Con los brazos abiertos

«La misericordia de Dios no conoce fronteras y con su ministerio son señal concreta de que la Iglesia no puede, no debe y no quiere crear ninguna barrera o dificultad que obstaculice el acceso al perdón». Por el resto, «el “hijo pródigo” no debió pasar por la aduana: fue acogido por el Padre, sin obstáculos». Lo subrayó el Papa en el largo y articulado discurso dirigido a los misioneros de la misericordia, recibidos en la Sala Regia del Palacio apostólico el martes por la mañana, 10 de abril.

Reunidos en Roma procedentes de los cinco continentes para el segundo encuentro con Francisco —organizado por el Pontificio consejo para la promoción de la nueva evangelización a dos años de la institución de este ministerio especial durante el jubileo extraordinario— más de 550 participaron después en la celebración eucarística presidida por el Pontífice en la basílica vaticana.

«Reflexionando sobre el gran servicio que han prestado a la Iglesia y sobre el bien que han hecho y ofrecido a muchos creyentes con su predicación y sobre todo con la celebración del sacramento de la Reconciliación —inició en Papa en la audiencia— he considerado oportuno que todavía durante un poco de tiempo su mandato pudiera ser prolongado». También porque, añadió, «he recibido muchos testimonios de conversiones que se han realizado a través de su servicio».

Después el Pontífice explicó cómo este ministerio específico no es una simple idea, sino que al contrario tiene «detrás una verdadera y propia doctrina», hundiendo las raíces en los textos bíblicos, en particular en el capítulo 49 del libro del profeta Isaías, definido como «un texto impregnado del tema de la misericordia». Hasta el punto de que san Pablo lo retoma en la segunda carta a los Corintios. «Y la primera indicación ofrecida por el apóstol —comentó Francisco— es que nosotros somos colaboradores de Dios» y que ello «presupone vivir el amor misericordioso que nosotros primero hemos experimentado».

El paso sucesivo fue sugerido al Pontífice de nuevo por Pablo, que a las palabras del profeta añade cómo es necesario «reconocer el actuar de la gracia y su primado en nuestra vida y en la de las personas». De aquí, la invitación, «cuando se acerca a nosotros un penitente», a reconocer que tenemos delante de nosotros el primer fruto del encuentro ya sucedido con el amor de Dios, que con su gracia ha abierto su corazón y lo ha hecho disponible a la conversión».

Por otro lado, hizo notar al respecto Francisco, «puede suceder que un sacerdote, con su comportamiento, en vez de acercar al penitente, lo aleje. Por ejemplo, para defender la integridad del ideal evangélico se descuidan los pasos que una persona está haciendo día tras día»; pero, advirtió, «no es así que se alimenta la gracia de Dios. Reconocer el arrepentimiento del pecador equivale a acogerlo con los brazos abiertos, para imitar al padre de la parábola que acoge al hijo cuando vuelve a casa».

Además, Francisco también advirtió que «no hay necesidad de hacer sentir vergüenza a quien ya ha reconocido su pecado y sabe que se ha equivocado; no es necesario inquirir».

Volviendo a la lectura del pasaje de Isaías, el Papa evidenció cómo la misericordia «que exige la escucha» permite después «guiar los pasos del pecador reconciliado». Al respecto reclamó la enseñanza de san Ignacio de Loyola sobre la consolación, para contrastar la «espiritualidad de las quejas». De hecho, «no está solo el perdón, la paz, sino también la consolación» entre los frutos de la misericordia, añadió enriqueciendo el texto preparado con algunas consideraciones improvisando.

Finalmente, el Pontífice apunto la experiencia del abandono. «Hay momentos —dijo— en los que realmente se siente el silencio de Dios. No solo en las grandes horas oscuras de la humanidad de cada época, que hacen surgir en muchos el interrogante sobre el abandono de Dios». Y el pensamiento ha vuelto de nuevo «a la Siria de hoy», pero sin olvidar que esto «sucede también en las situaciones personales, incluso en las de los santos». Como conclusión, Francisco propuso las figuras de dos confesores conocidos en Buenos Aires.

Fuente: L’Osservatore Romano

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