Detente, mira, vuelve

El paso lento de la procesión. El dulce canto de los monjes. El gesto penitencial de la imposición de las cenizas. Los signos elocuentes de la liturgia sostuvieron y acompañaron la invitación apremiante del Papa Francisco a cada cristiano: «detente», aparta «ese mandamiento de vivir acelerado» y redescubre la belleza y la profundidad del «tiempo de Dios». Así el Pontífice, el 14 de febrero por la tarde, inauguró el camino cuaresmal, tiempo privilegiado «para dejarse tocar el corazón». Y él en primer lugar se descubrió la cabeza frente al cardenal Tomko, titular de la basílica romana de Santa Sabina, para recibir las cenizas que, según el rito antiguo, después impuso a los cardenales presentes, a algunos frailes, monjes y a los fieles laicos.

Entre oración, meditación y silencio, Francisco presidió en el Aventino la austera celebración del Miércoles de Ceniza en la tradicional forma de la estación de Cuaresma.

Fuente: L’Osservatore Romano

La Palabra es un derecho

«Cada uno de nosotros cuando va a Misa tiene el derecho de recibir abundantemente la Palabra de Dios bien leída, bien dicha y después bien explicada en la homilía». Lo recordó el Papa a los fieles reunidos en la plaza San Pedro por la Audiencia general del miércoles 14 de febrero, miércoles de Ceniza.

Continuando el ciclo de catequesis sobre la celebración eucarística el Pontífice se detuvo en particular en el Credo y en la oración universal, a partir de una significativa reflexión sobre el momento de la «escucha de las lecturas bíblicas prolongado en la homilía». Se trata, explicó, de un acto que deriva del «derecho espiritual del Pueblo de Dios a recibir con abundancia el tesoro de la Palabra de Dios». Y «cuando la Palabra de Dios no está bien leída, no es predicada con fervor por el diácono, por el sacerdote o por el obispo -amonestó- se falta a un derecho de los fieles».

Quien participa en la misa, por lo tanto, tiene «el derecho de escuchar la palabra de Dios» a través de la cual «el Señor consuela, llama, suscita brotes de vida nueva y reconciliada». Deriva de eso la importancia del silencio después de la homilía: «Un hermoso silencio se debe hacer allí -exhortó Francisco- y cada uno debe pensar en lo que ha escuchado».

En cuanto a la profesión del Credo, el Papa recordó que «hay un nexo vital entre escucha y fe». Esta última, de hecho, «no nace de la fantasía de mentes humanas, sino como recuerda san Pablo viene de la predicación y la predicación, por la Palabra de Cristo».

Precisamente en respuesta a las solicitudes de la palabra «acogida con fe» el pueblo de Dios «se expresa después en la súplica común, denominada Oración universal, porque abraza las necesidades de la Iglesia y del mundo».

Al respecto, el Pontífice reclamó las palabras de Jesús: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis».

El de la oración de los fieles es precisamente «el momento de pedir al Señor las cosas más fuertes en la misa, las cosas que nosotros necesitamos, lo que queremos» con la convicción de que «Todo es posible para quien cree». Y «la oración -recomendó el Pontífice- debemos hacerla con este espíritu de fe: “Creo Señor, ayuda mi poca fe”».

En conclusión Francisco recordó que «Las pretensiones de lógicas mundanas, sin embargo, no despegan hacia el Cielo, así como permanecen sin ser escuchadas las peticiones autoreferenciales». Por eso, «Las intenciones por las que se invita al pueblo fiel a rezar deben dar voz a las necesidades concretas de la comunidad eclesial y del mundo, evitando recurrir a fórmulas convencionales y miopes». De tal modo, la oración universal con la que se cierra la liturgia de la palabra se convierte para cada uno en un llamamiento «a hacer nuestra la mirada de Dios, que cuida de todos sus hijos».

