La santidad en el mundo de hoy

Santos sí, pero no «superhombres» o «perfectos». Simplemente personas comunes — maridos y mujeres, padres y abuelos, trabajadores, consagrados y consagradas — que «no tienen miedo de apuntar más alto» y cada día se dejan «amar y liberar por Dios», transformando la propia vida en una continua «misión» al servicio de los otros.

Es la santidad «de la puerta de al lado», la de aquellos que «viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios», en el centro de la exhortación apostólica Gaudete et exsultate, firmada por el Papa Francisco en el día de san José y presentada el 9 de abril, solemnidad de la Anunciación del Señor. Un texto que no tiene las pretensiones de un manual teológico o el tono de un tratado doctrinal, sino más bien la familiaridad de un vademecum que quiere acompañar a quien no se resigna a «una existencia mediocre, aguada, licuada», y aspira a la «verdadera vida», a la «la felicidad para la cual fuimos creados».

«Existe una sola tristeza, la de no ser santos» repite el Pontífice citando León Bloy y recordando que la santidad no hace al hombre «menos humano» porque es «el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia». De aquí el punto de partida: la «llamada» — a la cual está dedicado el primer capítulo del documento — es siempre «ese mensaje que Dios desea decir al mundo» a través de una persona que ofrece «el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra». También a través de «pequeños gestos» como hacer la compra o detenerse por el camino con un pobre: porque la santidad, le gustaba decir al cardenal Van Thuân, es esencialmente «realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria».

A partir de estas premisas, Francisco advierte sobre «dos sutiles enemigos» (las nuevas formas de gnosticismo y de pelagianismo) que hoy «complican» la vida de la Iglesia y «la detienen en su camino hacia la santidad». Un lema que introduce la parte central del texto, completamente articulada con la secuencia de las bienaventuranzas propuestas como «carnet de identidad del cristiano» y declinadas como un programa de vida para alcanzar la santidad. «Son pocas palabras, sencillas — explica el Papa — pero prácticas y válidas para todos, porque el cristianismo es principalmente para ser practicado».

Precisamente dentro del «gran marco» de las bienaventuranzas, el Pontífice sugiere después algunas «notas de la santidad en el mundo actual»: paciencia y mansedumbre; sentido del humor; audacia y fervor; vida comunitaria; oración constante. Para concluir con una significativa reflexión dedicada al «combate» y a la «vigilancia»: dos actitudes que el cristiano está llamado a hacer propias invocando el don del discernimiento para no ceder a las lisonjas del maligno. Que no es «un mito» o «una idea», advierte Francisco, sino «un ser personal» al cual podemos resistir solo gracias a las «armas poderosas» de la vida espiritual y de la gracia sacramental.

Fuente: L’Osservatore Romano

Con los brazos abiertos

«La misericordia de Dios no conoce fronteras y con su ministerio son señal concreta de que la Iglesia no puede, no debe y no quiere crear ninguna barrera o dificultad que obstaculice el acceso al perdón». Por el resto, «el “hijo pródigo” no debió pasar por la aduana: fue acogido por el Padre, sin obstáculos». Lo subrayó el Papa en el largo y articulado discurso dirigido a los misioneros de la misericordia, recibidos en la Sala Regia del Palacio apostólico el martes por la mañana, 10 de abril.

Reunidos en Roma procedentes de los cinco continentes para el segundo encuentro con Francisco —organizado por el Pontificio consejo para la promoción de la nueva evangelización a dos años de la institución de este ministerio especial durante el jubileo extraordinario— más de 550 participaron después en la celebración eucarística presidida por el Pontífice en la basílica vaticana.

«Reflexionando sobre el gran servicio que han prestado a la Iglesia y sobre el bien que han hecho y ofrecido a muchos creyentes con su predicación y sobre todo con la celebración del sacramento de la Reconciliación —inició en Papa en la audiencia— he considerado oportuno que todavía durante un poco de tiempo su mandato pudiera ser prolongado». También porque, añadió, «he recibido muchos testimonios de conversiones que se han realizado a través de su servicio».

Después el Pontífice explicó cómo este ministerio específico no es una simple idea, sino que al contrario tiene «detrás una verdadera y propia doctrina», hundiendo las raíces en los textos bíblicos, en particular en el capítulo 49 del libro del profeta Isaías, definido como «un texto impregnado del tema de la misericordia». Hasta el punto de que san Pablo lo retoma en la segunda carta a los Corintios. «Y la primera indicación ofrecida por el apóstol —comentó Francisco— es que nosotros somos colaboradores de Dios» y que ello «presupone vivir el amor misericordioso que nosotros primero hemos experimentado».

