Nunca esclavos de la ley

La rigidez del hipócrita no tiene nada que ver con la ley del Señor, sino que tiene relación con «algo oculto, una doble vida» que convierte en esclavos y hace olvidar que estar de la parte de Dios significa vivir «la libertad, la mansedumbre, la bondad, el perdón». Son precisamente estas las actitudes del cristiano —que no debe aparentar ser bueno para enmascarar «la enfermedad» de la rigidez— indicadas por el Papa Francisco en la misa celebrada el lunes 24 de octubre, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.

«Hemos rezado en el Salmo responsorial y repetido la oración “feliz el hombre que camina en la ley del Señor”» puso inmediatamente de relieve el Pontífice. Y «diciendo esto —continuó— hemos pedido la gracia de caminar en la ley del Señor, porque no es fácil, no es fácil caminar en la ley del Señor».

Precisamente «el pasaje del Evangelio de hoy —explicó el Papa haciendo referencia al texto de Lucas (13, 10-17)— nos enseña esta dificultad de caminar en la ley del Señor y nos indica que es una gracia que debemos pedir: caminar en la ley del Señor». Francisco indicó «en este pasaje del Evangelio dos palabras fuertes sobre la mujer: “liberada” y “prisionera”». Lucas, en efecto, escribe que «había una mujer a la que un espíritu tenía enferma hacía dieciocho años y Jesús la libera». Pero lo hace «el sábado y la ley dice claramente que el sábado no se trabaja». Esa era «la ley antigua», afirmó el Papa, mientras que «la ley nueva nos dice no trabajar el domingo».

La curación realizada por Jesús suscita indignación en el jefe de la Sinagoga, quien, continuó Francisco, «siente el deber de reprender a la mujer y dice: “Hay seis días en que se puede trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado”». A estas palabras «Jesús responde con fuerza: “¡Eres un hipócrita! Por ejemplo, ¿qué haces con tu buey, con tu asno? ¿Lo desatas para llevarlos a abrevar, a comer? ¿Y a esta no?”».

«La palabra “hipócrita” —puso de relieve el Pontífice— Jesús la repite muchas veces a los rígidos, a aquellos que tienen una actitud de rigidez al cumplir la ley, que no tienen la libertad del hijo: sienten que la ley se debe hacer así y son esclavos de la ley». Pero «la ley no ha sido hecha para hacernos esclavos, sino para hacernos libres, para hacernos hijos», explicó Francisco. San Pablo «predicó mucho sobre esto; y Jesús, con pocas predicaciones, pero con muchas obras, nos ha hecho comprender esta realidad».

«Hipócritas», recordó el Papa, es una palabra que «muchas veces Jesús repite a la gente rígida, porque detrás de la rigidez hay otra cosa, siempre». Por esta razón «Jesús dice “¡hipócritas!”: detrás de la rigidez hay algo oculto en la vida de una persona». En efecto, «la rigidez no es un don de Dios; la mansedumbre sí; la bondad sí; la benevolencia sí; el perdón sí; pero ¡la rigidez no!».

Por lo tanto, dijo Francisco, «detrás de la rigidez hay siempre algo escondido, en muchos casos una doble vida». Pero «hay también algo de enfermedad: cuánto sufren los rígidos cuando son sinceros y se dan cuenta de esto, sufren porque no logran tener la libertad de los hijos de Dios; no saben cómo se camina en la ley del Señor y no son felices. Y sufren mucho». De este modo, si bien «parecen buenos, porque siguen la ley, detrás hay algo que no los hace buenos: o son malos, hipócritas o están enfermos». De todas forma «sufren».

Para presentar con mayor claridad su razonamiento, el Papa volvió a proponer la historia de los «dos hijos de la parábola del hijo pródigo» que relata también Lucas en su Evangelio (15, 11-32). «El hijo mayor era bueno», tanto que «todos los vecinos, todos los amigos del padre» decían: «¡Qué buen hijo, hace siempre lo que el padre dice!». Pero luego en sus comentarios añadían: «Pobre padre, con el segundo hijo ha sido una calamidad, se marchó con el dinero y lleva una vida sucia, una vida de pecador».

Sin embargo, al final, la historia «se revierte y ese pecador, que se había marchado de casa, se da cuenta de haber obrado mal y vuelve, pide perdón y el padre hace fiesta». El hijo «bueno», en cambio, «está allí y muestra lo que hay detrás de su bondad». O sea, «la soberbia de creerse justo: “A este tú le celebras una fiesta, a ese hijo tuyo, y a mí, que soy tan bueno, que siempre te he servido, no me haces una fiesta”».

Es esta, explicó Francisco, la actitud del «hipócrita: detrás de obrar el bien, hay soberbia». El hijo pródigo, por su parte, «sabía que tenía un padre y en el momento más oscuro de su vida se dirige al padre». El hijo mayor, en cambio, «del padre entendía sólo que era el patrón, pero nunca lo había sentido como padre: era rígido, caminaba en la ley con rigidez». Y aún más: el hijo pródigo «dejó la ley a un lado, se marchó sin la ley, contra la ley, pero a un cierto punto pensó en el padre y volvió, y obtuvo el perdón».

«No es fácil caminar en la ley del Señor sin caer en la rigidez —dijo el Pontífice—, pero los rígidos, como he dicho, sufren mucho». Hasta el punto que también el jefe de la Sinagoga, de quien habla Lucas en el Evangelio, «al final se avergonzó porque Jesús le hizo razonar» diciéndole: «¿Pero no haces esto con tu asno?». En cambio toda la gente, se lee también en el pasaje evangélico, se alegraba por todas las maravillas que hacía Jesús.

Como conclusión, el Pontífice invitó a rezar «por nuestros hermanos y nuestras hermanas que creen que caminar en la ley del Señor es convertirse en personas rígidas: que el Señor les haga sentir que Él es padre y que a Él le gusta la misericordia, la ternura, la bondad, la mansedumbre, la humildad». Y «que a todos nos enseñe a caminar en la ley del Señor con estas actitudes».

Fuente: L’Osservatore Romano