Fuente: L’Osservatore Romano

Las edades del sacerdocio

Hay varias edades en el sacerdocio, cada una con características peculiares características que conllevan dificulta, pero poseen también recursos. Lo dijo el Papa Francisco al clero de Roma reunido el jueves por la mañana, 15 de febrero, en la basílica de San Juan de Letrán para el tradicional encuentro por el inicio de la cuaresma. Riesgos y potencialidades que los sacerdotes encuentran en sus vidas y en su ministerios fueran señalados y reelaborados por el Pontífice también a la luz de la propia experiencia personal y de la de otros presbíteros.

A los jóvenes pidió buscar un estilo sacerdotal, como si fuera un carnet de identidad o una huella personal, porque cada sacerdocio es único. De hecho, es necesario mirar no tanto a las circunstancias de la vida, sino a la creación de un propio estilo en el desarrollo del ministerio. Naturalmente, también y a pesar de los límites de cada uno, para considerar y de la que tener en cuenta. Es más, el Papa invitó a localizar, implicar y dialogar con estos límites. Después pidió a los jóvenes sacerdotes encontrar una guía, una hombre sabio, porque para ser eclesiales se deben hacer las cosas delante de un testigo para la confrontación. Por el resto, el sacerdote es un hombre célibe, pero no puede vivir solo, necesita un guía que lo ayude en el discernimiento en este tiempo de la fecundidad.

A los sacerdotes que atraviesan la mediana edad, entre los cuarenta y los cincuenta años, el Pontífice reservó un aliento y una admonición. Este es el tiempo de la poda y de la prueba. El sacerdote de esta edad es como un marido al que con el tiempo se le han pasado el enamoramiento y las emociones juveniles. Así en la relación con Dios. En este periodo es necesario todavía más tener un guía para el discernimiento y mucha oración, porque es peligroso ir adelante solos. Es el momento en el que se ven crecer a los hijos espirituales y en el cual la fecundidad comienza a disminuir. Es también el tiempo de las tentaciones de las que uno se puede avergonzar, pero, advirtió el Papa, es el demonio quien se debe avergonzar de instalarlas. Lo importante es no ceder. Comienza también el periodo de las despedidas por las que está bien empezar a prepararse y decir adiós.

El Pontífice ofreció después una reflexión para los sacerdotes que tienen más de cincuenta años. Estos se encuentran en el tiempo de la sabiduría en la que son llamados a ofrecer su amabilidad y disponibilidad, también con la sonrisa. Los fieles que se acercan a un confesor anciano no se sienten atemorizados, ven en él un hombre acogedor. Los sacerdotes ancianos pueden todavía hacer mucho, sobre todo con la pastoral del oído, es decir escuchando, estando cerca de los que están en el dolor, mostrando compasión. Es este el tiempo del perdón sin condiciones, dijo el Papa, que invirtió a los sacerdotes ancianos a dialogar con los jóvenes y a ayudarles a encontrar las raíces que las nuevas generaciones de hoy necesitan.

El Pontífice finalmente invitó a los sacerdotes a discernir los signos de los tiempos, a ver la realidad escondida, porque no hay solo cosas negativas. Y también aconsejó leer dos libros: uno de Anselm Grũn y uno de René Voillaume.

Llegó hacia las 10.30, en la basílica lateranense, mientras se estaba celebrando la liturgia penitencial guiada por el vicario Angelo De Donatis, el Papa confesó durante más de una hora. Al finalizar su meditación, antes de la bendición final, se le regaló a todos los presentes un volumen titulado Queridos hermanos en el sacerdocio… Textos de los obispos de Roma al clero romano para la Oficina de las lecturas de las fiestas de Cuaresma. Sucesivamente, Francisco con un fuera programa por sorpresa fue al cercano Pontificio seminario mayor romano, donde rezó en la capilla de la Virgen de la Confianza y comió con setenta seminaristas.

La tarde precedente, el Pontífice había presidido la misa del Miércoles de Ceniza en la basílica romana de Santa Sabina, el finalizar la procesión penitencial que partió de la iglesia de San Anselmo en el Aventino. En la homilía subrayó cómo la Cuaresma es un «tiempo precioso para desenmascarar» las «tentaciones y dejar que nuestro corazón vuelva a latir según el latido de corazón de Jesús».

Fuente: L’Osservatore Romano