El paso sucesivo fue sugerido al Pontífice de nuevo por Pablo, que a las palabras del profeta añade cómo es necesario «reconocer el actuar de la gracia y su primado en nuestra vida y en la de las personas». De aquí, la invitación, «cuando se acerca a nosotros un penitente», a reconocer que tenemos delante de nosotros el primer fruto del encuentro ya sucedido con el amor de Dios, que con su gracia ha abierto su corazón y lo ha hecho disponible a la conversión».

Por otro lado, hizo notar al respecto Francisco, «puede suceder que un sacerdote, con su comportamiento, en vez de acercar al penitente, lo aleje. Por ejemplo, para defender la integridad del ideal evangélico se descuidan los pasos que una persona está haciendo día tras día»; pero, advirtió, «no es así que se alimenta la gracia de Dios. Reconocer el arrepentimiento del pecador equivale a acogerlo con los brazos abiertos, para imitar al padre de la parábola que acoge al hijo cuando vuelve a casa».

Además, Francisco también advirtió que «no hay necesidad de hacer sentir vergüenza a quien ya ha reconocido su pecado y sabe que se ha equivocado; no es necesario inquirir».

Volviendo a la lectura del pasaje de Isaías, el Papa evidenció cómo la misericordia «que exige la escucha» permite después «guiar los pasos del pecador reconciliado». Al respecto reclamó la enseñanza de san Ignacio de Loyola sobre la consolación, para contrastar la «espiritualidad de las quejas». De hecho, «no está solo el perdón, la paz, sino también la consolación» entre los frutos de la misericordia, añadió enriqueciendo el texto preparado con algunas consideraciones improvisando.

Finalmente, el Pontífice apunto la experiencia del abandono. «Hay momentos —dijo— en los que realmente se siente el silencio de Dios. No solo en las grandes horas oscuras de la humanidad de cada época, que hacen surgir en muchos el interrogante sobre el abandono de Dios». Y el pensamiento ha vuelto de nuevo «a la Siria de hoy», pero sin olvidar que esto «sucede también en las situaciones personales, incluso en las de los santos». Como conclusión, Francisco propuso las figuras de dos confesores conocidos en Buenos Aires.

Fuente: L’Osservatore Romano

Dolor y vergüenza por muchas vidas crucificadas

El Papa siente «dolor y vergüenza» frente a los testimonios de las «muchas vidas crucificadas» a causa de «graves abusos» cometidos por sacerdotes y consagrados en Chile. En una carta enviada a los obispos del país después de la «misión especial» llevada a cabo los días pasados por el arzobispo Charles Scicluna y por monseñor Jordi Bertomeu Farnós, el Pontífice reconoce «las graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación» que se han llevado a cabo «por falta de información veraz y equilibrada» y convoca a los prelados a Roma «para dialogar sobre las conclusiones de la mencionada visita y mis conclusiones».

A los Señores Obispos de Chile

Queridos hermanos en el episcopado:

La recepción durante la semana pasada de los últimos documentos que completan el informe que me entregaron mis dos enviados especiales a Chile el 20 de marzo de 2018, con un total de más de 2.300 folios, me mueve a escribirles esta carta. Les aseguro mi oración y quiero compartir con ustedes la convicción de que las dificultades presentes son también una ocasión para restablecer la confianza en la Iglesia, confianza rota por nuestros errores y pecados y para sanar unas heridas que no dejan de sangrar en el conjunto de la sociedad chilena.

Sin la fe y sin la oración, la fraternidad es imposible. Por ello, en este segundo domingo de Pascua, en el día de la misericordia, les ofrezco esta reflexión con el deseo de que cada uno de ustedes me acompañe en el itinerario interior que estoy recorriendo en las últimas semanas, a fin de que sea el Espíritu quien nos guíe con su don y no nuestros intereses o, peor aún, nuestro orgullo herido.

A veces cuando tales males nos arrugan el alma y nos arrojan al mundo flojos, asustados y abroquelados en nuestros cómodos «palacios de invierno», el amor de Dios sale a nuestro encuentro y purifica nuestras intenciones para amar como hombres libres, maduros y críticos. Cuando los medios de comunicación nos avergüenzan presentando una Iglesia casi siempre en novilunio, privada de la luz del Sol de justicia (S. Ambrosio, Hexameron iv, 8, 32) y tenemos la tentación de dudar de la victoria pascual del Resucitado, creo que como Santo Tomás no debemos temer la duda (Jn 20, 25), sino temer la pretensión de querer ver sin fiarnos del testimonio de aquellos que escucharon de los labios del Señor la promesa más hermosa (Mt 28, 20).

