Dios es el único dueño de la vida

«Llamo la atención de nuevo sobre Vincent Lambert y sobre el pequeño Alfie Evans, y quisiera reiterar y confirmar con fuerza que el único dueño de la vida, desde el inicio al final natural, ¡es Dios! Y nuestro deber, nuestro deber es hacer de todo para custodiar la vida». He aquí el nuevo llamamiento del Papa Francisco lanzado durante la audiencia general del miércoles 18 de abril, después del pronunciado el domingo pasado con ocasión del Regina coeli. En particular, al finalizar la audiencia, el Pontífice pidió rezar en silencio «para que sea respetada la vida de todas las personas y especialmente de estos dos hermanos nuestros».

Ya el 4 de abril, el Pontífice en un tuit había pedido hacer «todo lo necesario para continuar acompañando con compasión al pequeño Alfie Evans», el niño de casi dos años ingresado en Liverpool por una enfermedad neurodegenerativa no conocida para quien los médicos han establecido la suspensión de los cuidados. El miércoles por la mañana, antes de la audiencia general en la plaza de San Pedro, el Papa se reunió con Thomas Evans, el joven padre de Alfie, recibiéndolo en Santa Marta.

Poco más tarde, durante la audiencia general, el Papa lanzó también un llamamiento a « promover la vida de los pobres, favoreciendo un auténtico desarrollo integral y respetuoso de la dignidad humana» en vista de las reuniones del Banco mundial, que tendrán lugar el sábado en Washington.

En la catequesis, el Pontífice continuó con las reflexiones sobre el bautismo. El sacramento, explicó, «enciende la vocación personal de vivir como cristianos, que se desarrollará durante toda la vida». Y, añadió, «implica una respuesta personal y no prestada con un “copia y pega”. La vida cristiana, de hecho, está entretejida por una serie de llamadas y de respuestas». Al mismo tiempo, Francisco dijo que lamentaba haber visto a muchos «niños que no saben hacer la señal de la cruz». De ahí, la exhortación repetida más veces a «padres, madres, abuelos, abuelas, padrinos, madrinas» para que enseñen a los pequeños «a hacer bien la señal de la cruz porque es repetir lo que se ha hecho en el bautismo».

Fuente: L’Osservatore Romano

Contemplativos al servicio de los demás

«No hay oposición entre la vida contemplativa y el servicio a los demás». Lo subrayó el papa en el discurso a los monjes benedictinos recibidos en audiencia el jueves por la mañana, 19 de abril en el 125º aniversario de la fundación de su confederación.

«En esta época, cuando las personas están tan ocupadas que no tienen tiempo suficiente para escuchar la voz de Dios », explicó el Pontífice en su discurso, los monasterios y los conventos benedictinos representan «oasis, donde hombres y mujeres de todas las edades, orígenes, culturas y religiones pueden descubrir la belleza del silencio y redescubrirse a sí mismos, en armonía con la creación, permitiendo que Dios restablezca un orden apropiado en sus vidas». De ahí, el elogio del «carisma benedictino de acogida», considerado por el Papa «muy valioso para la nueva evangelización, porque os da la oportunidad de recibir a Cristo en cada persona que llega, ayudando a aquellos que buscan a Dios a recibir los dones espirituales que Él tiene reservados para cada uno de nosotros».

Francisco después reconoció «el compromiso con el ecumenismo y el diálogo interreligioso» profuso por los benedictinos, con el aliento «a continuar en esta importante obra para la Iglesia y para el mundo, poniendo a su servicio vuestra hospitalidad tradicional» que les caracteriza. Por el resto, los monasterio «tanto en las ciudades como lejos de ellas, son lugares de oración y de acogida » y su «estabilidad también es importante para las personas que van a buscaros» hospitalidad. Porque, añadió con una imagen particularmente eficaz, «Cristo está presente en este encuentro» que se produce en los monasterios: «está presente en el monje, en el peregrino, en el necesitado.».

Finalmente el Papa hizo referencia al «servicio en el ámbito de la educación y de la formación» llevado a cabo por los benedictinos «en Roma y en tantas partes del mundo». Con la una escuela del servicio del Señor» para dar a los «estudiantes los instrumentos» para que «puedan crecer en esa sabiduría que los empuje a buscar continuamente a Dios en sus vidas; esa misma sabiduría que los llevará a practicar el entendimiento mutuo, porque todos somos hijos de Dios, hermanos y hermanas, en este mundo que tiene tanta sed de paz».

Fuente: L’Osservatore Romano

Contra las malas curiosidades

Los niños son particularmente curiosos y en los teléfonos, como en todo el mundo virtual, encuentran también «muchas cosas feas» corriendo el riesgo de terminar «prisioneros de estas curiosidades que no son buenas». De esta tentación el Papa Francisco puso en guardia el lunes 30 de abril, celebrando la misa en Santa Marta. Y pidiendo ayudar a los jóvenes a saber discernir entre las muchas propuestas de la cotidianidad, el Pontífice indicó en el Espíritu Santo «la gran certeza» que resuelve todas «nuestras curiosidades»: y lo hace como «compañero de viaje, compañero de la memoria y compañero maestro», ciertamente no se nos presenta a nosotros «con un paquete de respuestas» ya listas.

Para su reflexión, el Papa tomó expresiones del Evangelio de Juan. «en este largo discurso de despedida, en la mesa con los discípulos, hay pasajes que podemos llamar el “diálogo entre la curiosidad y la certeza”», afirmó. «Los discípulos no se sienten seguros, no sabían lo que habría ocurrido y preguntaban que sería de esto, de lo otro». Y «Jesús explica» pero «ellos se sienten más inseguros: “No, pero te vas, nos dejas solos y ¿qué haremos?”» así «Jesús explica “volveré, voy a prepararos un lugar, después os llevaré conmigo”». En resumen, «da certexas a las curiosidades de los discípulos».

