebrada el lunes por la mañana, 26 de febrero, en Santa Marta.

«La Cuaresma es un camino de purificación: la Iglesia nos prepara para la Pascua y nos enseña también a renovarnos, a convertirnos» hizo presente Francisco. Y «podemos decir que el mensaje de hoy es el juicio, porque todos nosotros seremos sometidos a juicio: todos». Tanto que «ninguno de nosotros podrá huir del juicio de Dios: el juicio personal y después el juicio universal».

«Bajo esta óptica —afirmó el Papa— la Iglesia nos hace reflexionar sobre dos actitudes: la actitud hacia el prójimo y la actitud con Dios». En particular respecto al «prójimo nos dice que no debemos juzgar: “No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Es más: perdonad y seréis perdonados”». Y «el Señor es claro en esto» explicó Francisco, citando el pasaje del Evangelio de Lucas (6, 36-38) propuesto por la liturgia del día.

Cierto, prosiguió el Pontífice, «cada uno de nosotros puede pensar: “yo nunca juzgo, yo no hago de juez». Pero «si nosotros buscamos en nuestra vida, en nuestras actitudes, ¡cuántas veces el argumento de nuestras conversaciones es juzgar a los otros!». Quizá también «un poco de forma natural» nos sale decir: «esto no va». Pero, insistió Francisco, «¿quién te ha hecho juez a ti?».

En realidad «este juzgar a los otros es algo feo, porque el único juez es el Señor». Por otro lado, «Jesús reconoce esta tendencia nuestra a juzgar a los otros» y nos avisó: «Estate atento, porque en la medida con la que tú juzgas, serás juzgado: si tú eres misericordioso, Dios será misericordioso contigo». Por tanto, «no juzgar».

Casi como si fuera un test, el Papa propuso: «Podemos hacernos esta pregunta: en las reuniones que nosotros tenemos, una comida, lo que sea, pensemos de dos horas de duración: de esas dos horas, ¿cuántos minutos se han gastado para juzgar a los otros?» Y si «esto es el “no”, ¿cuál es el “sí”? Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. Es más: sed generosos, “dad y se os dará”.». Pero «¿qué se me dará? “Una medida buena, apretada, llena y desbordante”» recordó Francisco citando una vez más el pasaje de Lucas. Y esto es «la abundancia de la generosidad del Señor, cuando nosotros estemos llenos de la abundancia de nuestra misericordia al no juzgar».

Francisco sugirió así pensar «un poco en esto: ¿yo juzgo a los otros? ¿Cómo juzgo? De la misma forma, yo seré juzgado. ¿Soy misericordioso con los otros? De la misma forma el Señor será misericordioso conmigo». Y «podemos —hoy, mañana, pasado mañana— tomar algunos minutos para pensar en estas cosas, y nos hará bien».

«La segunda parte del mensaje de la Iglesia de hoy —prosiguió— es la actitud con Dios». Y «es tan bonito como el profeta nos dice, cómo debe ser la actitud con Dios: humilde», explicó el Pontífice refiriéndose al pasaje bíblico de Daniel (9, 4-10). Por tanto, «tú eres Dios, yo soy pecador: el diálogo con Dios empieza siempre de esta adoración penitencial: tú eres Dios, yo soy pecador». Escribe, de hecho, Daniel: «Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus normas». En una palabra, «hemos pecado, Señor».

Pero precisamente «esta es la humildad delante de Dios. Cada uno de nosotros conoce los propios pecados y esto puede decirlo delante de Dios: Señor, he pecado, soy un pecador y “a ti la justicia”».

Por otro lado «nosotros sabemos que la justicia de Dios es misericordia, pero es necesario decirlo: “A ti, Señor, la justicia, a nosotros la vergüenza”». Y «cuando se encuentran la justicia de Dios con nuestra vergüenza, ahí está el perdón».

Al respecto, Francisco sugirió las preguntas para hacerse a uno mismo para un examen de conciencia: «¿Yo creo que he pecado contra el Señor? ¿Yo creo que el Señor es justo? ¿Yo creo que es misericordioso? ¿Yo me avergüenzo delante de Dios, de ser pecador?». Y la respuesta es «así de simple: “A ti la justicia, a mí la vergüenza”». Por tanto, debemos «pedir la gracia de la vergüenza».

«En mi lengua materna —confió el Papa— a la gente fea, mala, que hace el mal, se le llama “desvergonzado”, sin vergüenza». Por eso, insistió, debemos «por favor pedir la gracia de que nunca nos falte la vergüenza delante de Dios: “A ti la justicia, a mí la vergüenza”». Porque «la vergüenza es una gran gracia».

En conclusión, el Pontífice invitó a examinar nuestra «actitud hacia el prójimo», recordando «que con la medida con la que yo juzgo, seré juzgado». Por eso «no debo juzgar». Y «si digo algo sobre otro, que sea generosamente, con mucha misericordia». En cuanto a la «actitud delante de Dios», debe estar centrada en «este diálogo esencial: “A ti la justicia, a mí la vergüenza”».

Fuente: L’Osservatore Romano