Hoy les quiero hablar no de seguridades, sino de lo único que el Señor nos ofrece experimentar cada día: la alegría, la paz el perdón de nuestros pecados y la acción de Su gracia.

Al respecto, quiero manifestar mi gratitud a s.e. Mons. Charles Scicluna, Arzobispo de Malta, y al Rev. Jordi Bertomeu Farnós, oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe, por su ingente labor de escucha serena y empática de los 64 testimonios que recogieron recientemente tanto en Nueva York como en Santiago de Chile. Les envié a escuchar desde el corazón y con humildad. Posteriormente, cuando me entregaron el informe y, en particular, su valoración jurídica y pastoral de la información recogida, reconocieron ante mí haberse sentido abrumados por el dolor de tantas víctimas de graves abusos de conciencia y de poder y, en particular, de los abusos sexuales cometidos por diversos consagrados de vuestro País contra menores de edad, aquellos a los que se les negó a destiempo e incluso les robaron la inocencia.

El mismo más sentido y cordial agradecimiento lo debemos expresar como pastores a los que con honestidad, valentía y sentido de Iglesia solicitaron un encuentro con mis enviados y les mostraron las heridas de su alma. Mons. Scicluna y el Rev. Bertomeu me han referido cómo algunos obispos, sacerdotes, diáconos, laicos y laicas de Santiago y Osorno acudieron a la parroquia Holy Name de Nueva York o a la sede de Sotero Sanz, en Providencia, con una madurez, respeto y amabilidad que sobrecogían.

Por otra parte, los días posteriores a dicha misión especial han sido testigos de otro hecho meritorio que deberíamos tener bien presente para otras ocasiones, pues no solo se ha mantenido el clima de confidencialidad alcanzado durante la Visita, sino que en ningún momento se ha cedido a la tentación de convertir esta delicada misión en un circo mediático. Al respecto, quiero agradecer a las diferentes organizaciones y medios de comunicación su profesionalidad al tratar este caso tan delicado, respetando el derecho de los ciudadanos a la información y la buena fama de los declarantes. Ahora, tras una lectura pausada de las actas de dicha «misión especial», creo poder afirmar que todos los testimonios recogidos en ellas hablan en modo descarnado, sin aditivos ni edulcorantes, de muchas vidas crucificadas y les confieso que ello me causa dolor y vergüenza.

Teniendo en cuenta todo esto les escribo a ustedes, reunidos en la 115ª asamblea plenaria, para solicitar humildemente Vuestra colaboración y asistencia en el discernimiento de las medidas que a corto, medio y largo plazo deberán ser adoptadas para restablecer la comunión eclesial en Chile, con el objetivo de reparar en lo posible el escándalo y restablecer la justicia. Pienso convocarlos a Roma para dialogar sobre las conclusiones de la mencionada visita y mis conclusiones. He pensado en dicho encuentro como en un momento fraternal, sin prejuicios ni ideas preconcebidas, con el solo objetivo de hacer resplandecer la verdad en nuestras vidas. Sobre la fecha encomiendo al Secretario de la Conferencia Episcopal hacerme llegar las posibilidades.

En lo que me toca, reconozco y así quiero que lo transmitan fielmente, que he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada. Ya desde ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí y espero poder hacerlo personalmente, en las próximas semanas, en las reuniones que tendré con representantes de las personas entrevistadas.

Permaneced en mí (Jn 15, 4): estas palabras del Señor resuenan una y otra vez en estos días. Hablan de relaciones personales, de comunión, de fraternidad que atrae y convoca. Unidos a Cristo como los sarmientos a la vid, los invito a injertar en vuestra oración de los próximos días una magnanimidad que nos prepare para el mencionado encuentro y que luego permita traducir en hechos concretos lo que habremos reflexionado. Quizás incluso también sería oportuno poner a la Iglesia de Chile en estado de oración. Ahora más que nunca no podemos volver a caer en la tentación de la verborrea o de quedarnos en los «universales». Estos días, miremos a Cristo. Miremos su vida y sus gestos, especialmente cuando se muestra compasivo y misericordioso con los que han errado. Amemos en la verdad, pidamos la sabiduría del corazón y dejémonos convertir.

A la espera de Vuestras noticias y rogando a s.e. Mons. Santiago Silva Retamales, Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, que publique la presente con la mayor celeridad posible, les imparto mi bendición y les pido por favor que no dejen de rezar por mí.

Vaticano, 8 de abril de 2018

Francisco

Fuente: L’Osservatore Romano