Por el resto, reconoció el Pontífice, «la vida, nuestra vida está llena de curiosidad». Y así, «de niños, la edad del por qué» preguntamos «papá, ¿por qué esto? Mamá, ¿por qué, por qué, por qué?». Esto sucede precisamente «porque el niño crece, se da cuenta de cosas que no entiende y pregunta: es curioso, busca una explicación». Pero «esta es una curiosidad buena, porque es una curiosidad para crecer, para desarrollarse, para tener autonomía». Y «también es una curiosidad contemplativa, porque los niños ven, contemplan, no entienden y preguntan».

«Hay otras curiosidades que no son tan buenas» puso en guardia el Papa. «Por ejemplo, la de “oles” en las vidas de otras personas». Tal vez «alguno dice “oeri es cosa de mujeres”. No, la cháchara es un patrimonio de mujeres y de hombres». Tanto que «alguno dice que los hombres son más charlatanes que las mujeres: no lo se, pero es un patrimonio de todos, es algo feo porque es buscar que la curiosidad no vaya al lugar seguro de una respuesta que sea la verdad». En cambio es «buscar ir a los lugares que finalmente ensucian a las demás personas».

Por lo tanto, «hay curiosidades malas» insistió el Pontífice. O curiosidades «que, finalmente me hacen entender una cosa de la que no tengo derecho a saber». El Papa sugirió el «ejemplo» de lo sucedido «en Tiberíades: ya Jesús está a punto de ir, después de la resurección y le dice a Pedro tres veces cuánto lo quiere y Pedro dice que lo quiere; y le da todo el poder y Pedro, cuando terminó esto pregunta “¿y a este qué le sucederá?” preguntando por Juan». Y «esto es “oler” la vida ajena» explicó Francisco: «Esta no es una buena curiosidad, pero nos acompaña toda la vida. Es una tentación que tendremos siempre».

En realidad, aseguró el Papa, «no os asustéis, pero prestad atención» diciendo a sí mismos «esto no pregunto, esto no miro, esto no quiero». Y después hay «muchas curiosidades, por ejemplo en el mundo virtual, con los teléfonos y las cosas: los niños van allí y son curiosos de ver y encuentran allí tantas cosas feas». Pero «no hay una disciplina en esa curiosidad». Así «debemos ayudar a los chicos a vivir en este mundo, para que las ganas de saber no sean ganas de ser curiosos y terminen prisioneros de esa curiosidad».

«Pero volviendo a esas buenas curiosidades de los Apóstoles» relanzó el Pontífice. En el fondo «quieren saber acerca de Jesús, lo que sucederá». Y así «incluso en el último momento, Jesús estaba a punto de irse al cielo, dicen “ahora llega la revolución, ahora tu harás el reino”». Es «la curiosidad de conocer y la certeza: el diálogo entre curiosidad y certezas». He aquí, de hecho, que «Jesús responde dando certezas: “No miréis, esto es así, yo voy allí”». Hay «muchas respuestas en este largo discurso en la mesa y no es solo un discurso: es una conversación entre ellos». Pero «Jesús responde siempre con certezas: nunca, nunca engaña. ¡Nunca!».

«Pequeñas certezas, pero certezas» repitió Francisco. Y «la certeza se recoge al final del pasaje del Evangelio que hemos leído y escuchado» explicó el Papa, refiriéndose al pasaje de Juan (14, 21-26). Que Francisco definió como «la gran certeza». De hecho, refiere Juan, «Jesús dice: os he dicho estas cosas mientras todavía estoy con vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre mandará en mi nombre, el os enseñará cada cosa y os recordará todo lo que yo os he dicho». Y así, explicó el Pontífice, «la certeza la dará el Espíritu Santo en la vida».

Por supuesto, «el Espíritu Santo no viene con un paquete de certezas» y te dice «toma». Más bien, «entramos en la vida y le pedimos al Espíritu Santo, abrimos el corazón, y él nos da la certeza de ese momento, la respuesta para ese momento».

«El Espíritu Santo -explicó el Papa- es el compañero del camino cristiano, él es el que continuamente nos enseña «no, esto es así», el que continuamente nos recuerda “piensa en lo que dijo el Señor, eso fue así”». Y «nos recuerda las palabras del Señor iluminándole». En nuestro «camino hacia el encuentro con Jesús, es el Espíritu el que nos acompaña», para dar «certeza a nuestra curiosidad».

«Así este diálogo entre la curiosidad humana y la certeza -dijo el Papa- termina en esta frase de Jesús» sobre el Paráclito: «Él os enseñará todo, y os recordará todo lo que os he dicho». El Paráclito es el «compañero de la memoria, el maestro compañero», que «nos da luz y nos guía hacia donde hay felicidad fija, aquello que no se mueve, como hemos rezado en la oración colectiva».

«Vayamos donde está la verdadera alegría, la que está arraigada en Dios, pero con el Espíritu Santo para no cometer errores», concluyó el Pontífice. Y por esta razón, «pidamos al Señor dos cosas hoy». Antes que nada «purificarnos a nosotros mismos aceptando la curiosidad – hay curiosidades buenas y no tan buenas – y saber discernir», diciéndose a sí mismo «no, no tengo que ver esto, no tengo que preguntarlo». Y la «segunda gracia» para pedirle al Señor es saber cómo «abrir el corazón al Espíritu Santo, porque él es certeza: nos da la certeza, como acompañante en el viaje, de las cosas que Jesús nos enseñó, y nos recuerda todo».

Fuente: L’Osservatore Romano